El arqueólogo británico Howard Carter (a las órdenes de Lord Carnarvon) descubrió la tumba de Tutankamón en el Valle de los reyes el 4 de noviembre de 1922, cerca de la entrada de la de Ramsés VI, la KV35. El hallazgo renovó el interés del mundo occidental por la egiptología.

En 1922, Howard Carter descubrió el tesoro egipcio más grande de todos los tiempos; la tumba del faraón Tutankamón.
A raíz de la campaña llevada a cabo por Napoleón Bonaparte en Egipto y de los numerosos tesoros arqueológicos que fueron llevados a París para exhibirse en el Louvre. Gran parte de Europa fue cautivada por la cultura egipcia, originando nuevas expediciones en busca de momias, tumbas y tesoros perdidos.
Para 1907 George Herbet de Carnavon (conocido como Lord Carnavon), no tuvo problema en patrocinar el equipo liderado por el arqueólogo y egiptólogo inglés Howard Carter.
El adinerado Lord Carnavon había recibido los permisos necesarios para excavar en el valle de los reyes, sin embargo ante la ausencia de resultados se comenzaba a plantear la idea de retirarle los fondos económicos al arqueólogo Carter.
Tras acordar la última financiación de excavaciones en el valle de los reyes, el 4 de noviembre de 1922 los trabajadores de Carter encontraron un escalón tallado en piedra.
El arqueólogo continuó excavando los escalones parcialmente hasta el hallazgo de una puerta de barro en la que se observaban varios sellos con escritura jeroglífica. Pronto ordenó rellenar la escalera de nuevo y mandó un telegrama a Carnarvon, quien se encontraba en Inglaterra.
“He hecho un magnífico descubrimiento. Puerta con sellos intactos. Cerré todo a su espera. ¡Felicitaciones!”
Fue el mensaje que hizo que Lord Carnavon tomara el primer barco que encontró a Egipto.
El adinerado patrocinador llegó a Egipto el 23 de noviembre acompañado de su hija. Por fin los sellos que impedían el acceso a la puerta fueron rotos. Frente a ellos se vislumbró una larga cámara, llena de arena, piedras y alabastros rotos.
Impulsados por el deseo de descubrir que más había dentro de la cámara, Carter y compañía encontraron otra puerta al final del espacio, también sellada con el sello real del faraón.
Tras limpiar la cámara, procedieron a romper el sello de la segunda puerta. Así con una barra de hierro, Carter comenzó a golpearla hasta que logró hacerle un agujero por el que cupiera su mano y una vela. Entonces Lord Carnarvon impaciente le preguntó si veía algo y el arqueólogo respondió: “Sí, veo cosas maravillosas”.
Cientos de objetos resplandecían reflejando el brillo de la luz que los iluminaba por primera vez en tres mil años. Cofres de madera preciosa, marfiles, literas doradas, lámparas, joyas, textiles, esculturas, copas y vasos de alabastro, se encontraban apilados en la cámara de cuatro metros de altura.
De esta forma, al comprobar que la cámara no estaba vacía, se tuvo entonces que dar aviso al Departamento Egipcio de Antigüedades, y la apertura de la tumba se pospuso hasta que un representante del gobierno hubiese llegado.
Ante el grandioso hallazgo, Carter solicitó la ayuda de otros equipos arqueológicos que se encontraban en el área, y comenzaron a remover los objetos de la tumba. Cada uno de ellos era cuidadosamente registrado antes de ser retirado, y fue hasta febrero de 1923 cuando ingresaron a la cámara mortuoria, ocupada casi en su totalidad por un inmenso mausoleo. En su interior, se escondían otros tres mausoleos, cada uno más pequeño que el otro, y dentro del más pequeño, finalmente apareció el primer sarcófago.
La momia del joven faraón había sido depositada dentro de tres sarcófagos. Dentro, apareció finalmente la momia de Tutankamon. Su rostro se encontraba cubierto con una máscara, también de oro, decorada con incrustaciones de lapislázuli, cuarzo, obsidiana y turquesa, que retrataba el rostro juvenil del faraón que falleció cuando tenía tan solo 19 años.



















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