Juan Díaz de Garayo Ruiz de Argandoña, conocido como El Sacamantecas, fue un violador y asesino en serie español que vivió y asesinó en Vitoria, en el siglo XIX. Está considerado como una de las representaciones reales del Sacamantecas.

EL SACAMENTECAS
En el siglo XIX, se llamaban mantecas tanto a la grasa como a las entrañas humanas. Por lo tanto, un sacamantecas, no era otra cosa que un destripador. Uno de los más conocidos fue Juan Díaz de Garayo.
Garayo nació en Eguilaz, un pueblo de Álava, en 1821.
Era el noveno hijo de una familia de campesinos, y nunca tuvo oportunidades para salir de la pobreza ni del analfabetismo, como era el caso de tantas y tantas personas de clase humilde, en aquel tiempo.
Se casaría y enviudaría tres veces, aunque no se ha sospechado nunca que tuviera que ver con la muerte de ninguna de sus esposas.
Fue el 2 de abril de 1870 cuando cometió su primer asesinato. Una prostituta apodada La Valdegoviesa con la que mantuvo, al parecer, una discusión sobre el precio de sus servicios. La ahogó en un arroyo, en las afueras de Vitória.
Un año después, el 12 de marzo de 1871, le propuso un paseo a la que sería su segunda víctima, otra prostituta, llamada Agueda Sabando. Una viuda sin hijos, de unos cuarenta años. Tras discutir con ella, Garayo decidió estrangularla.
La tercera víctima fue una sirvienta de sólo 13 años, del pueblo de Gamarra, que sus empleadores habían enviado a Vitoria a hacer unos recados. Era el 21 de agosto de 1872, y Garayo la arrastró fuera del camino, para poder violarla y estrangularla. Los medios de la época, como El liberal, en su edición del 7 de marzo de 1880, hablaban de “feroz brutalidad” e “inauditas mutilaciones” en el cadáver.
Apenas una semana después, en la medianoche del 24 de agosto, Garayo estrangula a otra prostituta, fuera de los límites de la ciudad. Todas las alarmas se encienden: parece confirmarse que hay un asesino suelto.
La policía extrema la vigilancia, y las mujeres evitan salir de casa o procuran ir acompañadas.
Siguen dos intentos fallidos, en agosto de 1873 y en junio de 1874. La primera es una prostituta, que consigue pedir ayuda a gritos. La segunda es una anciana, a la que Garayo ataca sin ningún motivo aparente, más allá del deseo de hacer daño. En ambos casos, las víctimas chillan lo suficiente para espantar al asesino.
Garayo se vuelve más cauto. Hasta el 2 de enero de 1878, no aparece otro cadáver. El de una mujer de 55 años, que encuentran apuñalado en el camino que separa los pueblos de Mendiola y Castillo.
Posteriormente, Garayo confesaría sus crímenes sin ambages, pero negaría ser el autor de este asesinato en concreto. Tampoco fue responsable de la muerte, dos meses más tarde, de una niña de once años.
Fue violada y apuñalada en el vientre y, aunque murió por culpa de sus heridas, logró identificar a su atacante, un anciano de 75 que sería condenado a pena de muerte, en 1880.
Sea Garayo o no culpable de esos crímenes, el rastro de víctimas es tan grande que surgen leyendas como las del Sacamantecas, que usa la grasa humana para elaborar pócimas y jabones.
Garayo decide actuar otra vez el 1 de noviembre de 1878. Su objetivo es una molinera, a la que intenta estrangular. Pero las cosas no le salen bien. La mujer consigue escapar y denunciarle a las autoridades. Se le condena a dos meses de cárcel por el ataque, sin sospechar que es responsable de al menos cuatro muertes.
Una vez fuera del presidio, Garayo vuelve a intentarlo con una anciana, a la que encuentra mendigando en el camino entre Gomecha y Ariñez, y tampoco tiene suerte. Suvíctima también logró huir.
En cambio, sí asesina a una mujer de 25 años en uno de los caminos que llevan a Vitoria. A la mañana siguiente, mata también a una campesina de 52 años, a la que destripó sin miramientos. Los medios refieren la amputación de un pecho, la extracción de riñones e hígado, además de una herida tan grande que “daba salida a todo el paquete abdominal”.
Aunque Garayo era cauto, no faltaban testigos que le habían visto charlar con algunas de sus víctimas, y los investigadores acabaron por atar cabos. Juan Díaz de Garayo era su sospechoso, y lo atraparon el 21 de septiembre de 1880. En el juicio, Garayo reconocería seis asesinatos y cuatro tentativas. Fue ejecutado el 11 de mayo de 1881.
En los periódicos de la época se mencionan varios asesinatos más. Cuya autoría nunca quedó demostrada. Puede que Garayo fuera el responsable o puede que otro asesino actuara bajo su sombra.
Ese misterio nunca quedó resuelto.

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