La leyenda negra española es una teoría defendida por la corriente historiográfica que afirma la existencia y difusión de propaganda antiespañola y anticatólica. Sus defensores afirman que sus raíces se remontan al siglo XI, cuando fue originalmente un arma política y psicologica que fue utilizada por los rivales noreuropeos de España con el fin de demonizar el Imperio Español, su gente y su cultura, minimizar los descubrimientos y logros españoles, y contrarrestar su influencia y poder en los asuntos mundiales.



“La leyenda negra española es un espantajo para uso de los que especialmente cultivan nuestra entera decadencia, y de los que buscan ejemplos convincentes en apoyo de determinada tesis política”

Lo escribió Emilia Pardo Bazán en su libro “La España de ayer y de hoy”, acuñando el término “leyenda negra”, que contrapone a la “leyenda dorada”, si bien de ésta menciona: ..” cuando menos, arraiga en la tradición y en la historia; la disculpan y fundamentan nuestras increíbles hazañas de otros tiempos..”

La leyenda negra parece estar considerada como un eco del pasado, de nuestra historia; nada más lejos de la realidad, pues en la actualidad sigue teniendo vigencia, a través de ideologías y de la literatura, así como del factor político, que es otra arma destructora de nuestra historia.

La tesis bien fundamentada que presenta doña María Elvira Roca en su imprescindible libro Imperiofobia y leyenda negra, atribuye a los humanistas italianos las primeras críticas a los españoles imbuidas de un potencial supremacismo, considerando que teníamos sangre contaminada al haber integrado a los bárbaros godos y a consecuencia del asentamiento de mahometanos y judíos.

Todo ello derivaba en un atraso cultural, permaneciendo en el ostracismo durante el periodo medieval. Eso lo afirmaban los precursores de la “intelectualidad” italiana que fomentó, a posteriori, el nacimiento de una clase intelectual devastadora para la historia de nuestra Patria.

Otro periodo pernicioso fue la fundación del protestantismo, a cargo de Lutero, quien afirmó: “”Más tolerable es vivir bajo poder turco que español, puesto que los turcos sostienen su reino con la justicia, mientras los españoles evidentemente son bestias”.

Estas barbaridades, provenientes de un insurrecto a la autoridad real para convertirse él mismo en el tirano que tanto denunciaba, fueron objeto de una apasionada difusión por los principados alemanes, con ayuda de la imprenta, que producía a “machamartillo” infinidad de panfletos con imágenes impactantes.

Pero no pensemos que convencían totalmente, sólo lo apoyaban los nobles, cuya ambición consistía en apropiarse de los bienes eclesiásticos y de los particulares de los católicos.

Es decir, la denominada “guerra de religiones” (de un poder tiránico de la Iglesia católica contra la grandeza protestante, según replica la leyenda negra) es falsa. Todo respondía a la avaricia, a la ambición y a la ostentación del poder.

Y ya no hablemos de la fase del descubrimiento de las Indias occidentales. Alli, Bartolomé de las Casas hizo su agosto, trasladando exageraciones, falsedades y datos que no tienen sustento, entre otras cosas porque no viajó prácticamente y poco podía deducir para establecer unas acusaciones.

Sus falsedades fueron aprovechadas maliciosamente por el flamenco protestante Guillermo de Orange (acérrimo de Calvino que quemó vivo en la hoguera a Miguel Servet y a más de 500 personas),, linaje que aún perdura en Europa. No podemos olvidar la parte del himno holandés actual: “Guillermo soy de nombre……..mi alma se atormenta, oh, noble pueblo y fiel, viendo cómo te afrenta el español cruel”.

Otro factor importante: La Ilustración, el siglo de las Luces. Cabría preguntarse qué luces encendieron que no fueran las de la destrucción de la fe y los valores católicos, propio de los intelectuales masones que se encargaron de divulgar un mensaje torticero, promoviendo la idea de que la intelectualidad “ilustrada” es la salvación del hombre.

Ante ello, el complejo se infunde en la población y esos intelectuales se convierten en líderes. Seguimos igual que antaño, dicho sea de paso. La clase intelectual está más valorada –aunque sus contenidos sean vacíos- que la familia y el trabajo.

Y como colofón, cabe mencionar a los “libertadores” de las provincias españolas en ultramar, todos pertenecientes a la masonería, herederos de esa clase intelectual ilustrada, que con sus proclamas engañaron maliciosamente al pueblo, que únicamente pretendía seguir viviendo tranquilamente y en prosperidad.

Les costó mucho esfuerzo, pero contaron con ayuda de la masonería de los recién creados Estados Unidos y ¡cómo no! de las logias británicas. De hecho, esos “libertadores” fueron hábilmente seleccionados para la labor.

Tras estas pinceladas, que desarrollaremos en próximos artículos, no podemos olvidarnos del movimiento indigenista, con tintes marxistas, derivado del odio emanado por ideologías.

Atraer a la población a un mensaje idílico de cultura precolombina –que nadie puede negar su riqueza en muchos aspectos, tal y como lo valoraron los españoles al llegar a esas tierras. Aunque también se debe decir lo siguiente:

El modo de vida de las culturas precolombinas se caracterizaba por las constantes guerras de dominio, la esclavitud, el sometimiento de los más débiles, los tributos agobiantes y las vejaciones en masa de otras tribus, las expropiaciones y deportaciones, los saqueos y los sacrificios más inhumanos.

No gozaban de un régimen jurídico justo, sino que se trataba de la ley del más fuerte y de la opresión brutal contra el vencido. España nunca se consideró superior a ninguna civilización, su cultura y humanidad, propia de la fe católica, procuró el respeto y el aprendizaje; no en vano muchas tribus pacíficas se aliaron con los españoles para combatir a las más salvajes, que les tenían subyugadas.

Este indigenismo que considera el descubrimiento de América y la llegada de los españoles el núcleo del mal, forma parte de esa gran corriente del “progresismo” cultural que predomina en Occidente y que proclama el triunfo del victimismo de las minorías, aceptado por muchos españoles, sobre todo por los intelectuales, otro mal que azota nuestra historia.

Para los indigenistas es mucho más sencillo culpar a los otros del atraso cultural y social en vez de aceptar responsabilidades como pueblo y buscar soluciones. Porque los españoles no están allí desde hace más de 100 años, ¿cómo se puede culpabilizar de un supuesto atropello a sus derechos si hace 200 años que los secesionistas obtuvieron el poder?

¿No han tenido tiempo de regularlo? Poca reflexión y mucha ideología. Ese es el problema



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