El calibrador de belleza tenía la finalidad de detectar los defectos o imperfecciones que podían escapar al ojo humano; su ajuste alcanzaba hasta 325 posiciones distintas con una precisión de una milésima de pulgada. Una vez detectadas esas imperfecciones, un maquillista experto podía corregir los defectos con productos cosméticos.



Memorias | EL CALIBRADOR DE BELLEZA QUE TRATÓ DE INSTAURAR MAX FACTOR


Fue en la década de 1930. La empresa Max Factor, a partir de los estudios seudocientíficos de frenología, quiso aplicar a los rostros un canon de belleza basado en las proporciones y distancias.

Por ejemplo, según decían, para tener un rostro perfecto la altura de la nariz y la frente debía ser la misma, y, además, era fundamental que los ojos estuvieran separados por una distancia equivalente al ancho de uno de ellos.

Para calcular todo esto se creó el sofisticado “Beauty Micrometer”, un aparato que se ponía sobre la cabeza de las personas y con el que, gracias a las tiras de medición que tenía, se comprobaba si estas se salían de los cánones establecidos. Tras esto, y sabiendo cuáles eran las “imperfecciones”, se aplicaban maquillajes y otros productos para compensarlas.

El invento se destinó al principio para el mundo de Hollywood, a fin de mejorar los primeros planos de las actrices en las películas, pero la empresa esperaba que con el tiempo llegara a todos los centros de cosmética. Sin embargo, pese a la campaña de publicidad que realizaron con algunas figuras conocidas, el “Beauty Micrometer” resultó ser un fracaso que pronto fue relegado al olvido.

Como los estudios frenológicos que lo inspiraron.



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