Entre los callejones de la Valencia medieval, donde el comercio y la fe se entrelazaban con la vida cotidiana, surgió un distrito peculiar, marcado por el deseo y la regulación: el Partit. Más que un simple burdel, este enclave se convirtió en un microcosmos de la sociedad bajomedieval, donde la moral, la economía y el poder se enfrentaban en un frágil equilibrio. Su historia revela cómo una ciudad mercantil gestionó la marginalidad con normas precisas y estrategias de control.
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Valencia y el Barrio de Pescadores: Análisis Histórico del Distrito de Tolerancia Medieval en el Mediterráneo Occidental
La Valencia medieval se erigió como uno de los enclaves urbanos con mayor regulación y concentración de la actividad prostibularia en el contexto mediterráneo occidental, configurando un modelo de gestión institucionalizada que posteriormente sería replicado en otros territorios de la Corona de Aragón. El denominado “Partit”, “Pobla de les Fembres Pecadrius” o “Bordell” valenciano constituyó un espacio urbano perfectamente delimitado y regulado jurídicamente que, durante los siglos XIV y XV, llegó a albergar un contingente de meretrices cuya magnitud y organización interna justificarían su consideración como uno de los complejos prostibularios más extensos del occidente europeo bajomedieval, fenómeno indisolublemente vinculado al auge comercial y demográfico de la urbe mediterránea.
Las investigaciones archivísticas contemporáneas, fundamentadas en los registros del Justicia Criminal, los protocolos notariales y las disposiciones forales valencianas, permiten reconstruir la configuración topográfica y normativa de este espacio. El burdel valenciano quedó establecido extramuros, en el extremo occidental de la ciudad, próximo a la muralla musulmana, conformando un recinto cerrado con una extensión aproximada de 3.800 metros cuadrados. Esta ubicación periférica respondía a criterios morales y sanitarios propios de la mentalidad medieval, que procuraba segregar espacialmente la actividad prostibularia, si bien garantizando su accesibilidad y, paradójicamente, su integración en el tejido económico y social urbano.
La regulación jurídica del burdel valenciano constituyó un paradigma de intervencionismo institucional, articulado mediante un complejo entramado normativo que se fue perfeccionando progresivamente desde el siglo XIII. El rey Jaime I estableció las primeras disposiciones reguladoras en 1325, posteriormente ampliadas por Alfonso IV y Pedro IV. Este corpus legislativo imponía restricciones en la indumentaria de las prostitutas, limitaba su visibilidad durante determinadas festividades religiosas y regulaba sus movimientos urbanos, prohibiendo su presencia en tabernas o albergues fuera del recinto designado bajo penas pecuniarias y corporales. Particularmente significativo resulta el establecimiento de la figura del “Regent del Partit”, funcionario municipal encargado de garantizar el orden y supervisar el cumplimiento normativo en el distrito.
La estructura interna del burdel valenciano evidenciaba una jerarquización socioeconómica significativa. Las prostitutas se clasificaban en tres categorías según su ubicación, tarifas y clientela: las “hembras comunes” (de acceso generalizado y menor coste), las “mujeres públicas honradas” (con clientela estable y tarifas intermedias) y las “cortesanas” (reservadas a mercaderes, nobles y eclesiásticos acomodados). Esta estratificación se materializaba espacialmente mediante la distribución en diferentes callejones y “hostals” o casas regentadas por proxenetas, mayoritariamente mujeres, que percibían aproximadamente dos tercios de los ingresos generados por cada prostituta bajo su tutela. Documentos notariales evidencian contratos formalizados ante notario donde se estipulaban las condiciones económicas y asistenciales de esta relación laboral.
La dimensión económica del burdel valenciano trascendía ampliamente la mera actividad sexual, configurando un ecosistema productivo diversificado. El “Partit” albergaba tabernas, hostales, tiendas de confección textil especializada, establecimientos de baños y servicio médico permanente. La fiscalidad municipal extraía importantes beneficios mediante impuestos específicos como el “Dret del Partit”, gravamen que los hostaleros debían satisfacer por cada prostituta alojada, y las tasas por licencias de establecimiento. Estimaciones basadas en registros fiscales sugieren que hacia 1500, aproximadamente el 5% de los ingresos municipales ordinarios procedían directa o indirectamente de la actividad prostibularia, evidenciando su relevancia económica para las arcas públicas valencianas.
El perfil sociodemográfico de las meretrices valencianas ha sido parcialmente reconstruido gracias a los registros del “Llibre de Certificacions” del Hospital de Inocentes, institución que proporcionaba asistencia sanitaria obligatoria. Predominaban mujeres jóvenes (15-25 años) de extracción rural, frecuentemente foráneas provenientes de Castilla, Navarra y el sur de Francia. Las trayectorias vitales documentadas revelan patrones recurrentes: orfandad temprana, viudedad empobrecida o abandono marital como desencadenantes habituales de su incorporación al ejercicio prostitucional. Significativamente, aproximadamente un 18% de las prostitutas registradas entre 1400-1450 eran musulmanas o moriscas, evidenciando intersecciones entre marginación religiosa y explotación sexual en la sociedad valenciana bajomedieval.
La respuesta asistencial hacia la prostitución valenciana presentaba una ambivalencia característica del período. Simultáneamente a la regulación administrativa que legitimaba la actividad, surgieron iniciativas redentoristas promovidas por órdenes mendicantes y cofradías piadosas. Destacó la “Casa de les Penedides” (Casa de Arrepentidas), fundada en 1345 junto al convento de Sant Guillem, institución que ofrecía alternativas laborales, dotes matrimoniales y formación religiosa a prostitutas que desearan abandonar el oficio. Los registros de esta institución revelan que aproximadamente un 30% de las mujeres acogidas conseguían reinsertarse mediante matrimonio o servicio doméstico, mientras el resto alternaba períodos de internamiento con retornos al burdel, evidenciando las limitadas opciones laborales femeninas en el contexto económico medieval.
El ocaso del modelo prostibulario valenciano medieval comenzó gradualmente durante el siglo XVI, coincidiendo con transformaciones ideológicas y sanitarias significativas. La expansión de enfermedades venéreas, particularmente la sífilis desde 1495, provocó disposiciones higiénicas más estrictas. Simultáneamente, la Contrarreforma católica intensificó presiones morales contra la prostitución regulada. El punto de inflexión definitivo ocurrió en 1623, cuando Felipe IV ordenó la clausura de todos los burdeles legales en los territorios hispánicos. El espacio físico del antiguo burdel valenciano fue progresivamente reintegrado al tejido urbano, aunque perduró como zona marginada hasta las transformaciones urbanísticas decimonónicas que reconfiguraron definitivamente este sector urbano.
La historiografía contemporánea, superando enfoques exclusivamente moralistas o anecdóticos, ha reinterpretado el fenómeno prostibulario valenciano medieval como manifestación multidimensional reveladora de dinámicas económicas, jurídicas y sociales más amplias. La paradójica combinación de regulación institucional, explotación económica y estigmatización moral que caracterizó este sistema constituye un microcosmos analítico privilegiado para comprender las contradicciones estructurales de la sociedad urbana bajomedieval, especialmente en lo concerniente a las relaciones de género, la gestión municipal de la marginalidad y la instrumentalización económica de colectivos vulnerables en el contexto mediterráneo occidental.
El legado historiográfico del “Partit” valenciano trasciende el interés puramente localista para insertarse en perspectivas comparativas más amplias sobre la gestión urbana medieval de la sexualidad comercial. Su estudio proporciona claves interpretativas sobre la construcción social del género, los mecanismos institucionales de control corporal y las estrategias de supervivencia femenina en contextos adversos, temáticas cuya relevancia perdura en los debates contemporáneos sobre trabajo sexual, marginación y políticas públicas, evidenciando continuidades y rupturas en estas problemáticas a través de los siglos en el espacio mediterráneo.
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