Una legendaria y desconocida escultura de Antonio Canova viaja a Italia por primera vez para conmemorar el 250º aniversario del nacimiento del artista. Tras ella, una historia de amor por la belleza al filo de la obsesión

Museo del Castillo de Lanut, Polon loia.
EL CAPRICHO ETERNIZADO EN MÁRMOL
Esta escultura es, sin lugar a dudas, una de las obras maestras de Antonio Canova (Possagno, 1757- Venecia, 1822). Es curiosa su historia, pues esconde una cierta obsesión por la belleza.
La princesa polaca Elzbieta Lubomirski, muy rica e ilustrada, ya viuda, se quedó prendada de la belleza del hijo de los condes Sartoriski, parientes lejanos de su difunto marido. Quiso adoptarlo, pero en principio los padres se negaron.
Dice la leyenda que una noche de invierno lo raptó mientras dormía. Ofreció a sus padres una sustanciosa dote a cambio de protegerlo y educarlo, por lo que finalmente aceptaron. La princesa era muy poderosa, además de gran coleccionista de arte y una apasionada del mundo clásico.
El niño tenía ya 13 años, prácticamente un adolescente, bellísimo, de rostro angelical. Lo llevó a Viena, París, Venecia, Milán, Florencia y Roma. No pasaba inadvertido en ninguna parte, fue pintado por artistas de la talla de Angelica Kauffman o Elisabeth Vigée- Lebrun.
Además el príncipe tocaba el arpa y bailaba ballet.
En Roma, en 1786, la princesa le pidió a Canova que lo inmortalizase en mármol. Al principio no quiso, pues no le gustaba trabajar por encargo, pero ante tanta insistencia terminó aceptando la propuesta. Canova fue quien decidió representarlo como Eros/ Cupido, ya que, como decía Platón: “era el más bello y el más bueno entre los dioses, el más joven, de naturaleza delicada y flexible”.
El muchacho era tímido y no quiso posar desnudo, así que Canova hizo solamente su cabeza, para el cuerpo compró una escultura antigua como patrón estético. Le dio la misma altura que tenía Henryk.
A partir de entonces, nació una auténtica fiebre por el joven. Las copias y reproducciones proliferaron, repartidas por todos los museos del mundo.
La princesa estaba obsesionada hasta tal punto que se llevó a Lancut dos copias y alguna más de su cabeza. Decoró el salón del castillo con columnas clásicas de mármol, mandó colocar allí la escultura del príncipe y puso otra en su habitación.
Por cierto, terminó casando al joven con su única sobrina, lo declaró así heredero principal y quedaba emparentado con él por derecho.
Se dice que, ya de anciana, pedía cada día que la llevasen a la Sala de Eros para poder acariciar su pie derecho, que se adelanta como si fuese a caminar.



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