Tras la Conquista de México, los códices fueron destruidos en grandes cantidades en actos como el Auto de Maní —realizado el 12 de julio de 1562 en Maní (Yucatán)—, donde Diego de Landa ordenó la incineración de varios de estos documentos, obra de los mayas, por considerarlos muestra de la idolatría indígena.



12 de julio de 1562. FRAY DIEGO DE LANDA Y LA QUEMA DE LOS CÓDICES MAYAS


“Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena”
Fray Diego de Landa Calderón

 Y es que Diego de Landa, movido por su celo religioso, no dudó en destruir y quemar durante el proceso inquisitorial muchos ídolos y objetos labrados mayas, además de numerosos manuscritos y valiosos códices con jeroglíficos, haciendo así desaparecer, irreparablemente, inapreciables fuentes de la antigua cultura mesoamericana

La noche del 12 de julio de 1562 una hoguera iluminó las oscuras calles de Maní, Yucatán. Aquel fuego era alimentado con objetos sagrados y sobre todo con los 40 códices en los que se explicaba toda la vida e historia de los mayas.

Tras la quema de sus ídolos e identidad algunos indígenas se suicidaron. La orden para ejecutar esta destrucción la dio Fray Diego de Landa Calderón, un misionero franciscano de 38 años de edad a quien la iglesia le encomendó convertir a los nativos al catolicismo.

Fueron azotados, trasquilados y les fueron puestos sambenitos. “(Otros), de tristeza engañados del demonio, se ahorcaron y que en común todos mostraron mucho arrepentimiento y voluntad de ser buenos Christianos”, consigna el propio Landa en su libro Relación de las Cosas de Yucatán.

France V. Scholes y Eleanor B. Adams, en su libro Don Diego Quijada, alcalde mayor de Yucatán, 1561-1565, describen que aquellos autos de fe eran tan crueles que, tras los azotes, al nativo “lo colgaban públicamente en la ramada de la iglesia, por las muñecas y echándole mucho peso a los pies y quemándole la espalda y la barriga”. Esa es la razón por la que muchos “se arrepentían”.

Este tipo de acciones no eran nada nuevas en el actuar de los frailes para lograr la conversión forzada en las poblaciones conquistadas. Poco más de medio siglo antes ocurrió la quema de la Biblioteca musulmana de Granada, por el influyente confesor y asesor de la reina Isabel la Católica, el Cardenal Cisneros, nuevo arzobispo de Granada. Poco después del destierro de los judíos en 1492, Cisneros, en su afán por erradicar cualquier resto de la civilización nazarí, ordenó la destrucción de más de 4.000 manuscritos, de los que únicamente se conservaron los referidos a medicina, que fueron robados y trasladados a la Universidad de Alcalá de Henares.

Los únicos códices que se salvaron -al menos descubiertos hasta ahora- son los que se encuentran en Madrid -conocido como Tro-Cortesiano-, París -Peresiano- y Dresde, Alemania.



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