Jonas Edward Salk fue un investigador médico y virólogo estadounidense, principalmente reconocido por su aporte a la vacuna contra la poliomielitis. Nació en la ciudad de Nueva York, proveniente de una familia de inmigrantes judíos rusos.

‘El ídolo de mi abuela’
Desde muy chico me llamaba la atención un cuadro colgado en la casa de mi abuela, además era el único. No se trataba de una pintura, era la foto de un señor de anteojos con cara de tío bueno y con una sonrisa contagiosa.
Cada vez que mi abuela pasaba cerca, apoyaba las yemas de sus dedos de manera muy afectuosa. Como imaginaba que era un familiar ausente no le pregunte nunca, quería evitarle un mal momento. Años más tarde, ojeando una enciclopedia veo una foto del presunto tío. No era familiar, resultó ser un tal Jonas Edward Salk, la nona me debía una explicación.
Mi abuela entre lágrimas me contó que su generación había sido golpeada con furia por la Poliomielitis matando o dejando lisiados a miles de niños. Me hizo sentir en la piel los miedos que la atormentaron cuando se convirtió en madre en medio de un brote mundial. Y como el 12 abril de 1955 ese hombre de la foto anunciaba al mundo que había descubierto una vacuna. Su charla terminó confesándome que esa noche, fue la primera en que descansó desde que se había convertido en madre.
Jonas Salk era un virólogo que en silencio se pasó 5 años investigando el virus que provocaba la parálisis infantil. Debido a catastróficas consecuencias de una vacuna con cepas vivas en los años ’30, Salk trabajaba con cepas muertas.
Mientras tanto la polio se convertía en la mayor pesadilla de la post guerra. La búsqueda de una vacuna eficaz se volvió política de estado. EE. UU., creó un fondo de investigación y puso a Salk a la cabeza.
Jonas creyó que contaría con un apoyo masivo, pero no, todo lo contrario. El buró académico estadounidense lo consideraba un outsider, era un ignoto hijo de trabajadores y no frecuentaba las reuniones de la elite científica.
Obvio, se había pasado años encerrado en un laboratorio con su propio enemigo. Todos los virólogos se burlaron de su intento de lograr una vacuna con virus muertos, la resistencia la encabezaba Albert Sabín.
Cuando llegó el momento de las primeras pruebas de la vacuna, algunos medios aterrorizaban a la población diciendo que Salk les provocaría Polio a sus hijos. En un golpe publicitario descomunal, Salk vacunó a sus propios hijos. Así consiguió más de 20 mil voluntarios.
El último paso fue la prueba de campo, Salk preparó dos millones de dosis. Inexplicablemente las autoridades pidieron que solo se aplicara la vacuna a la mitad y al resto un placebo. Científicamente era inobjetable, pero Salk estalló porque se dejaba desprotegidos a un millón de niños. El éxito de la vacuna se comunicó al mundo y las madres pudieron volver a dormir.
Si bien Salk dedicó su vida a la vacuna, sabía que se había financiado con dinero público y donaciones, por ello la patentó a su nombre y luego renunció a ella. Según sus propias palabras, era patrimonio de la humanidad como el sol el agua.
Tal era su desapego a los honores que entregó toda su investigación a su principal crítico, Albert Sabín, quien años más tarde, apoyado en las investigaciones de Jonas Salk y John Franklin Enders, desarrolló la vacuna de cepa viva. Si bien Salk no recibió el premio Nobel, ganó algo mejor, un lugar en el corazón de mi abuela.

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