Según Hesíodo, al principio, antes que nada, sólo existía el Caos. Tras este periodo indeterminado, emergería Gea, la tierra, directamente de las profundidades del Tártaro. Del Caos nacería Erebo, la oscuridad, y Nix, la noche, que juntos, engendrarían a Eter, la luz, y Hemera, el día.

LA CREACIÓN SEGÚN HESÍODO
Es el relato más conocido, el que ha quedado como clásico, por ello lo colocamos en primer lugar, dada su importancia. Sin embargo, ahondaremos en otras narraciones, no por menos conocidas también muy atractivas.
Según Hesíodo, en un principio sólo existía el Caos. Después emergió Gea (la tierra) de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, surgida del
Tártaro tenebroso de las profundidades, y Eros (el Amor), el más bello de los
dioses.
Del Caos nada podía esperarse, hasta que de la acción de Eros, principio vital, salieron Erebos (las tinieblas), cuyos dominios se extendían por debajo de Gea en una vasta zona subterránea, y Nix (la oscuridad o la noche).
Erebos y Nix tuvieron
amoroso consorcio y originaron al Eter y Hemera (el Día), que personificaron respectivamente la luz celeste y terrestre.
Con la luz, Gea cobró personalidad, pero como no pudo unirse al vacío Caos, comenzó a engendrar sola y así mientras dormía surgió Urano (el Cielo Estrellado),
un ser de igual extensión que ella, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada celestial segura y eterna para los dioses bienaventurados. También produjo
las altas montañas, para albergue grato de las divinales Ninfas, que escogieron para ello frondosos bosques.
Urano contempló tiernamente a su madre desde las elevadas cumbres y derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, naciendo así las hierbas, flores y
árboles con los animales y las aves, que formaron como un cortejo para cada planta.
La lluvia sobrante hizo que corrieran los ríos y al llenar de agua los lugares huecos se
originaron así los lagos y los mares, todos ellos deificados con el nombre de Titanes:
Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Cronos; y Titánidas: Temis, Rea, Tetis, Tea, Mnemosine
y Febe; de ellos descendieron los demás dioses y hombres.
Pero como si Urano y Gea quisieran demostrar que su poder estaba por encima de todo, crearon otros hijos de horrible aspecto: los tres Cíclopes primitivos, llamados Arges, Astéropesy Brontes,
quienes tenían un solo ojo redondo en medio de la frente y representaban
respectivamente el rayo, el relámpago y el trueno y eran inmortales (uno de los
descendientes fue astutamente engañado por Ulises, tal como nos lo cuenta la Odisea), y muchos de éstos ya mortales fueron muertos por Apolo para vengar la violenta desaparición de Asclepio del mundo de los vivos (sus espíritus habitaban las cavernas del volcán Etna en Sicilia).
Finalmente, engendraron a los Hecatónquiros o
Centimanos, tres hermanos con cincuenta cabezas y cien brazos cada uno que se
llamaron Coto, Briareo y Giges.
Por su parte la Noche por sí sola había engendrado a Tánatos (la muerte), a Hipno
(el sueño) y a otras divinidades como las Hespéridas, celosas guardianas del
atardecer cuando las tinieblas empiezan a ganar la batalla de la luz diurna, fenómeno
que se repite cada día; las Moiras (Parcas), defensoras del orden cósmico, representadas como hilanderas que rigen con sus hilos los destinos de la vida; Némesis, la justicia divina, perseguidora de lo desmesurado y protectora del
equilibrio.
Fin
El Candelabro. Iluminando Mentes
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