La literatura fantástica es «la que presenta en forma de problemas hechos a-normales, a-naturales o irreales en contraste con hechos reales, normales o naturales». O sea: personajes reales, y otros extraños; lugares comunes y otros terroríficos. Unos y otros mezclados hacen un cuento fantástico.



LA EXTRAÑA – (Cuento Fantástico)


Hacia el año 1880, cuando ejercía la medicina en un suburbio londinense, fui seducido por una hermosa y siniestra dama española llamada doña Ana de Mendoza, que me empujó hacia toda clase de pecados.

Cuando Scotland Yard estaba empezando a interesarse por nuestras actividades, huimos a España y nos establecimos en la casa solariega de la familia Mendoza. Yo esperaba que una vez allí formalizaríamos nuestras relaciones, pero no fue así. Ana solo tenía ojos para su hijo Andrés, un muchacho de doce años que parecía realmente enamorado de su madre. Conociendo la profunda perversidad de Ana y la adoración que Andrés sentía por ella, dudo mucho que su amor fuera del todo inocente.

Aunque los demás empleados no veían (o no se atrevían a ver) nada extraño en su relación, yo creía ver allí la sombra del incesto. Fuera como fuera, era evidente que ella se había cansado de mí y que solo me mantenía a su lado porque, siendo Andrés un niño enfermizo, necesitaba un médico a su lado.

Pronto empecé a sentir los efectos de la soledad, pues Ana me ignoraba, Andrés no me quería y solo podía conversar en inglés con el administrador de la casa, un tal don Alfonso Noriega, que había vivido en América durante sus años mozos.

Don Alfonso había viajado mucho en su juventud, pero cuando lo conocí ya llevaba varios años viviendo con la familia Mendoza.

Durante nuestras largas conversaciones me suministró algunas informaciones interesantes sobre el pasado de Ana.

Un día me contó lo siguiente:

-Doña Ana perdió a sus padres siendo muy pequeña y pasó casi toda su infancia bajo la tutela de doña Eduviges, su abuela paterna, que era una señora bastante estricta. Ni siquiera permitía que su nieta hablase con los hijos de los campesinos, pues conservaba viejos prejuicios de casta. Así pues, a falta de amigos íntimos, la infancia de doña Ana fue muy triste.

Podía decirse que su única amiga era una hermosa gata negra, a la que llamaba Ligeia y hacia la cual sentía un profundo cariño. Pero una mañana la gata apareció muerta. La pobre niña ignoraba que los gatos viven menos tiempo que las personas, por lo que pensaba que Ligeia era tan joven como ella, cuando, en realidad, ya era una venerable anciana.

Doña Eduviges ordenó enterrar el cadáver de la gata y le dijo a su nieta que se olvidara de ella, pues, a fin de cuentas, “solo era un animal sin alma”. Pero, por una vez, Ana desobedeció a su abuela.

Aquella noche un criado salió al jardín para hacer sus necesidades y vio, bajo la luz de la luna, una escena realmente extraña e incluso siniestra. Ana estaba allí, completamente desnuda y con la boca manchada de sangre.

Había desenterrado el cadáver de la gata y, tras agujerearlo con una navaja, había bebido toda su sangre. Al parecer, una vieja criada le había sugerido aquel delirante ritual para hacer que el espíritu de la gata entrara en su cuerpo, de modo que las dos pudieran estar juntas para siempre.

No necesito decirle que doña Eduviges montó en cólera cuando supo lo sucedido. Como castigo, envió a su nieta a un internado de la ciudad y no tardó mucho en morir, según algunos a consecuencia de aquel inmenso disgusto.

La relación de don Alfonso consiguió turbarme, pues era posible que Ana se creyera poseída por el espíritu de la gata, hasta el punto de que tanto su mente como su organismo se hubieran visto afectados por esa obsesión. Pero lo que más me inquietó fue saber que el marido de Ana, así como algunos de sus parientes y amigos íntimos, habían muerto en circunstancias bastante extrañas.

Empecé a pensar que ella, cuya maldad yo conocía tan bien, había tenido algo que ver con sus muertes.

En tal caso, mi suerte estaría echada si no me iba pronto de allí. En otros tiempos yo hubiera muerto gustoso en sus manos, pero mi pasión se había debilitado bastante durante los últimos meses. Sabía que nunca podría olvidarla y que siempre soñaría con ella por las noches, pero, para que existiera ese “siempre”, debía pensar en mi propia supervivencia.

Finalmente escapé una noche, montado en un caballo que había comprado con mi sueldo de médico particular.

Como no podía volver a Inglaterra, donde la policía me buscaba por mis crímenes, tomé un barco que me llevó a los Estados Unidos.
Recalé en Nueva York, donde usé mis ahorros para instalarme como médico bajo un nombre falso. De ese modo llevé durante algún tiempo una vida bastante apacible.

Mi clientela era numerosa y selecta, de modo que gané bastante dinero y mi fama se extendió entre los mejores círculos de la ciudad. Quizás debería decir que se extendió demasiado, pues no tardé en sentir la turbadora proximidad de doña Ana.

No la vi ni oí pronunciar su nombre, pero oí inquietantes rumores sobre “una hermosa dama extranjera” y poco después olí su inconfundible perfume mientras salía de un teatro. Entonces me sentí perdido, pues adivinaba perfectamente cuáles eran sus intenciones hacia mí. Yo sabía demasiado sobre ella y le convenía silenciarme cuanto antes.

Como, por diversas razones, no podía solicitar el auxilio de las autoridades, decidí abandonar la profesión médica y enclaustrarme en mi nueva casa. Aún sigo recluido mientras escribo la presente relación, con la esperanza de que arroje una luz póstuma sobre mi muerte o desaparición, en caso de que una u otra llegaran a producirse.



NOTA DE LAS AUTORIDADES: El presente documento apareció en el domicilio del doctor James Farrell, conocido en Nueva York bajo el seudónimo de Henry Brown, mientras la policía investigaba su misteriosa muerte. Nuestros expertos han dictaminado que todo lo escrito en este documento es pura fantasía, pues el doctor Farrell no pudo haber sido asesinado por ninguna mujer, sino por un predador no identificado (seguramente un felino) que lo degolló con sus dientes.


Fin


El Candelabro. Iluminando Mentes


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