Mary Anning fue la primera paleontóloga reconocida como tal. Además de ser paleontóloga, fue una coleccionista y comerciante de fósiles inglesa, conocida en todo el mundo por sus importantes hallazgos de los lechos marinos del período Jurásico en la localidad inglesa Lyme Regis donde vivía

Mary Anning en los comienzos de la paleontología moderna
Mary Anning nació en 1799 en Lyme Regis, una pequeña ciudad costera en el sur de Inglaterra. A pesar de que su familia era pobre y no tenía educación formal, Mary mostró un gran interés por los fósiles desde una edad temprana y comenzó a recolectarlos en la playa cercana a su casa.
Con el tiempo, Mary se convirtió en una experta en fósiles y descubrió varios especímenes importantes, incluyendo el primer esqueleto completo de un ictiosaurio, un reptil marino extinto. Sus descubrimientos fueron fundamentales para el desarrollo de la paleontología, pero a pesar de ello, Mary Anning no recibió el reconocimiento que merecía en vida debido a su género y su condición social.
Además, aunque vendió muchos de sus fósiles a coleccionistas adinerados, Mary nunca tuvo suficiente dinero para vivir cómodamente. Ella y su familia a menudo lucharon para llegar a fin de mes y, después de la muerte de su padre, Mary se vio obligada a seguir recolectando fósiles para ganarse la vida.
La historia de Mary Anning es hermosa porque muestra la pasión y la perseverancia de una mujer que superó los obstáculos de su época para hacer descubrimientos importantes y contribuir al avance del conocimiento científico. Sin embargo, también es triste porque nos recuerda las injusticias que han enfrentado y siguen enfrentando muchas personas por su género, clase social o etnia.
Como relata la periodista y escritora Deborah Cadbury, en un libro publicado en el año 2000, la recolección de fósiles al lado del mar que Mary Anning llevó a cabo no era un oficio sencillo, sino que, por el contrario, podía ser muy peligroso. Requería caminar y saltar bajo acantilados inestables en los que se producían frecuentes deslizamientos y caídas de piedras. Para acceder a los fósiles era necesario estar dispuesta a correr riesgos nada despreciables. En este ambiente se movió Mary Anning durante toda su vida. Su recuerdo ha quedado inmortalizado en retratos que la muestran caminando a solas por la playa, vestida con una falda larga, chal, sombrero, provista de un martillo y de una cesta colgando del brazo.
Mary Anning nunca fue admitida como miembro de la Sociedad Geológica de Londres –esta organización no aceptaría mujeres hasta 1904–, pero ello no impidió que el presidente de la institución reconociese que «a pesar de no estar situada entre las clases más acomodadas de la sociedad, […] contribuyó en gran manera con su talento y sus inagotables investigaciones a nuestros conocimientos sobre los grandes saurios y otras formas fósiles de vida gigantesca».

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