El fragmento de Rayuela de Julio Cortázar es una exquisita descripción poética de un beso, que transporta al lector a un mundo de sensaciones y emociones. La técnica descriptiva del autor y su uso de imágenes poéticas logran plasmar con precisión la complejidad y la intensidad del contacto físico, convirtiéndolo en una experiencia trascendental que va más allá de lo meramente erótico. En este fragmento se puede apreciar cómo Cortázar utiliza la literatura para capturar los detalles más íntimos y profundos del ser humano, y transmitirlos de manera elegante y sutil al lector.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES


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Día Internacional del Beso
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Rayuela - Julio Cortázar
La poética del encuentro amoroso en el capítulo 7 de Rayuela de Julio Cortázar
El capítulo 7 de Rayuela, obra cumbre de Julio Cortázar publicada en 1963, se erige como una pieza singular dentro de la literatura latinoamericana por su exploración lírica y sensorial del encuentro amoroso. Este fragmento, que inicia con “Toco tu boca”, despliega una prosa cargada de imágenes poéticas y una intensidad emocional que trasciende lo meramente narrativo para adentrarse en lo universal. A través de la relación entre Horacio Oliveira y la Maga, Cortázar construye un espacio donde el deseo, la intimidad y la imaginación se entrelazan, desafiando las fronteras entre lo físico y lo metafísico. Este ensayo analiza de manera extensa y detallada cómo el autor argentino utiliza este pasaje para reflexionar sobre la naturaleza del amor, la percepción sensorial y la creación artística, aportando una interpretación académica que enriquece su comprensión.
El texto comienza con un acto de creación: el narrador dibuja con su dedo el borde de una boca, como si la trajera a la existencia desde su propia mano. Esta imagen inicial establece un tono de soberanía creativa, donde el deseo no solo observa, sino que moldea al otro. La repetición de “boca” —cinco veces en las primeras líneas— enfatiza su centralidad como símbolo de sensualidad y comunicación. Cortázar, influido por el surrealismo, juega con la idea de que el amante puede rehacer al amado a su antojo, cerrando los ojos para “deshacerlo todo y recomenzar”. Este acto de reinvención sugiere que el amor trasciende la realidad tangible, situándose en un terreno onírico donde el azar y la voluntad convergen milagrosamente.
La mirada emerge como segundo eje temático. El juego del “cíclope” —los ojos que se agrandan, se acercan y se superponen— introduce una dimensión de intimidad extrema. Aquí, Cortázar transforma la visión en un acto casi táctil, donde mirarse es tocarse. La referencia al cíclope, figura mitológica de mirada única, podría aludir a la fusión de identidades en el encuentro amoroso, un tema recurrente en Rayuela. La respiración “confundida” y el aire “pesado” que “va y viene con un perfume viejo” evocan una atmósfera densa, cargada de memoria y tiempo, como si el momento contuviera ecos de otros encuentros. Esta sensorialidad refuerza la idea de que el amor no es solo presente, sino un espacio donde pasado y futuro se entrelazan.
El beso, descrito con una riqueza metafórica deslumbrante, constituye el clímax del fragmento. Las bocas “luchan tibiamente, mordiéndose con los labios”, mientras la lengua apenas roza los dientes, sugiriendo una danza delicada pero intensa. La imagen de besarse “como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura” es una de las más célebres de Cortázar, y encapsula su habilidad para fusionar lo concreto con lo abstracto. Las flores remiten a la belleza efímera, los peces a lo escurridizo y vital; juntos, crean una sinestesia que eleva el acto físico a una experiencia trascendente. El “dolor dulce” del mordisco y la “instantánea muerte” del aliento compartido introducen una paradoja: el amor es vida y destrucción, plenitud y pérdida simultáneas.
El tacto completa esta sinfonía sensorial. Las manos que se hunden en el pelo, acariciando “la profundidad” de su textura, prolongan la conexión física mientras los amantes se besan. El pelo, símbolo de vitalidad y misterio, se convierte en un paisaje que el narrador explora con reverencia. La comparación final —“te siento temblar contra mí como una luna en el agua”— condensa la fragilidad y el brillo del momento. La luna, reflejo cambiante y distante, sugiere que el amor, aunque intenso, es también ilusorio, un temblor que no se puede asir del todo. Esta imagen cierra el pasaje con una nota de melancolía que resuena con la poética de Rayuela, donde lo absoluto siempre se escapa.
Desde un marco teórico, este fragmento refleja las influencias de Cortázar. El surrealismo, con su énfasis en el inconsciente y lo irracional, se percibe en la libertad imaginativa del narrador para recrear la boca del otro. Asimismo, la filosofía existencial, presente en la obra a través de la búsqueda de sentido, se manifiesta en la tensión entre la libertad soberana de elegir y la inevitabilidad del azar. El capítulo 7, aislado del resto de la novela, funciona como un poema autónomo, pero en el contexto de Rayuela dialoga con la relación entre Oliveira y la Maga, marcada por la pasión y la incomunicación. La Maga, con su espontaneidad, contrasta con la intelectualidad de Oliveira, y este pasaje podría leerse como un intento de él por capturar su esencia inalcanzable.
En el panorama de la literatura latinoamericana, este texto se inscribe en la tradición del boom, aunque con un enfoque más introspectivo que el de autores como García Márquez. Publicado en 1963, Rayuela revolucionó la narrativa al proponer una estructura abierta, y el capítulo 7 destaca por su lirismo frente a los capítulos más experimentales. La crítica ha elogiado su capacidad para universalizar el encuentro amoroso, haciéndolo accesible más allá de su contexto narrativo. Además, su riqueza metafórica lo ha convertido en objeto de estudio en análisis estilísticos y psicológicos, que ven en él una exploración de la intimidad como acto creativo y destructor.
La vigencia del capítulo 7 radica en su resonancia emocional. En una era de relaciones mediadas por la tecnología, Cortázar nos recuerda la potencia de lo corpóreo: el roce de una boca, el peso de una mirada, el temblor de un cuerpo. Su prosa, al mismo tiempo precisa y evocadora, invita a releerlo como un ritual de deseo y conexión. La mezcla de ternura y violencia, de vida y muerte, refleja la complejidad del amor humano, un tema que trasciende épocas y culturas. Así, este fragmento no solo es un testimonio del genio de Cortázar, sino una puerta a la experiencia sensorial que define nuestra existencia.
El capítulo 7 de Rayuela es una joya literaria que condensa la poética del encuentro amoroso en una prosa de intensidad inigualable. A través de la boca, los ojos, el pelo y el aliento, Cortázar teje un tapiz de sensaciones que celebra y cuestiona el amor. Su habilidad para fundir lo físico con lo imaginario, lo dulce con lo terrible, lo convierte en un texto atemporal que sigue conmoviendo e inspirando. Lejos de ser solo un interludio romántico, este pasaje encapsula la esencia de Rayuela: la búsqueda de lo absoluto en lo efímero, una luna temblando en el agua de la memoria.
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