Entre símbolos que atraviesan siglos y culturas, la Estrella de David y el Sello de Salomón han capturado la imaginación de creyentes, historiadores y místicos. Más allá de su forma geométrica, encierran historias de poder, protección y trascendencia que han influido en religiones, artes y leyendas. ¿Qué secretos esconden estos emblemas milenarios? ¿Cómo lograron convertirse en puentes entre tradición, espiritualidad y cultura?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La Estrella de David


La Estrella de David y el Sello de Salomón: Historia, Simbolismo y Significado Transcultural


Pero, ¿qué sabemos realmente sobre este símbolo que hoy identificamos casi exclusivamente con el judaísmo? ¿Es la Estrella de David –o hexagrama– un emblema de origen hebreo puro o, por el contrario, un arquetipo universal que las culturas han adoptado y resignificado a lo largo de milenios? Para responderlo, es necesario retroceder mucho más allá del siglo XIX, cuando la comunidad judía lo adoptó como signo distintivo, y explorar sus raíces profundas en la historia del pensamiento religioso y esotérico.

El hexagrama, formado por dos triángulos equiláteros superpuestos, aparece ya en la Edad del Bronce. Sellos cilíndricos mesopotámicos y decoraciones indoeuropeas del segundo milenio a.C. lo muestran como motivo ornamental y, en ocasiones, apotropaico. En la India brahmánica y budista, en cuevas como las de Elephanta, el símbolo acompaña imágenes divinas. En la Península Ibérica, petroglifos galaicos y tartesios presentan formas hexagonales entrelazadas que algunos investigadores relacionan con este mismo patrón geométrico.

Durante el primer milenio a.C., el símbolo llega al Mediterráneo oriental. En Sidón, una lámpara fenicia del siglo VII a.C. perteneciente a Joshua ben Asayahu lleva el hexagrama grabado junto al nombre del propietario. En contextos judíos del periodo del Segundo Templo (siglos VI a.C. – I d.C.), el Magen David –“escudo de David”– comienza a emplearse como talismán protector contra el fuego y los demonios. El Talmud (Gittin 68a-b) narra cómo el rey Salomón utilizaba un anillo con este sello para dominar a los espíritus, tradición que se recoge siglos después en textos árabes y en el Corán implícitamente.

En la sinagoga de Cafarnaúm (siglos II-III d.C.), el hexagrama aparece junto al pentagrama y la esvástica, todos ellos símbolos solares y protectores en la antigüedad tardía. Esta coexistencia demuestra que, en el judaísmo helenístico y romano, el símbolo no tenía aún carácter identitario exclusivo, sino mágico-religioso compartido con otras tradiciones.

La Edad Media amplía su difusión. Reyes cristianos de Navarra lo incorporan en sellos reales entre los siglos X y XI. En iglesias bizantinas y románicas –como el trono episcopal de la catedral de Anagni (1266)– aparece con ligeras modificaciones. Documentos notariales de España, Francia, Alemania y Dinamarca lo utilizan indistintamente judíos y cristianos como signo de autenticidad y protección. En la Cábala medieval, especialmente a partir del siglo XIII, el hexagrama adquiere una dimensión cosmológica: los seis vértices representan las seis direcciones del espacio y las sefirot intermedias; el centro simboliza Tiferet o la armonía divina.

La alquimia europea lo interpreta como la unión de los opuestos: triángulo ascendente (fuego, principio masculino) y triángulo descendente (agua, principio femenino), cuya intersección genera la piedra filosofal. En grimorios renacentistas y en textos herméticos, el Sello de Salomón se convierte en el diagrama por excelencia para invocar y contener fuerzas espirituales.

Solo en 1354, cuando Carlos IV concede a la comunidad judía de Praga el privilegio de poseer bandera propia, la Estrella de David aparece por primera vez como emblema colectivo judío. Este uso se extiende lentamente durante los siglos XVII y XVIII en Moravia, Austria y los Países Bajos, pero no será hasta el siglo XIX –con el movimiento sionista y la búsqueda de símbolos nacionales– cuando el Magen David se consolide como representación exclusiva del pueblo judío.

Sin embargo, su historia es mucho más rica y compleja que su identificación moderna. El hexagrama es un ejemplo paradigmático de lo que Mircea Eliade denominaba hierofanía: un objeto que, al participar de una realidad trascendente, deja de ser mero signo para convertirse en receptáculo de lo sagrado. En él se unen lo inmanente y lo trascendente, lo geométrico y lo numinoso, lo judío y lo universal.

En la tradición masónica, el Sello de Salomón conserva parte de esta dimensión primordial. En numerosos ritos y diplomas –incluidos los de la Gran Logia de Puerto Rico– aparece entre las columnas del templo como símbolo de equilibrio y sabiduría salomónica. Representa la unión de los opuestos, la armonía cósmica y la protección divina, recordando al iniciado que la verdadera arquitectura no es la del templo material, sino la del espíritu.

Así, la Estrella de David y el Sello de Salomón nos hablan de una verdad profunda: los símbolos más poderosos no pertenecen a una sola tradición, sino que emergen del inconsciente colectivo humano. Su fuerza no reside en la exclusividad, sino en su capacidad de ser reconocidos y resignificados por diferentes culturas a lo largo del tiempo. Comprender esta historia nos permite trascender identificaciones estrechas y recuperar la dimensión universal del símbolo: un recordatorio geométrico de que, en última instancia, todo lo creado participa de una unidad superior.


Referencias

Eliade, M. (1959). El mito del eterno retorno. Emecé.

Mackey, A. G. (1873). An encyclopaedia of freemasonry and its kindred sciences. Moss & Company.

Scholem, G. (1971). La cábala y su simbolismo. Siglo XXI.

Scholem, G. (1949). Magen David: How the six-pointed star became an emblem for the Jewish people. Jewish Publication Society.

Trachtenberg, J. (1939). Jewish magic and superstition: A study in folk religion. Behrman’s Jewish Book House.


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