En los tumultuosos años 60, en medio de un mundo en constante cambio y agitación, una revolución musical estaba a punto de estallar. En ese escenario de esperanza y rebelión, surgieron cuatro jóvenes talentosos y carismáticos que se convertirían en íconos de una generación: los Beatles. Entre ellos, uno destacaba con su innegable genialidad musical y su encanto cautivador: Paul McCartney.
Acompáñanos en un viaje fascinante a través de los años formativos de Paul McCartney, donde los sueños se entrelazan con la realidad y la creatividad florece en cada nota. Desde las calles de Liverpool hasta los escenarios más emblemáticos del mundo, descubriremos cómo la amistad y la pasión por la música unieron a John Lennon, George Harrison, Ringo Starr y Paul McCartney en un vínculo indestructible. A través de anécdotas íntimas y momentos trascendentales, nos sumergiremos en el corazón de la era de los Beatles y exploraremos el impacto duradero que su música ha dejado en el tejido mismo de nuestra cultura.




12 Anécdotas relatadas por Paul Paul McCartney
«Yo entraba a la casa de John, hasta un pequeño invernadero al lado de la cocina, el único lugar donde su tía Mimi nos permitía hacer ruido. Era una casa de siete piezas en un barrio muy elegante, al lado de un campo de golf. Un hogar con muchos gatos. John tenía un siamés, lo que era muy fino para la época. Cuando yo llegaba, le decía: «Hola Mimi, ¿puedo entrar? y ella respondía: «Por supuesto que no». Consideraba que la guitarra era una pérdida de tiempo para John y que yo era una mala influencia. Ese 1958, Mimi había pagado con sus ahorros el año de John en la escuela de arte, hasta que consiguiera un préstamo gubernamental, así que se sentía con derecho para opinar cómo se vestía, a quién veía y a dónde iba. Además me consideraba de clase social inferior, lo que era importante para ella y lo cual era probablemente cierto. Decía: “John, llegó tu amiguito”. Siempre se refería a mí como “tu amiguito”. Era una actitud muy condescendiente. Te sonreía, pero aún así te rebajaba. Pero con el tiempo me dí cuenta que yo le gustaba, se le notaba en los ojos, aunque era muy consciente que los amigos de John eran de clase más baja. Después, cuando hablaba con John, éste me decía como a la pasada: “Mimi cree que tú tocas la guitarra mejor que yo”, cosa que seguro le molestaba un poco. ¿Dije un poco…?»
«John usaba anteojos,pero cuando había chicas alrededor,se los quitaba,y no veía nada.Era ciego como un murciélago.Un día estábamos escribiendo juntos,era cerca de navidad.Él venía a mi casa y escribíamos a la noche y luego volvía caminando a su casa,que estaba como a una milla.Y una noche,se fue caminando y por alguna razón(alguna chica por el camino?) no llevaba lentes.Lo vi al dia siguiente,y me dice:
-«Esa gente de la Avenida Booker…están locos!!.Que hora era cuando me fui anoche?»-
Le digo:-«No se,23:30 mas o menos.»-
Dice:-«Si,pasé por su casa y estaban afuera jugando a las cartas delante de su casa»-
Yo dije:-«No puedo creerlo»-
Entonces mas tarde pasé por ahi…..y era un pesebre !!..Eran José y María inclinados sobre el niño Jesús !!….Le dije:»Ponte los anteojos,amigo !!»
«Entre el 28 y el 29 de julio de 1964 estábamos en Estocolmo para hacer unas actuaciones. Habíamos llegado en la tarde y todos estábamos cansados y recién acomodándonos en el hotel. Para bromear me puse mi disfraz, que me habían hecho para la película «Help!». Yo había preguntado a la gente del maquillaje si me podían hacer un buen bigote. Entonces te tomaban las medidas y buscaban tu color de pelo, así que era un legítimo bigote, con buen pegamento y todo. Además yo tenía un par de anteojos con cristal y un sobretodo largo. Me peiné hacia atras con brillantina, tomé una cámara fotográfica y salí a dar una vuelta por los pasillos del hotel. Parecía como uno de esos típicos caza autógrafos despistados. Después llamé a la puerta de George, que salió a abrir bastante malhumorado. Yo nunca lo había visto así. Le dije: «Peresi, ¿yeah?.. ¿peresi… peresi… yeah?». Idioma inventado. Me contestó:»¿Qué quiere? ¿Qué quiere?». Me trató en forma bastante cortante y se estaba poniendo muy desagradable, así que cambié el acento «Peresi, George, peresi. ¿No te das cuenta? Te está hablando Paul. ¡Soy yo!» y seguí hablando con mi propio acento. El se me quedó mirando fijamente y exclamó: «¡Mierda!…». Después seguí paseando y me asomé a la puerta de la habitación de Brian. Saqué una tarjeta, se la pasé y le dije: «¿Peresi, peresi?». Me respondió fríamente: «Sí, ¿en qué puedo servirle?». Yo le repetí: «¿Peresi? ¿Sr. Epstein..foto?». Me dijo: «No, no, no, ahora no. Mire, ¿no ve que estoy ocupado?». «No, no, no, Brian, ¿no te das cuenta que soy yo?». Los dejé locos».
«John se había comprado el Rolls Royce negro, pero ni siquiera sabía conducir, porque no le interesaba el tema de los autos. Además tenía muy mala vista, de modo que le costó aprobar el exámen para conducir. Sólo lo tenía, creo yo, porque nosotros ya habíamos comprado autos. Después de las sesiones de grabación, a la una o dos de la mañana, hacíamos carreras de autos en camino a Weybridge. George, que sí gustaba de los coches veloces, viajaba seguramente en su Ferrari nuevo y John y yo lo seguíamos en el Rolls. Por alguna razón este auto tenía un micrófono y un altavoz exterior y John le gritaba a George: «¡Es inútil que huya! ¡Es inútil que huya! ¡Detenga el coche!». Las luces de todas las casas se encendían cuando pasábamos. Nos divertíamos sobremanera hacerlo. La gente debía pensar que era la filmación de una película. Una mañana íbamos por Regent’s Park, camino al norte de Londres para una grabación. Habíamos salido desde la casa de John, de nuevo en el Rolls y de repente vimos estacionado el Austin Princess de Brian Jones, el guitarrista de los Rolling Stones, con él muy tranquilo leyendo una novela en el asiento trasero. Nos detuvimos silenciosamente detrás de él y John gritó por el micrófono: «¡Brian Jones, no se mueva, no se mueva! ¡Lo hemos estado vigilando! ¡Está usted arrestado!» El pobre de Brian dió un tremendo respingo y se puso blanco como la cera, mientras decía: «¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!» Probablemente no tenía muy limpia la conciencia, por sus coqueteos con las drogas. Entonces nos vió. Se bajó del auto todavía pálido y nos dijo las peores palabras que habíamos escuchado sobre la tierra. Pero nunca me había reído tanto».
«En octubre de 1961, John y yo fuimos a París de vacaciones, donde celebramos su cumpleaños número 21. Su tía de Edimburgo le había enviado 100 libras como regalo, lo que en esa época equivalía a dos meses de sueldo. Como todos sabíamos, la familia de su mamá no eran unos pobretones. Queríamos viajar a dedo, pero sólo pudimos llegar a Dover. Después de cruzar a Calais, en Francia, tomamos el tren a Paris. Lo único que sabíamos decir en francés era “¿Avez vous un hôtel pour la nuit?” y “¿Avez vous une chambre?”. Nos encontramos con Jurgen Völlmer, el amigo de Astrid, que se había trasladado recién a Paris y estudiaba fotografía. El fue quien nos mostró la ciudad, los cafés, la gente y nos llevó a los mercados de ropa usada, donde vimos las chaquetas y los sweaters cuello tortuga que después usaríamos, o los pantalones «pata de elefante», que usaban los muchachos cerca del Moulin Rouge. París era la capital de la moda y estaba mucho más actualizada que Londres y para nosotros todo lo que veíamos era novedad. Incluso fuimos al Olympia a ver a la estrella francesa de rock Johnnie Halliday. Lo estábamos pasando tan bien, que decidimos no seguir viaje a España como lo teníamos previsto. En Montmartre vimos a unos tipos con esos pantalones ajustados hasta la rodilla que después se ensanchaban. «Excusez-moi, monsieur, où los compró?». Había una tienda barata en la misma calle y compramos un par para cada uno, pero no pudimos acostumbrarnos a usarlos, por lo que volvimos al hotel a cambiarnos. Pero la mayor contribución de Jurgen fue cortarnos el pelo como él lo usaba, con ese flequillo hacia adelante, cosa que también ya muchos hacían. Mucho estilo beatle partió en Paris. Cuando volvimos a Liverpool, George y Pete estaban indignados. Se habían quedado diez días sin trabajo».
«La portada del «carnicero», esa de la polémica, para el álbum de Estados Unidos de 1966 «Yesterday and Today», fue idea de Robert Whitaker, un fotógrafo australiano, amigo de Brian Epstein. En aquella época tú ibas a una sesión y el fotógrafo por lo general ya tenía una idea. Por ejemplo, a los comienzos, Dezo Hoffmann nos pedía que nos pusiéramos lentes. Yo le decía: «Pero si yo no uso lentes,» y él respondía: «Ya lo sé, pero podremos vender estas fotos a las revistas que venden lentes en todo el mundo». Así aprendíamos cosas del negocio. Habíamos hecho algunas sesiones con Bob y conocía nuestro humor. Nos dijo: «Pónganse estas batas de doctor». No nos pareció demasiado ofensivo. Sólo eran muñecas y cartón. No sé lo que habrá querido decir, pero me pareció original. A George le cargó. Encontró la sesión de mal gusto y una tontería. Quedó asqueado, sobre todo por las muñecas sin cabeza. Dice que sólo lo hizo porque era parte de un grupo. En cambio a John le gustó, porque estaba empezando a sentirse hastiado de ser considerado un chico bueno. Quería mostrarse tal como era, natural y además no le interesaba ser un ejemplo para nadie. También le gustaba hacer algo de escándalo. Por supuesto que en Estados Unidos prohibieron la portada. Sólo alcanzaron a venderse unos pocos albumes, pero le pegaron un papel, que los fans después despegaron con vapor. John fue el que más insistió y presionó para que se mantuviera la tapa, pero no hubo caso. En ese tiempo las cosas no eran como ahora. Al final pusieron una foto sin gracia, con nosotros con las misma caras de chicos buenos de siempre».
«Yo vivía en una buhardilla en la casa de la familia de Jane Asher, mi novia de entonces, en el 57 Wimpole Street, en Londres y tenía un piano junto a mi cama. Una mañana me desperté con una melodía en la cabeza y quedé pensando: «¿Me suena… o no?…». Parecía melodía de jazz. Mi papá conocía muchas antiguas melodías de jazz y creí que tal vez acababa de recordar una de ellas. Fui al piano y saqué los acordes: Sol, Fa # m7 y Si, me los aprendí y luego se la toqué a todos mis amigos por bastante tiempo: ¿La conocen?, porque quería saber si realmente era mía o parte de mis recuerdos. Al principio no tenía letra pero improvisé: “Scrambled eggs, oh my baby how I love your legs…di diddle…”. Me gustaba la melodía y quise esmerarme con la letra, encontrar algo que le fuera tan bien como “scrambled eggs”. Y un buen día se me ocurrió “Yesterday”. El 15 de junio de 1965, cuando llegué con la canción al estudio, Ringo me dijo: «No puedo con la batería, no se me ocurre qué hacer». Y John y George dijeron que tampoco funcionaría con otras guitarras. George Martin entonces sugirió: «¿Y por qué no la tocas tú solo?» Miré a los demás: «Adelante», dijeron todos»
«Escuché «What I’d Say» por primera vez en Liverpool, cuando la pasó el DJ inglés David Jacobs, seguramente en diciembre de 1959. Y estuvo muy astuto, porque pasó también el otro lado del single, que dice todo el tiempo «Hey hey hey, c’mon, he-eyy». En seguida anoté «Ray Charles» y al día siguiente fui a la disquería NEMS a comprar el single, sin saber que un personaje llamado Brian Epstein, su gerente, con el cual después estaría asociado, estaría ya espiando a los muchachos. Fue un disco grandioso para nosotros. En Hamburgo vivimos de ese tema y era la principal canción de nuestro show. La broma era ver cuánto podía uno alargarla. Una noche la prolongamos por más de una hora. Las parejas entraban a bailar, se cansabany se iban a tomar una cerveza, entraban otras en su lugar, después se cambiaban y volvían las primeras… Y así gran parte de la noche. Para nosotros era la máxima diversión. Bajábamos del escenario y nos escondíamos debajo de las mesas con el micrófono para seguir cantando: «Ohhho…». Le sacábamos el jugo al máximo. Es un tema tan bueno, tiene tan buenos segmentos, que es como una maravillosa sinfonía de ocho movimientos. Tienes el «riff» clásico. Con eso ya basta, pero después viene el estribillo con la frase «tell me what I’d say». Y todavía después «Ohhho, Hoho». Esto se convirtió en lo nuestro. Al público le encantaba. Los alemanes se lo devoraban. Era muy, muy popular. Años después coincidimos en algún lugar con Ray Charles y su banda, donde figuraba en los teclados un adolescente Billy Preston. Fue primera vez que vimos fumar marihuana. Recuerdo que pensábamos: «Este Charles debe pagarles tan mal a sus músicos, que tienen que compartir un cigarrillo entre todos»…».
«En abril de 1960, en un proyecto de corta vida, John y yo actuamos bajo el nombre de los Nurk Twins. Esto sucedió en el Fox & Hounds, un pub en Caversham, regentado por mi prima Bett y su marido Mike Robbins. Mike constituyó para mí el primer vínculo con el mundo del espectáculo, aparte de mi padre. Había trabajado como actor cómico de monólogos y actuado en la radio unas cuantas veces. John y yo llegamos a dedo y pasamos las vacaciones con ellos. Solíamos viajar así y eso consolidó nuestra amistad. Fue una época maravillosa. Trabajábamos en el bar durante la semana y Mike nos daba cinco libras a cada uno, buen dinero entonces. Los sábados por la noche actuábamos en el salón, con nuestras guitarras acústicas. Abríamos la sesión con una versión instrumental del éxito de Mary Ford «The World is Waiting for the Sunrise». Al día siguiente otra sesión a la hora de almuerzo, antes de volver a dedo a Liverpool. Mike, que era un muy buen tipo, venía tarde a decirnos buenas noches y conversábamos. «Mike, ¿cómo era cuando estabas con los Jones Boys», un grupo con el cual yo sabía que tenía una grabación. Y él me respondía: «Ah, era muy, muy bueno…» y nos relataba anécdotas del mundo del espectáculo. Era la única persona con que contábamos para que nos diera alguna información. Creo que para John y para mí, nuestros sueños del espectáculo fueron formados por Mike. Tiempo después Bett y Mike pasaron a administrar el Bow Bars, en la calle Union, en Ryde, Isla de Wight. También pasamos un tiempo con ellos. Años después, recordamos el viaje en la canción «Ticket to Ride».
«Cuando en 1960, los Beatles todavía eramos The Quarry Men, Rory Storm & The Hurricanes eran la banda más popular de Liverpool. Rory (Alan Caldwell) era el líder del grupo. Su actuación era electrizante, pero no muy refinada para un estudio y, a pesar de grabar un par de singles producidos por Brian Epstein, nunca alcanzaron el éxito que pretendían. Fuimos muy buenos amigos. Rory y su madre, Violeta, eran muy amistosos y acogedores por lo que muchos músicos amigos solíamos pasar noches enteras en su departamento, conversando o jugando cartas. Yo salía con Iris, la hermana de 17 años de Rory, una bailarina espectacular y hermosa, quien me inspiró para componer «I saw her standing there». A The Hurricanes se les recuerda por su baterista Ringo, antes que él se uniera a los Beatles. Con ellos Richard comenzó a llamarse «Ringo», por la cantidad de anillos que usaba y «Starr» en lugar de Starkey, para anunciar su solo como «starr time» o momento «estelar». Con los años la popularidad de The Hurricanes comenzó a bajar y salieron de los escenarios definitivamente. Rory entonces se transformó en un DJ, pero tuvo un triste final. El y su madre acabaron sus vidas ingiriendo un tipo de veneno en un pacto suicida, poco después de la muerte de su padre. Hay una leyenda negra que dice que Rory en el fondo nunca fue capaz de aceptar el éxito de sus rivales musicales, los Beatles. Nadie puede saberlo».
«En marzo de 1966, estaba de vacaciones con Jane Asher en Klosters, Suiza cuando escribí “For no one”. Supongo que se originó en una discusión, cosa que era frecuente en aquellos días. Cuando regresé a Londres, para trabajar en el álbum «Revólver», me junté con George Martin en el estudio y yo le silbé la melodía que tocaría el corno francés. George la escribió en la partitura y cuando terminó se quedó pensando y me dijo que la nota alta iba más allá del alcance máximo del corno. Después se rió: “Pero funcionará, funcionará. Ya sabes que los buenos intérpretes pueden tocar por encima del registro”. Entonces le dije: “Estupendo, intentémoslo”. Eso era lo que me gustaba de George. Era un tipo ligeramente mayor, un poco tradicional y nosotros éramos muy adelantados para la época, pero nunca se echaba para atrás, si se nos ocurría algo distinto. Sólo decía: “Hmmm, ya veo, sí. Hmmm, hmmm”. Tal vez se preguntaba: “¿Cómo meto esto en un disco?”, aunque ya comenzaba a confiar en nosotros. Para grabar el solo, llamó a Alan Civil, que era el mejor intérprete de corno francés de Gran Bretaña. En la sesión Alan dijo: “¿George?” y nos miró a los dos. Después señaló: “George… has escrito un fa”. Nosotros lo miramos con la cara más impasible que pudimos encontrar, nos tocamos la oreja y contestamos: “¿Sí?…”. Nos echó una mirada ladina y respondió: “Está bien”. Hicimos el mismo truco en “Penny Lane”, con David Mason en la trompeta “piccolo”, pero nunca nos perdonó, porque a partir de ese momento lo único que le pedía siempre la gente era que tocara esos sonidos altos de trompeta».
«Mirado a la distancia, «Love me do», el tema que nos dió a conocer al gran público británico, tiene varias cosas destacadas para la época: primero, el gancho comercial, o «hook», según la industria musical, que significó la armonía que hacemos con John cuando cantamos «so ple-e-e-ease…»; segundo, el golpe de platillo de Ringo, al final del solo de John. Pero lo mejor fue la idea que se le ocurrió a George Martin, cuando nosotros alardeamos que la canción la habíamos escrito «en estilo blues». Preguntó: “Alguien sabe cómo tocar la armónica?… Quedaría bastante bien ¿Se te ocurre algo tipo blues, John?” John tocaba una armónica cromática, no una armónica de blues tipo Sonny Boy Williamson. Yo también tenía una, pero él había sido inteligente: había aprendido a tocarla. Pensaba que un día iría a la cárcel y que él sería el que tocaría la armónica. Así que comenzó a probar. El solo de armónica se cruzaba con la letra, así que de repente yo tuve que hacerme cargo del verso de entrada “Love me do”, donde todo se detenía. Siempre esa parte la había cantado John. Yo ni siquiera sabía cómo cantarla. Nunca lo había hecho antes. Martin nos dijo: “Tú cantas esa línea, mientras John hace la armónica. Vamos a hacerlo en directo”. ¡Todavía noto el nerviosismo de mi voz! No alcanzamos a hacer ningún ensayo. Estábamos en el estudio 2, allá abajo y recuerdo que miraba hacia la la ventana de la sala de control y George Martin decía “OK, va muy bien”. Pero cuando regresamos a Liverpool me topé con Johnny Gustafson, el bajista de The Big Three, que me dijo: “Pero ¿qué pasa? Quedaba mucho mejor cuando John cantaba ‘Love me do”. Yo le decía: “Pero viejo, si esto es el blues”. De modo que así fue como empezamos y nuestra credibilidad como autores comenzó entonces. Nos dimos cuenta: “Mmmh… podríamos ser buenos en esto…”
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