Sumergiéndonos en los bastidores de una de las películas más icónicas y aclamadas de la historia del cine, nos adentramos en un fascinante mundo de secretos y embrujos que rodearon la génesis y realización de “El Padrino”. La magistral obra de Mario Puzo, llevada a la pantalla por Francis Ford Coppola, emergió como un proyecto desafiante desde su concepción hasta su estreno. Este viaje turbulento estuvo plagado de obstáculos, tensiones y decisiones audaces que hicieron de la producción una verdadera saga fuera de las cámaras. Adentrémonos en los entresijos de esta monumental creación cinematográfica, donde el talento y la realidad se entrelazaron de manera inextricable, dejando una huella indeleble en la historia del séptimo arte y en la propia realidad de la mafia.

“El difícil camino de hacer El Padrino contra viento y marea”
En El hombre que podía hacer milagros (el libro de Iván Reguera sobre la génesis de El padrino que nunca recomendaré bastante) una de las paradojas que en seguida llama la atención es que fue una película que se hizo contra viento y marea, pese a todos los obstáculos con que fue tropezando por el camino. Mario Puzo escribió la novela bajo presión, agobiado por las deudas de juego y temeroso de que le partieran las piernas.
Francis Ford Coppola no quería dirigirla porque consideraba el guión un material muy poco artístico. Los jefazos de la Paramount recelaban de otra película más sobre la mafia, cuando las últimas estrenadas habían resultado un verdadero descalabro en la taquilla. Por suerte, Bob Evans, el flamante niño bonito de la productora que había sacado el estudio del marasmo con éxitos como La semilla del diablo y Love Story, logró poner en marcha el proyecto.
Aun así, las dificultades no habían hecho más que empezar. Evans se entrometió en la elección del elenco, burlándose de la pretensión de Coppola de darle el papel principal a un desconocido Al Pacino. “¡Es un enano!” le gritó por teléfono. Peor aún fue la decisión de incorporar a Marlon Brando, a quien tuvieron que convencer para que hiciera una prueba de cámara, como si fuese un principiante y no el actor más prestigioso del mundo. Después, durante el rodaje, las tensiones entre Coppola y el director de fotografía, Gordon Willis, llegaron a transformarse en una guerra de guerrillas. Willis, “el señor de las tinieblas”, ideó una iluminación al límite en la que si los intérpretes se salían de sus marcas sencillamente desaparecían engullidos por la oscuridad.
De hecho, los primeros copiones eran tan negros que no se veía prácticamente nada y los productores llegaron a pensar si todavía llevaban puestas las gafas de sol. A punto de terminar el rodaje, Coppola acudió al estreno de The French Connection (1971) –el formidable policíaco de William Friedkin que fue un éxito absoluto de crítica y público— y volvió a casa desanimado, pensando que estaba haciendo una larga, farragosa y tenebrosa opereta sobre gente hablando.
Aparte de las intromisiones de Evans y de las peleas diarias con Willis, Coppola descubrió un día que el montador Aram Avakian había preparado un complot para arrebatarle la película: lo despidió personalmente y le aseguró que nunca volvería a trabajar en Hollywood. Había interiorizado los comportamientos mafiosos hasta tal punto que cuando un capo fue tiroteado en las calles de Nueva York, poco antes de estrenar El padrino, pensó que la noticia sería una excelente publicidad para la película. No fue el único trasvase de la realidad a la ficción, ya que entre los asesores e incluso los secundarios había auténticos mafiosos impuestos por los sindicatos.
El más impresionante de todos era Lenny Montana, el imponente matón que encarna a Luca Brasi, quien en la vida real se dedicaba a incendiar locales para cobrar el seguro y a resolver problemas personales para los jefes de la Cosa Nostra. Sus balbuceos a la hora de presentarse ante don Corleone, fruto de su nerviosismo ante las cámaras, resultaron tan convincentes que Coppola decidió dejarlos tal cual para redondear una secuencia que quedó perfecta.
Lo cierto es que, en su novela, Puzo se había inventado o había reconstruido varias ceremonias, tradiciones y costumbres que nunca sucedieron o que hacía décadas que habían pasado de moda entre los jefes de la mafia. Al ver El padrino, sin embargo, muchos capos mafiosos decidieron volver a usarlas o imitarlas directamente, como el solemne juramento de lealtad pronunciado ante un anillo o los besos en la mejilla. Cuando se encendieron las luces del cine, Frank Costello, jefe de la familia Genovese, casi se puso a saludar mientras el público rompía en aplausos.
Otros cabecillas empezaron a imitar la voz ronca de Marlon Brando y hasta se pusieron algodones en la boca para parecerse más a don Corleone. No hay muchos Habanos en la primera entrega de El padrino pero, entre bastidores, Coppola, Puzo y Milius compartieron más de uno.
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