En los rincones olvidados de la historia de España, se encuentra un capítulo fascinante y trágico que aún resuena en los anales del tiempo: los moriscos. Estos individuos, descendientes de los musulmanes que alguna vez florecieron en la Península Ibérica, vivieron la dolorosa experiencia de una conversión forzada seguida de una expulsión masiva. Su historia es un tapiz complejo de identidad cultural, discriminación religiosa y relaciones interconfesionales tensas. Desde su rica herencia hispano-musulmana hasta las repercusiones políticas y económicas de su exilio, los moriscos representan una parte crucial del pasado de España que merece ser explorada y comprendida. Adentrémonos en sus vidas, desentrañando los misterios de su existencia y honrando su memoria olvidada.



El conflicto religioso y cultural de los moriscos en la España medieval”


La expulsión de los moriscos en España fue un proceso ordenado por el rey Felipe III y llevado a cabo entre los años 1609 y 1613. Esta acción tuvo lugar en diferentes etapas, comenzando por el Reino de Valencia el 22 de septiembre de 1609, seguido por Andalucía el 10 de enero de 1610, Extremadura y las dos Castillas el 10 de julio de 1610, y finalmente el resto de la Corona de Aragón el 29 de mayo de 1610. Los últimos en ser expulsados fueron los moriscos del Reino de Murcia, primero los de origen granadino el 8 de octubre de 1610, y luego los del valle de Ricote y los demás moriscos antiguos en octubre de 1613.

En ese momento, la población morisca en España era de aproximadamente 325.000 personas, en un país que contaba con unos 8,5 millones de habitantes. La mayoría de los moriscos vivían en los reinos de Aragón y Valencia, mientras que en la Corona de Castilla estaban más dispersos. Los reinos de Valencia y Aragón fueron los más afectados, perdiendo aproximadamente un tercio y un sexto de su población, respectivamente.

El proceso de expulsión de los moriscos fue precedido por una serie de preparativos secretos. El 4 de abril de 1609, el Consejo de Estado decidió expulsar a los moriscos del Reino de Valencia, pero esta decisión no se hizo pública de inmediato. Se ordenó la concentración de cincuenta galeras en Mallorca con unos cuatro mil soldados a bordo, se movilizó la caballería de Castilla para vigilar la frontera del reino y se encomendó a los galeones de la flota del Océano la vigilancia de las costas africanas. Estas acciones llamaron la atención de los señores de los moriscos valencianos, quienes se reunieron con el virrey para buscar una revocación de la orden de expulsión. Sin embargo, al conocer las cláusulas del decreto, abandonaron a los moriscos, quienes quedaron a merced de la medida real.

El decreto de expulsión fue hecho público el 22 de septiembre de 1609 por el virrey de Valencia, Luis Carrillo de Toledo. Este decreto exigía que todos los moriscos se dirigieran a los lugares designados en un plazo de tres días, llevando consigo sus pertenencias. Aquellos que ocultaran o destruyeran sus bienes serían condenados a muerte. Solo se permitió la excepción de seis familias por cada cien, designadas por los señores, que demostraran ser cristianas y cuya tarea sería preservar las propiedades y dar información a los nuevos pobladores. Sin embargo, esta excepción fue finalmente revocada, y entre los propios moriscos hubo poca respuesta. Además, se permitió que las mujeres moriscas casadas con cristianos viejos y con hijos menores de seis años se quedaran, pero si el padre era morisco y la madre cristiana vieja, el padre sería expulsado y los hijos menores de seis años quedarían con la madre. También se estableció que diez de los moriscos que se embarcaran en el primer viaje debían regresar para informar a los demás y garantizarles que su intención era solo expulsarlos de España y no causarles daño en el viaje.

Durante el proceso de expulsión, hubo señores que actuaron de manera digna y acompañaron a sus vasallos moriscos hasta los barcos, pero también hubo casos de abusos y saqueos por parte de algunos señores, como el conde de Cocentaina, quienes les robaron sus bienes, incluyendo sus pertenencias personales, ropa, joyas y vestidos. Además, los moriscos sufrieron ataques por parte de bandas de cristianos viejos, quienes los insultaron, robaron e incluso asesinaron durante su viaje a los puertos de embarque. A diferencia de lo que ocurrió en la Corona de Castilla, no hubo reacciones de piedad hacia los moriscos en el Reino de Valencia.

Entre octubre de 1609 y enero de 1610, los moriscos fueron embarcados en galeras reales y buques privados, financiados por los miembros más adinerados de su comunidad. Aproximadamente 30.000 moriscos partieron del puerto de Alicante, cerca de 50.000 de Denia, alrededor de 18.000 del Grao de Valencia, más de 15.000 de Vinaroz y casi 6.000 de Moncófar. En total, se estima que alrededor de 120.000 moriscos fueron expulsados, aunque esta cifra incluye a aquellos que se embarcaron después de enero de 1610 y a aquellos que optaron por ir por tierra a través de Francia.

Las extorsiones sufridas por los moriscos, combinadas con las noticias de que no eran bien recibidos en el norte de África, llevaron a la rebelión de alrededor de veinte mil moriscos de las comarcas de La Marina Alta, quienes se refugiaron en las montañas cercanas a Callosa de Ensarriá. Sin embargo, fueron reprimidos brutalmente por un tercio de infantería desembarcado en Denia, las milicias locales y voluntarios atraídos por el botín.

Otros miles de moriscos en la región montañosa del interior de Valencia, cerca de la frontera con Castilla, también se rebelaron y se refugiaron en la muela de Cortes, eligiendo a un rico morisco de Catadau como líder. Sin embargo, fueron fácilmente derrotados por los tercios que habían llegado de Italia para asegurar la operación, aunque ya estaban siendo diezmados por el hambre y la sed. No se sabe la cantidad exacta de moriscos que murieron, pero se sabe que los tres mil supervivientes fueron embarcados. El líder de la revuelta fue ejecutado en Valencia, afirmando hasta el final que era cristiano.

Para poner fin a la resistencia de los moriscos que habían huido, el virrey emitió un bando en el que ofrecía recompensas por cada morisco capturado vivo o muerto. Aquellos que los entregaran vivos podrían reclamar su esclavitud como premio adicional.

La expulsión de los moriscos dejó un impacto considerable en España, tanto demográfica como económicamente. Además de la pérdida de aproximadamente un tercio de la población en los reinos de Valencia y Aragón, la salida de los moriscos tuvo repercusiones en la agricultura, la industria y el comercio de esas regiones. Los reinos afectados se vieron debilitados y enfrentaron desafíos económicos a largo plazo.

En conclusión, la expulsión de los moriscos de España en el siglo XVII representó un triste episodio de persecución religiosa y étnica. El proceso fue llevado a cabo en diferentes etapas y tuvo un impacto significativo en la población y la economía de los reinos afectados. Los moriscos se vieron obligados a abandonar sus hogares y pertenencias, sufriendo abusos y violencia en el proceso.

Este evento histórico aún perdura como una cicatriz en la memoria colectiva de España y representa un recordatorio de la importancia de la tolerancia y el respeto hacia todas las comunidades y culturas.


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