¿Te imaginas vivir en una ciudad donde conviven personas de diferentes culturas, religiones e idiomas? ¿Donde puedes admirar obras de arte que combinan lo oriental y lo occidental, lo árabe y lo romano, lo cristiano y lo musulmán? ¿Donde puedes acceder a bibliotecas con miles de libros, estudiar en universidades y escuelas de medicina, o aprender de los sabios que investigan las ciencias, las matemáticas, la astronomía, la filosofía y la literatura? Esa ciudad existió hace más de mil años y se llamaba Córdoba. Fue la capital de un imperio que se extendió por gran parte de la península ibérica y el norte de África: el califato de Córdoba. En este texto vamos a conocer la historia de Al-Andalus, el territorio que los musulmanes conquistaron en España y que fue escenario de una civilización única y fascinante.



El califato de Córdoba: un siglo de oro para la civilización islámica en Europa
El 16 de octubre de 912 se proclamó emir de Córdoba Abderramán III, nieto del anterior emir Abdalá. Aunque su abuelo había preferido al hijo de su primogénito para sucederle, la sucesión no fue sencilla. Según el historiador Ibn Hazm, una asamblea designó al nuevo emir, que tuvo que enfrentarse a las intrigas de sus tíos y a las rebeliones de los nobles. Abderramán era hijo de una concubina cristiana de origen vascón, llamada Muzna o Muzayna (que significa lluvia o nube). Su abuela materna también era vascóna, hija del caudillo pamplonés Fortún Garcés. Por tanto, el futuro califa tenía más ascendencia hispanovasca que árabe. Las crónicas describen su aspecto físico como blanco, rubio rojizo y de ojos azules. Se teñía la barba de negro para parecer más árabe.
Abderramán III heredó un emirato debilitado y fragmentado, cuya autoridad apenas se extendía más allá de Córdoba. Desde el mismo día de su coronación, anunció su propósito de restaurar el poder y el prestigio de los omeyas en Al-Andalus. En 929 se proclamó califa, desafiando a las dinastías rivales de los fatimíes y los abasíes. Bajo su mandato, Córdoba se convirtió en un referente de la civilización y la cultura islámicas. La abadesa germana Hroswitha de Gandersheim la llamó «Ornamento del Mundo» y «Perla de Occidente».
Abderramán III no solo creó un nuevo imperio musulmán en Occidente, sino que también hizo de Córdoba la principal ciudad de Europa Occidental. Según fuentes árabes, llegó a tener un millón de habitantes (aunque probablemente fueran entre 150 000 y 200 000), mil seiscientas mezquitas, trescientas mil casas, ochenta mil tiendas e innumerables baños públicos. Superaba en poder, prestigio, esplendor y cultura a Bagdad y Constantinopla, las capitales del Califato abasí y el Imperio bizantino.
El califa omeya fue también un gran mecenas de la cultura: fundó setenta bibliotecas, una universidad, una escuela de Medicina y otra de traductores del griego y del hebreo. Mandó construir el palacio-fortaleza de Medina Azahara, donde se retiró al final de su vida y donde recibía a las embajadas extranjeras con gran lujo e impresión.
El califato abarcaba la mayor parte de la península ibérica y parte del norte de África, con Córdoba como su capital. Fue el segundo califato omeya, después del que existió en Damasco hasta el año 750. El Califato de Córdoba duró poco más de un siglo, hasta que se desintegró en varios reinos independientes llamados taifas.
El Califato de Córdoba fue una época de gran esplendor cultural, científico y artístico para Al-Ándalus, el nombre que los musulmanes daban a la península ibérica. Bajo el gobierno de los califas omeyas, Córdoba se convirtió en una de las ciudades más importantes del mundo, con una población estimada entre 150 000 y 200 000 habitantes.
En Córdoba se construyeron obras arquitectónicas como la Mezquita-Catedral o el palacio de Medina Azahara, se fundaron bibliotecas, universidades y escuelas de medicina y traducción, y se desarrollaron las ciencias, las matemáticas, la astronomía, la filosofía y la literatura.
Nota:
Los omeyas eran una familia árabe que gobernó el segundo califato musulmán, desde el año 661 hasta el 750, y luego el califato de Córdoba, desde el 756 hasta el 1031. Descendían de Umayya, un antepasado común que pertenecía al clan de los coraichitas, la tribu de Mahoma. Los omeyas se opusieron al profeta islámico, pero luego se convirtieron al Islam. Uno de ellos, Uthmán, fue el tercer califa de los llamados “califas bien guiados”. Su asesinato provocó una guerra civil que terminó con la victoria de Muawiya, el fundador del califato omeya. Los omeyas trasladaron la capital del califato a Damasco y expandieron sus dominios por África, Asia y Europa. Sin embargo, también tuvieron que enfrentarse a varias rebeliones internas y externas, especialmente de los partidarios de Alí, el primo y yerno de Mahoma. Finalmente, fueron derrocados por los abasíes, que se proclamaron los legítimos sucesores del profeta. Solo un miembro de la familia omeya logró escapar a la matanza: Abderramán, que huyó a España y fundó el emirato de Córdoba, que más tarde se convirtió en califato. Los omeyas de Córdoba alcanzaron un gran esplendor cultural y científico, pero también sufrieron conflictos internos y externos que acabaron con su dinastía.
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