En las vastas extensiones del territorio americano, donde el polvo del desierto se mezcla con los sueños de un nuevo comienzo, surge una narrativa poderosa que ha capturado la imaginación de generaciones: el wéstern. Esta representación cinematográfica del Viejo Oeste no solo es un reflejo del espíritu indomable de aquellos que se aventuraron en tierras desconocidas, sino también un espejo que refleja las complejidades y contradicciones de una nación en construcción.

El cine, como medio artístico y comunicativo, ha sido testigo y narrador de esta épica conquista, desde valientes vaqueros hasta embaucadores sin escrúpulos, todos en busca de un lugar bajo el sol. Sin embargo, detrás de cada disparo y galope resonante, se esconde una historia más profunda y, a veces, oscura. Una que aborda la avaricia, la opresión y la continua reinvención de lo que significa ser “americano”. Es en este cruce de caminos donde directores como John Ford y Howard Hawks dieron vida a relatos que, aunque ficticios, contienen verdades universales sobre la condición humana y el precio de la ambición.



Wésterns: La Fantasía, la Realidad y el Legado de un Género”



(Martin Scorsese 2023)

No creo que Estados Unidos sea el único país que ha acabado con otras culturas. Ha pasado en otras partes del mundo y sigue pasando. Ya sea por motivos religiosos o económicos y políticos. Parece que es parte de nuestra naturaleza. La avaricia es la clave. Cuando la gente que fundó América salió de Europa huyendo de la violencia, de las guerras de religión, esos hombres y mujeres quisieron empezar de nuevo, crear un mundo sin reyes. Eso era una idea fantástica en teoría, pero había que ponerla en práctica.

Lo más interesante de aquel momento es cómo fueron ocupando espacio del este al oeste de Estados Unidos y en esa conquista llegó mucha gente, muchos embaucadores también, que se aprovecharon de la gente decente que solo quería trabajar y sobrevivir. Fue así como se abrió la caja de Pandora de todos los males, porque para lograr esas tierras se hacía lo que fuera necesario, incluso matar. Y eso, desgraciadamente, lo vemos ahora en muchas partes del mundo.

Yo crecí con este género, típicamente americano, en los 40 y los 50. Sufría asma cuando era niño, por lo que no podía hacer deporte, ni tener animales, ni pasar demasiado tiempo fuera de casa en sitios con mucha vegetación. Ver los wéstern en color y en blanco y negro me abrió todo un campo de fantasía, porque suponía ver un paisaje diferente. Sobre todo los de John Ford, Howard Hawks, y el wéstern psicológico de Anthony Mann. Siempre he querido hacer un wéstern, pero creo que el género en realidad acabó con Grupo salvaje. El mundo cambió, todo cambió y el género desapareció. Ahora es cierto que hay wésterns, pero no en la tradición en la que el género se construyó.

Centauros del desierto es una gran película, creo que una de mis favoritas, pero tiene problemas. Hay que entender el momento en el que se hizo, y era un momento donde el wéstern humillaba a los pueblos nativos, que eran interpretados por actores blancos en un gesto humillante hacia ellos y hacia las mujeres.



Reflexión final


El wéstern, más que un simple género cinematográfico, es un espejo de la psique colectiva de una nación que luchó por definir su identidad en medio de la conquista y la colonización. A través de sus paisajes desérticos y sus personajes emblemáticos, se nos presenta una visión romántica del Viejo Oeste, pero también se nos recuerda el costo humano y moral de la expansión territorial. Las películas, en su esencia, capturan la dualidad de la valentía y la avaricia, la lucha por la supervivencia y la explotación, reflejando así las tensiones inherentes a la fundación de Estados Unidos.

Con el paso del tiempo, el wéstern ha evolucionado, adaptándose a las cambiantes sensibilidades y entendimientos culturales. Aunque algunas películas del pasado pueden reflejar visiones y actitudes ahora consideradas problemáticas, también ofrecen una oportunidad para el diálogo y la reflexión sobre cómo la historia es contada y recordada. Al revisitar estos clásicos, podemos aprender no solo sobre el pasado, sino también sobre nosotros mismos, sobre cómo las narrativas se forman y se reforman, y sobre la responsabilidad que tenemos al interpretar y reinterpretar la historia.


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