En el telar infinito del tiempo, donde los hilos del pasado y del porvenir se entrelazan en una danza eterna, surge la melancolía del hombre que, como desterrado en su propia existencia, teje la nostalgia y el olvido. Este enigma temporal, explorado por la pluma maestra de San Agustín y tejido con meticulosidad por la genialidad literaria de Jorge Luis Borges, nos invita a adentrarnos en la historia de la eternidad. Como un poema recitado, cada verso y sílaba se despliegan en la memoria, fusionando pasados y futuros en un presente que lleva consigo la carga de posibilidades irreconciliables. Este viaje nos sumerge en la contemplación de un poniente único, donde convergen los matices de los atardeceres que cada día se desvanecen en el olvido. Así, entre remembranzas y anticipaciones, la eternidad se revela como el sutil hilo conductor que une las diversas hebras del tiempo, transformando el deseo en un estilo atemporal de la existencia humana.

La nostalgia es el modelo (y el olvido)
¿Cómo fue incoada la eternidad? San Agustín ignora el problema, pero señala un hecho que parece permitir una solución: los elementos de pasado y de porvenir que hay en todo presente. Alega un caso determinado: la rememoración de un poema. Antes de comenzar, el poema está en mi anticipación; apenas lo acabé, en mi memoria; pero mientras lo digo, está distendiéndose en la memoria, por lo que llevo dicho; en la anticipación, por lo que me falta decir. Lo que sucede con la totalidad del poema, sucede con cada verso y con cada sílaba. Digo lo mismo de la acción más larga de la que forma parte el poema, y del destino individual, que se compone de una serie de acciones, y de la humanidad, que es una serie de destinos individuales. Esa comprobación del íntimo enlace de los diversos tiempos del tiempo incluye, sin embargo, la sucesión, hecho que no condice con un modelo de la unánime eternidad.
Pienso que la nostalgia fue ese modelo. El hombre enternecido y desterrado que rememora posibilidades felices, las ve sub specie aeternitatis, con olvido total de que la ejecución de una de ellas excluía o postergaba las otras. En la pasión, el recuerdo se inclina a lo intemporal. Congregamos las dichas de un pasado en una sola imagen; los ponientes diversamente rojos que miro cada tarde, serán en el recuerdo un solo poniente. Con la previsión pasa igual: las más incompatibles esperanzas pueden convivir sin estorbo. Dicho sea con otras palabras: el estilo del deseo es la eternidad. (Es verosímil que en la insinuación de lo eterno -de la immediata et lucida fruitio rerum infinitarum- esté la causa del agrado especial que las enumeraciones procuran).
Jorge Luis Borges
Historia de la eternidad
(1936)
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