Entre los pliegues del tiempo, surge una figura cuya ambición y genio trastocaron el curso de la historia: Mehmed II, el sultán que reescribió el destino del mundo. No fue solo la conquista de Constantinopla lo que lo elevó, sino su férrea voluntad de unir civilizaciones bajo un nuevo orden imperial. En su mirada convergían Oriente y Occidente, espada y saber, dogma y política. ¿Puede un solo hombre transformar el espíritu de una era? ¿O son los imperios el reflejo de su líder más audaz?
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XX.- Mehmed II, el Conquistador – (1432 d.C. – 1481 d.C.)
Mehmed II fue el séptimo sultán de la dinastía otomana, fundada por Osmán I en el siglo XIII. En turco, se le conoce como Fatih, que significa “el padre de la conquista”, por su logro más famoso: la toma de Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino, en 1453. Mehmed II fue un gobernante ambicioso, inteligente y reformista, que expandió y consolidó el Imperio Otomano en Asia y Europa, y que se consideró a sí mismo como el legítimo sucesor de los emperadores romanos.
Mehmed nació el 30 de marzo de 1432 en Edirne, la capital otomana de la época. Era el tercer hijo de Murad II, el sexto sultán, y de Hüma Hatun, una de sus concubinas. Se cree que Hüma era de origen griego o judío, y que fue capturada durante una de las campañas de Murad. Mehmed creció en el harén, rodeado de mujeres y eunucos, y recibió una educación esmerada en ciencias, artes, religión y lenguas. Aprendió árabe, persa, latín y griego, además de su lengua materna, el turco. También se interesó por la historia, la geografía, la astronomía y la poesía.
A los tres años, Mehmed fue enviado a Amasya, una ciudad del norte de Anatolia, donde su hermanastro mayor, Ahmed, era el gobernador. Allí, Mehmed recibió entrenamiento militar y administrativo, y se familiarizó con la vida y la cultura de la región. En 1437, Ahmed murió repentinamente, y Mehmed lo reemplazó como gobernador, aunque solo tenía cinco años. Su otro hermanastro, Alaeddin, que era el gobernador de Manisa, en el oeste de Anatolia, fue asesinado en 1443 por uno de sus consejeros. Estos hechos dejaron a Mehmed como el único heredero al trono otomano.
En 1444, Murad II abdicó en favor de Mehmed, que tenía doce años, y se retiró a vivir en Manisa. Sin embargo, el joven sultán tuvo que enfrentarse a una coalición de estados cristianos, liderada por el rey de Hungría, Juan Hunyadi, que aprovechó la situación para lanzar una cruzada contra los otomanos. Mehmed logró derrotar a los cruzados en la batalla de Varna, en Bulgaria, pero tuvo que hacer frente a una rebelión de los gobernadores de Anatolia, que no lo reconocían como sultán. Ante estas dificultades, Mehmed pidió a su padre que volviera al trono, y Murad aceptó. Mehmed regresó a Manisa, donde continuó su educación y preparación.
En 1451, Murad II murió, y Mehmed volvió a ser sultán, con diecinueve años. Esta vez, estaba decidido a consolidar su poder y a realizar sus ambiciones. Una de ellas era conquistar Constantinopla, la ciudad más importante y codiciada de la época. Constantinopla era la capital del Imperio Bizantino, que había sido el sucesor del Imperio Romano de Oriente, tras la caída de Roma en el siglo V. El Imperio Bizantino había sido una gran potencia política, cultural y religiosa, que había resistido las invasiones de los árabes, los búlgaros, los normandos y los cruzados. Sin embargo, en el siglo XV, estaba muy debilitado y reducido a unos pocos territorios en Grecia y el Peloponeso. Constantinopla, sin embargo, seguía siendo una ciudad próspera, fortificada y estratégica, que controlaba el acceso al Mar Negro y al Mediterráneo.
Los otomanos habían intentado tomar Constantinopla en varias ocasiones, pero siempre habían fracasado. Mehmed II se propuso cambiar eso, y preparó cuidadosamente su asedio. Reunió un gran ejército de unos 80.000 hombres, y una poderosa flota de unos 300 barcos. También mandó construir enormes cañones, capaces de lanzar proyectiles de hasta 500 kilos, que podían romper las murallas de la ciudad. Además, hizo construir un camino de madera sobre el Cuerno de Oro, una bahía que separaba la ciudad del continente, para poder trasladar sus barcos por tierra y sorprender a los defensores.
El asedio comenzó el 6 de abril de 1453, y duró casi dos meses. Los bizantinos, que solo contaban con unos 10.000 hombres y unos 30 barcos, resistieron valientemente, apoyados por algunos contingentes de genoveses, venecianos y caballeros de Rodas. El emperador Constantino XI dirigió personalmente la defensa, y trató de obtener ayuda de los estados cristianos de Europa, pero esta no llegó a tiempo. Los otomanos bombardearon las murallas con sus cañones, y atacaron por tierra y por mar, pero no lograron abrir una brecha decisiva. El 29 de mayo, Mehmed lanzó el asalto final, y logró penetrar en la ciudad por una pequeña puerta que había sido dejada abierta por descuido. Los defensores se batieron hasta el final, y el emperador murió luchando. Mehmed entró triunfalmente en la ciudad, y se dirigió a la iglesia de Santa Sofía, la más grande y hermosa de la cristiandad, y la convirtió en una mezquita.
La conquista de Constantinopla fue un acontecimiento histórico de gran trascendencia, que marcó el fin del Imperio Bizantino y de la Edad Media, y el inicio de la expansión y el auge del Imperio Otomano. Mehmed se proclamó a sí mismo como el caesar de Roma, el legítimo heredero de los emperadores romanos, y adoptó el título de kayser-i rum, que significa “el césar de los romanos”. También se consideró el protector de los ortodoxos, la rama del cristianismo que predominaba en el Imperio Bizantino, y que se había separado de la Iglesia Católica en el año 1054. Mehmed permitió a los habitantes de Constantinopla que conservaran su religión, su lengua y sus costumbres, siempre que pagaran un impuesto especial. Asimismo, repobló la ciudad con gente de diversas procedencias, y la convirtió en su nueva capital, bajo el nombre de Istambul, que significa “la ciudad del Islam”. Mehmed se propuso hacer de Istambul la ciudad más grande, bella y culta del mundo.
Mehmed II no se conformó con conquistar Constantinopla, sino que siguió ampliando su imperio por Asia y Europa. En Asia, conquistó el resto de Anatolia, que estaba dividida entre varios principados turcos, y sometió a los karamánidas, los akkoyunlular y los ramazánidas. También se enfrentó al Imperio Timúrida, que dominaba Persia y Asia Central, y que había sido fundado por Tamerlán, el gran conquistador mongol. Mehmed derrotó al sultán timúrida Abú Saíd, y se anexionó parte de sus territorios. En Europa, Mehmed conquistó los Balcanes, que habían sido el escenario de las cruzadas contra los otomanos. Se apoderó de Serbia, Bosnia, Albania, Grecia y el Peloponeso, y llegó hasta las fronteras de Hungría y Venecia. También intentó conquistar Italia, invadió la península de Otranto en 1480, pero no logró establecerse de forma permanente, y tuvo que retirarse a su muerte en 1481. A pesar de esto, el intento de invasion a Italia evidenció la creciente amenaza que representaba el Imperio Otomano para el resto de Europa.
En su política interna, Mehmed II llevó a cabo una serie de reformas para fortalecer y centralizar su imperio. Creó un nuevo código legal, basado en el derecho islámico y el derecho romano, y estableció un sistema de administración eficiente, con un gran consejo de ministros, y una red de gobernadores provinciales. También organizó un ejército regular, compuesto de jenízaros, que eran soldados de élite, reclutados entre los prisioneros y los esclavos. Mehmed promovió la economía y el comercio, mediante la construcción de carreteras y puentes, y la acuñación de moneda. Asimismo, favoreció la cultura y las artes, con la creación de escuelas y bibliotecas, y la protección de los artistas y los intelectuales.
Mehmed II falleció el 3 de mayo de 1481, en su palacio de Topkapi, en Istambul. Aunque su muerte fue inesperada, se piensa que pudo haber sido causada por un ataque al corazón, o incluso por un envenenamiento. Mehmed dejó tras de sí un imperio poderoso y próspero, que se extendía desde el Danubio hasta el Éufrates, y desde el Adriático hasta el Mar Caspio. Su sucesor fue su hijo Bayezid II, que continuó su obra, aunque no con la misma energía y ambición.
Mehmed II es una figura relevante en la historia de Turquía y del mundo islámico, pero también es una figura controvertida. Mientras que en Turquía es considerado un héroe nacional y un símbolo de la grandeza y la identidad turcas, en el resto de Europa es visto como un invasor y un destructor. Sin embargo, no cabe duda de que Mehmed II fue un gran conquistador y un gran gobernante, que dejó una huella imborrable en la historia.
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