La llegada de los españoles a las Filipinas marcó un capítulo crucial en la expansión de su imperio ultramarino, impulsado por la ambición de alcanzar las codiciadas riquezas de Asia. A pesar del Tratado de Tordesillas que intentaba dividir el mundo entre España y Portugal, la expedición de Magallanes y los posteriores esfuerzos de exploradores como Ruy López de Villalobos y Miguel López de Legazpi, consolidaron la presencia española en el archipiélago, enfrentando desafíos tanto de naturaleza geográfica como de poderío enemigo.

A lo largo de los siglos XVI y XVII, la administración española en las Filipinas se caracterizó por una compleja combinación de conquistas militares, conversiones religiosas y una precaria logística transoceánica. La tenacidad de los misioneros y la adaptabilidad de los nativos filipinos crearon una fusión cultural que perdura hasta hoy, demostrando cómo la interacción entre colonizadores y colonizados puede dar lugar a nuevas identidades y resiliencias frente a las adversidades.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

El inicio de la presencia española en las Filipinas


Aunque el Tratado de Tordesillas dividió el mundo entre Portugal y España para la expansión de sus imperios ultramarinos, los españoles, a pesar de haber colonizado gran parte de América, no abandonaron su ambición de llegar a Asia. Esto se debía en parte a que el tratado no estableció un límite claro sobre la influencia española en el Pacífico, lo que motivó la expedición de Magallanes. Esta expedición provocó que los portugueses reclamaran sus derechos sobre el sudeste asiático, especialmente sobre las islas Molucas, principales productoras de especias. La disputa se resolvió en marzo de 1529 con el acuerdo de Zaragoza, donde el emperador Carlos I cedió sus derechos sobre las islas a cambio de una compensación de 350,000 ducados.

A pesar de este acuerdo, los españoles continuaron explorando otras islas. La expedición de Ruy López de Villalobos descubrió en 1542 un archipiélago que llamaron San Lázaro, posteriormente rebautizado como Filipinas en honor al príncipe Felipe. Sin embargo, el regreso de la expedición fue desastroso; López de Villalobos murió en el trayecto y solo unos pocos sobrevivientes lograron regresar, rescatados por los portugueses hacia 1547 tras alcanzar el cabo de Buena Esperanza.

Una vez consolidada la posesión del archipiélago con el asentamiento de Miguel López de Legazpi y al encontrar la ruta del tornaviaje gracias a fray Andrés de Urdaneta, los españoles se dieron cuenta de que las Filipinas no poseían las ansiadas especias. No obstante, el éxito en la conquista de América hizo que los españoles consideraran factible usar las islas como base para iniciar campañas de conquista en Asia. Su confianza aumentó tras los enfrentamientos contra piratas chinos, como el ataque de Li Ma Hong, donde salieron victoriosos pese a las armas de fuego manejadas torpemente por los atacantes.

El gobernador Francisco de Sande escribió a Felipe II en junio de 1576 proponiendo la conquista de China con un ejército de 4,000 a 6,000 hombres, creyendo que 50 castellanos bastaban para vencer a 500 o 600 chinos. Incluso sugirió que una expedición de 2,000 a 3,000 hombres podría ser suficiente. Sin embargo, Felipe II rechazó la propuesta debido a su descabellado planteamiento y especialmente tras el fracaso de la Empresa de Inglaterra en 1588.

Con la imposibilidad de realizar expediciones para conquistar otros territorios asiáticos, los españoles comenzaron a ver las Filipinas como una carga al no encontrarles utilidad económica. Sin embargo, el trabajo de los misioneros empezaba a dar frutos con la conversión de los nativos, y la corona debía cumplir su compromiso de proteger la cristiandad. Además, la creciente presencia de holandeses e ingleses obligó a la monarquía a otorgar a las Filipinas el papel de «protector de la retaguardia» de los dominios en América, aunque nunca se proporcionaron los recursos necesarios para cumplir adecuadamente este papel.

El archipiélago, con cerca de 7,000 islas y un territorio de 300,000 km², estaba a una distancia de 24,000 km de la península ibérica vía Nueva España. Estas condiciones solo mejoraron en el siglo XIX con la apertura del Canal de Suez, que redujo el trayecto a 15,000 km y permitió un viaje más rápido gracias a los barcos de vapor.

Según los testimonios de los siglos XVI y XVII, el viaje de América a Asia se realizaba sin muchos contratiempos si se hacía entre febrero y marzo, durando cerca de tres meses hasta Manila. Sin embargo, el viaje de regreso era mucho más caótico debido a las tormentas en alta mar, tardando cinco meses. Una alternativa era circunnavegar África, lo que tomaba de 3 meses y medio a 5, pero el cabo de Buena Esperanza estaba bajo posesión portuguesa, y los españoles no podían pasar por allí.

La comunicación entre la metrópoli y las Filipinas era complicada, ya que los barcos debían pasar por territorio novohispano y cruzar los inhóspitos caminos de Veracruz a México y Acapulco. Además, los periodos de lluvias condicionaban las salidas, prolongando el viaje a un año. Una consulta de Manila al rey podía tardar de dos a tres años en recibir respuesta.

Estas demoras fueron utilizadas como excusa durante el establecimiento de las Cortes de Madrid en el siglo XIX para suprimir la presencia filipina y gobernar el archipiélago bajo un régimen de leyes especiales.

El viaje resultaba muchas veces desastroso para los representantes de la corona. Por ejemplo, al marqués Francisco José de Ovando le nacieron dos hijos durante el viaje de ida y regreso en 1750, falleciendo ambos antes de llegar a la península. Solicitó su relevo en 1751 y la respuesta llegó hasta 1754. Las condiciones del viaje eran traumáticas: meses en alta mar, calor tropical, tormentas y escasez de alimentos causaban grandes molestias y enfermedades.

A partir de la costa de California, los viajeros enfrentaban enfermedades como la disentería y el “mal de Luanda,” que causaban numerosas muertes diarias antes de regresar a América.

Estas dificultades logísticas y humanas subrayaban la precariedad de la administración española en las Filipinas. La distancia, los peligros del viaje y las enfermedades hacían que el control y la comunicación fueran extremadamente lentos y costosos. Además, la falta de recursos y apoyo desde la metrópoli reflejaba el bajo interés que la corona española tenía en la región, viéndola más como una obligación que como una oportunidad económica o estratégica.

Pese a estas adversidades, los misioneros lograron establecer una base sólida del cristianismo en las Filipinas, creando una identidad cultural que perdura hasta el día de hoy. La influencia española dejó una huella significativa en la cultura, la religión y la lengua del archipiélago.

La historia de la presencia española en las Filipinas es un testimonio de la tenacidad y adaptabilidad tanto de los colonizadores como de los nativos. A pesar de las inmensas dificultades, los españoles lograron establecer un control nominal sobre un territorio vasto y disperso, mientras que los filipinos, a través de la resistencia y la adaptación, conservaron aspectos fundamentales de su identidad.

Esta historia también nos recuerda las complejidades y los costos humanos y materiales de la expansión imperial, y cómo estos procesos moldearon el mundo moderno. La lección más importante quizás sea la de reconocer la resiliencia y el espíritu de las personas que, frente a grandes desafíos, encontraron formas de sobrevivir y prosperar.


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