En un mundo que nos empuja a correr sin tregua tras metas que nunca parecen suficientes, detenerse a reflexionar se convierte en un acto revolucionario. Antonio Gala, con su poética lucidez, nos invita a abandonar la obsesiva búsqueda de la felicidad y a redescubrir la serenidad como una forma de resistencia. ¿Y si la verdadera inteligencia estuviera en saber vivir, sin prisa pero con intensidad? Este ensayo explora cómo el desapego y la docilidad pueden ser el camino hacia una vida más plena y auténtica.


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De la Felicidad a la Serenidad: El Arte de Vivir Según Antonio Gala

—¿Y usted dónde encuentra la felicidad?

Yo hace tiempo que no la busco. Me pasa como con el amor. Supongo que si el amor tiene que volver otra vez a mi vida, tocará mi puerta. No se puede andar por las esquinas buscando el amor. Eso no conduce más que al insomnio y a la resaca. Y la felicidad, igual. La felicidad vendrá si tiene que venir. Y, si no, que la zurzan. Porque tampoco es imprescindible. Para mí ya es imprescindible otra cosa: la serenidad.

No me diga que tiene usted vocación de sereno.

—Pues sí. Yo que creí que la serenidad era una cosa de serenos, de esos que había antes por las calles pregonando la hora y abriendo las puertas, comprendo ahora que la serenidad es sentirse como una pequeña tesela de un gran mosaico, prescindible, mínima, confusa, pero en su sitio; formando parte de una cosa muy grande, que no sabemos exactamente lo que es, pero estando en el lugar indicado, dando el perfil que se nos exige dar, el color que estaba previsto. Y eso es lo que me ha enseñado una virtud que nunca creí que iba a tener: la docilidad.

Me cuesta creer que su máxima aspiración sea la serenidad y no la lucidez, por ejemplo.  

—Yo creo que no se puede llegar a la serenidad sin un alto grado de lucidez, ni la lucidez está reñida tampoco con el apasionamiento. Yo creo que la vida hay que bebérsela a grandes tragos, como fumarse ese cigarrillo que usted no acaba de encender. Fumarlo echándoselo a los pulmones. Si no, no se fuma. Si no, no se vive. Aunque digan ahora que el tabaco es mortal: también lo es la vida.

Jesús Quintero: “Señor Gala, ¿qué es lo más inteligente que se puede hacer en esta vida?”

Antonio Gala: “En principio yo le diría: irse a una playa. Pero en el fondo, de verdad, tengo que decirle que salir de esta especie de laberinto en que nos han metido, una vida que no es la nuestra y que no es la mandada. Que es una organización que necesita esclavos para seguir manteniendo la pura organización que necesita esclavos, y así hasta el final. Salirse de esa cadena terrible, desencadenarse. A riesgo de la soledad, a riesgo de la falta de comprensión, pero irse un poco al campo, en el mejor de los sentidos. Salir de esa extraña y monótona esclavitud de cada día. Darle a cada día su propio afán, pero también su propia sonrisa, su propio gozo, su propio color, su propio aroma. Eso es la inteligencia. Porque una inteligencia que no nos ayude a vivir, no la quiero. No me sirve para nada. No creo que le sirva para nada a nadie”.

  • Entrevista al escritor Antonio Gala en el programa de Canal Sur “Trece Noches” (fragmentos)





La Serenidad como Respuesta: Desencadenarse del Laberinto Moderno


En un mundo donde el frenesí diario se ha normalizado y las metas se miden en cifras y éxitos, las palabras de Antonio Gala y su idea de “desencadenarse” resuenan como una llamada urgente a reconfigurar nuestra concepción de la vida. La búsqueda de la felicidad, convertida en una especie de mandato universal, ha sido absorbida por un sistema que nos exige correr sin tregua en una rueda infinita, como si el mero acto de detenerse implicara fracasar. Sin embargo, Gala, con su habitual lucidez y serenidad, propone algo radicalmente distinto: desmontar el andamiaje impuesto, abrazar la serenidad como un estado de plenitud y, sobre todo, replantearnos qué significa vivir inteligentemente.

La idea de serenidad, entendida como una pequeña tesela que encaja en un mosaico mayor, no solo evoca una metáfora profundamente poética, sino que también alude a una verdad filosófica que atraviesa culturas. Los estoicos, por ejemplo, ya sostenían que la tranquilidad del alma no era solo deseable, sino la base de una vida virtuosa. Epicteto afirmaba que la paz interior se alcanza cuando dejamos de preocuparnos por aquello que escapa de nuestro control. En un sentido moderno, podríamos interpretar esta serenidad como el antídoto al ruido externo, una forma de resistir la constante demanda de productividad y éxito. Al igual que Gala, los estoicos rechazaban la felicidad como un objetivo central, pues la consideraban efímera y ligada a circunstancias externas. En su lugar, valoraban la ataraxia, ese estado de equilibrio emocional que nos permite ser, sin necesidad de tener.

Si bien Gala no desestima la lucidez, considera que no puede existir serenidad sin un alto grado de claridad intelectual. En esto también coincide con el pensamiento budista, donde la iluminación se percibe no como un evento místico inalcanzable, sino como la capacidad de comprender la vida tal y como es, sin agregarle deseos innecesarios. ¿No es, acaso, el acto de “irse al campo”, como menciona Gala, una invitación a desprenderse de lo superfluo? El campo no solo es un espacio físico, sino una metáfora del desapego: alejarse del ruido, de los artificios, y encontrar en la sencillez una forma de vida más auténtica.

El capitalismo contemporáneo, con su insistencia en la productividad, ha institucionalizado la búsqueda de la felicidad como una mercancía más. Desde libros de autoayuda hasta apps de mindfulness, la industria del bienestar ha convertido la serenidad en un producto que se puede comprar. Sin embargo, Gala nos recuerda que esta serenidad no es algo que se encuentre en las esquinas ni que llegue a través de fórmulas mágicas; más bien, es un estado que emerge de aceptar nuestra pequeñez y formar parte del mosaico sin pretender sobresalir o forzar un sentido. La docilidad de la que habla no es sumisión, sino una forma de reconciliación con lo que es.

La vida, como bien señala Gala, debe vivirse a grandes tragos. Y este llamado no es una invitación a la indulgencia o al exceso, sino a un tipo de intensidad que no rehúye la experiencia. En esta perspectiva, la serenidad y el apasionamiento no son opuestos; más bien, se complementan. El apasionamiento, cuando se vive desde la lucidez, no se vuelve destructivo ni compulsivo, sino que nos conecta profundamente con el presente. Por el contrario, el apasionamiento desenfrenado, carente de reflexión, suele conducir al agotamiento y la insatisfacción. Aquí reside la verdadera paradoja de la serenidad: es un estado que no anula la intensidad de la vida, sino que la sostiene, la equilibra y le da sentido.

Además, la crítica de Gala al sistema esclavizante que organiza nuestras vidas no es solo poética, sino profundamente política. El filósofo alemán Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, desarrolla una idea similar al advertirnos sobre el autoexplotador contemporáneo: un individuo que, creyéndose libre, se somete voluntariamente a un régimen de sobreproducción y rendimiento constante. Han afirma que el hombre moderno se ha convertido en su propio amo y esclavo, perpetuando una lógica que lo consume. En este contexto, “irse al campo” no es simplemente escapar, sino rebelarse. Es romper con el ciclo, con el consumo, con la constante necesidad de validación externa.

Desde una perspectiva científica, cada vez hay más evidencia de que el ritmo acelerado de nuestras vidas afecta no solo nuestra salud mental, sino también nuestra capacidad de encontrar sentido a la vida. Un estudio publicado por la Universidad de Harvard en 2021 encontró que las personas que practican el mindfulness, no como una moda, sino como un hábito diario de conexión con el presente, reportan niveles más altos de satisfacción vital y propósito. Esto no se debe a que eliminen el estrés o los problemas, sino a que, al igual que Gala propone, logran aceptar su lugar en el mosaico de la existencia.

Por último, Gala nos plantea un desafío existencial: ¿qué pasaría si dejáramos de buscar la felicidad y, en cambio, nos enfocáramos en cultivar serenidad y lucidez? Esta pregunta, aunque sencilla, abre una puerta a reflexiones profundas sobre nuestras prioridades y valores. En una sociedad que premia el ruido, la velocidad y la acumulación, optar por la serenidad es un acto de resistencia, una manera de recuperar nuestra humanidad.

En definitiva, Antonio Gala no nos pide renunciar a la vida, sino redefinirla. Nos invita a encontrar sentido en la simpleza, en la docilidad bien entendida, en la plenitud de ser parte de algo más grande. Su visión no es una utopía lejana, sino un recordatorio de que la verdadera inteligencia reside en saber vivir, en abrazar la serenidad como un arte que nos ayuda a comprender, a disfrutar, y, sobre todo, a ser libres del laberinto que, muchas veces, nosotros mismos hemos construido.


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