En una selva olvidada por el tiempo, la vida no avanza, retrocede. Las hojas vuelven a las ramas, los ríos ascienden a sus nacimientos, y los animales rejuvenecen hasta desvanecerse. En medio de este ciclo inverso, un león y un águila luchan contra un enemigo invisible: el olvido. Sus recuerdos se desvanecen con cada paso, mientras el mundo regresa a su origen. ¿Cómo guardar una historia en un lugar donde todo desaparece? Una travesía mágica para preservar lo que define la existencia.


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El ciclo invertido de la vida


En una selva donde el tiempo nunca había sido lineal, sino un río que fluía hacia atrás, la vida transcurría de manera extraña y fascinante. Las hojas secas que caían al suelo no se descomponían; en cambio, flotaban hacia arriba y se adherían nuevamente a las ramas, recuperando su verdor. Los ríos corrían al revés, con las aguas ascendiendo desde los océanos y regresando a las montañas, dejando peces suspendidos en un baile de movimientos contrarios. Los animales rejuvenecían, perdiendo sus cicatrices, sus arrugas y su peso hasta transformarse en huevos, larvas o crisálidas, para después desaparecer en un destello de luz.

Kael, un león de melena dorada que brillaba con la intensidad del sol, era testigo de este ciclo peculiar. Había notado que cada día su melena se volvía más corta, sus patas más ágiles y su rugido más débil. A su alrededor, los árboles gigantes que había usado como sombra eran ahora plántulas diminutas. No recordaba exactamente cómo había llegado a ese momento, pero sentía una profunda inquietud: estaba olvidando. Su memoria, antes tan vívida, parecía retroceder junto con el tiempo.

Arien, un águila de plumas doradas que patrullaba los cielos, observaba desde lo alto la misma descomposición en su mente. Sabía que había volado más alto alguna vez, que había conocido secretos del viento y de la luz, pero esas verdades se desvanecían como niebla al amanecer. Sus alas eran más pequeñas, sus garras menos firmes, y su canto, antes poderoso, era apenas un murmullo. Ella también sentía que algo se le escapaba.

Una tarde, Kael y Arien se encontraron junto a un río que subía hacia una cascada. No se conocían realmente, pero algo en sus miradas reflejaba la misma urgencia. Arien descendió y Kael, que apenas recordaba cómo rugir, se limitó a observarla.

—¿También estás olvidando? —preguntó Arien con un tono grave.

Kael asintió. No sabía cómo responder con palabras, pues incluso el lenguaje parecía escaparse de su mente, pero sentía que la comprensión entre ambos no necesitaba de ellas.

—El tiempo se nos está llevando —continuó Arien, alzando la mirada hacia el cielo, donde el sol parecía brillar con menos intensidad, como si también estuviera menguando—. Si no hacemos algo, desapareceremos como los demás.

Kael gruñó suavemente y señaló con su pata hacia el horizonte. Allí, en el centro de la selva, se erguía un árbol gigantesco cuyas raíces parecían abrazar toda la tierra. Era el Árbol del Origen, un lugar que ambos reconocían de manera instintiva, aunque no podían recordar cómo ni por qué. Supieron que debían ir allí, que tal vez encontrarían respuestas antes de que sus pensamientos desaparecieran por completo.

El viaje hacia el Árbol del Origen fue extraño y desconcertante. A medida que avanzaban, la selva retrocedía. Los animales que encontraban en el camino parecían revertir sus vidas. Un viejo jaguar al que Kael conocía como un feroz cazador ahora era apenas un cachorro jugando con su cola. Las serpientes, enroscadas en las ramas, se convertían en huevos, y los insectos que antes zumbaban a su alrededor se transformaban en larvas inmóviles. Incluso las estrellas en el cielo parecían desvanecerse una a una.

Kael y Arien también sentían el cambio. El cuerpo del león se encogía, y su melena, antes imponente, ahora era una simple pelusa. Arien, con cada batida de alas, sentía que su fuerza menguaba. A pesar de todo, avanzaban, impulsados por un instinto profundo, un llamado que no podían ignorar.

Cuando finalmente llegaron al Árbol del Origen, lo encontraron rodeado de un silencio absoluto. No había viento, ni insectos, ni el murmullo del río. Todo estaba suspendido, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en aquel lugar. En el tronco del árbol había una grieta luminosa, y dentro de ella se percibía un brillo que cambiaba de color constantemente, como si contuviera todos los momentos de la selva.

Arien fue la primera en hablar, aunque su voz era apenas un susurro.

—Este es el corazón del tiempo —dijo, sus ojos reflejando la luz de la grieta—. Aquí es donde comienza y termina todo.

Kael, más instintivo, se acercó al árbol y tocó la grieta con su pata. Al hacerlo, un torrente de imágenes invadió su mente: momentos que había olvidado, escenas de su vida que creía perdidas. Se vio a sí mismo cazando, cuidando de su manada, viendo nacer a sus crías. Pero también vio algo más: el ciclo interminable de la selva, cómo todo retrocedía hasta el principio para comenzar de nuevo. Entendió que no era una anomalía, sino la naturaleza misma de aquel lugar.

Arien también tocó el árbol, y su canto, que creía perdido, volvió a ella. Recordó los cielos que había cruzado, las tormentas que había enfrentado y las alturas que había alcanzado. Pero, al igual que Kael, comprendió que su vida era solo una parte de algo más grande, algo que no podía detener ni cambiar.

Ambos supieron entonces que su tarea no era resistir el ciclo, sino preservar la memoria. Con el último destello de su fuerza, Arien alzó el vuelo y comenzó a cantar. Su melodía llenó el Árbol del Origen, grabando en él las historias de la selva, los nombres de los animales, los momentos de luz y oscuridad. Kael, con su último rugido, dejó su fuerza en las raíces, asegurándose de que la historia de todos estuviera allí, incluso cuando ellos ya no estuvieran.

Y así, mientras el tiempo seguía retrocediendo, Kael y Arien regresaron a sus estados primordiales: un huevo escondido entre las raíces del árbol y una pluma dorada atrapada en el viento. Pero sus memorias quedaron en el Árbol del Origen, un legado que esperaría a que el ciclo comenzara de nuevo y la selva, una vez más, encontrara su voz.


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