En el laberinto del pensamiento humano, donde las grandes preguntas sobre el ser y el mundo han buscado respuestas durante milenios, surge la voz de Cornelius Castoriadis, un filósofo que desafió los límites entre lo subjetivo y lo objetivo. Su ontología de la creación no solo desmantela la noción del ser como algo fijo, sino que lo redefine como un campo dinámico de posibilidades. Este viaje nos invita a reimaginar nuestra existencia como un acto constante de organización, relación y creatividad infinita.


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"Pero afirmo también que la subjetividad no agota el ser (a menos que se deje llevar a un delirio solipsista absoluto). Ante todo, ¿de qué sujeto se trata? Hay otros sujetos y modos de ser sujeto; y no hay ninguna posibilidad de que yo llegue a construir la organización y el funcionamiento existentes y eficaces por sí de un cocodrilo o de una colmena como producto de mi conciencia (trascendental). Tampoco puedo olvidar que el mundo de la colmena implica necesariamente el mundo de las plantas con flores; o —para detener aquí una serie ilimitada de inferencias— que el mundo de las plantas tiene relación con ciertas propiedades de la materia inorgánica o con las posibilidades ofrecidas por ésta. Desde luego, lo que diré sobre todo esto está también co-determinado, co-organizado de manera decisiva para mí en tanto sujeto. Pero —y retomaré este argumento— que yo piense la organización que, en tanto sujeto pensante, yo impongo a lo que es, o la organización que los seres vivientes en general a la vez exhiben en sí mismos, e imponen a su mundo, queda siempre claro que ni la una ni la otra podrían existir si el mundo como tal, en sí, no fuera organizable. Los sujetos no pueden existir por fuera de un mundo ni en cualquier mundo concebible. El sentido del término objetivo es aquí la posibilidad ofrecida por lo que es a los sujetos (y ampliamente independiente de éstos) en tanto seres para sí, de existir en un mundo y organizar, de manera cada vez distinta, lo que es". 

Castoriadis, Cornelius, 𝘖𝘯𝘵𝘰𝘭𝘰𝘨𝘪́𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯

La Condición Organizadora del Ser: Reflexiones Sobre la Ontología de Castoriadis


Cornelius Castoriadis, filósofo fundamental del siglo XX, nos invita a explorar las profundidades de la ontología en su concepción de la creación como fenómeno intrínseco del ser. Su postura no solo rompe con los paradigmas rígidos del pensamiento occidental, sino que abre un camino para pensar lo humano y lo no-humano desde una interacción dinámica, donde la subjetividad y la objetividad se entrelazan en un tejido indivisible. El fragmento citado de su obra Ontología de la creación es un portal hacia la meditación sobre el ser, el mundo y la capacidad de organización que subyace a toda existencia.

En primer lugar, Castoriadis rechaza la posibilidad de un solipsismo absoluto, es decir, la idea de que la subjetividad pueda constituirse como único fundamento del ser. Este rechazo no es trivial, pues desmantela una de las tentaciones más persistentes de la filosofía moderna: la supremacía del sujeto. En este sentido, su pensamiento se sitúa como una crítica a la tradición cartesiana y kantiana, que, aunque reconocen la existencia de un mundo exterior, tienden a subordinarlo a las categorías del sujeto. Castoriadis propone una ontología que reconoce la autonomía relativa del mundo, entendido como “organizable” independientemente de la subjetividad humana. Sin embargo, esta organización no es un atributo estático o preexistente; es un proceso que emerge en la interacción entre los sujetos y su entorno.

Este énfasis en la organización nos lleva al núcleo de su propuesta ontológica: el ser no es una mera sustancia inerte, sino un campo dinámico de posibilidades. Así como una colmena no puede existir sin las flores que nutren a las abejas, tampoco puede pensarse la existencia de una flor sin las condiciones materiales que hacen posible su emergencia. Para Castoriadis, el ser se revela como un entramado de relaciones y potencialidades que se configuran y reconfiguran constantemente. Esta visión tiene profundas implicaciones filosóficas, pues obliga a repensar categorías fundamentales como la causalidad, la finalidad y la emergencia.

La referencia a los “modos de ser sujeto” introduce otra dimensión clave de su pensamiento: la pluralidad de las formas de subjetividad. Para Castoriadis, el sujeto humano no es el único agente organizador del mundo. Desde los cocodrilos hasta las colmenas, todos los seres vivos manifiestan una capacidad de organización que no puede reducirse a un mero determinismo mecánico. Esto implica que la subjetividad, entendida como la capacidad de conferir sentido al mundo, no es exclusiva del ser humano, sino una característica compartida por toda forma de vida. Esta ampliación del concepto de subjetividad nos invita a considerar las implicaciones éticas y ontológicas de nuestras relaciones con el mundo natural. Si reconocemos que los animales y los ecosistemas poseen su propia forma de subjetividad, ¿no deberíamos replantear nuestra posición como dominadores del mundo?

Pero la afirmación de que “los sujetos no pueden existir por fuera de un mundo ni en cualquier mundo concebible” introduce una limitación crucial. Aunque el sujeto es un organizador activo, no puede organizar cualquier cosa de cualquier manera. El mundo, como tal, impone sus propias condiciones de posibilidad. Esta idea se conecta con el concepto de “objetividad” que Castoriadis redefine de manera innovadora. Para él, la objetividad no es una realidad fija e independiente del sujeto, sino la “posibilidad ofrecida por lo que es a los sujetos”. Este enfoque resuelve una de las dicotomías más persistentes de la filosofía: la oposición entre el realismo y el idealismo. La objetividad no es algo que simplemente esté “allí”, esperando ser descubierto, ni es una proyección pura del sujeto. Es, más bien, una co-creación dinámica entre el ser y el sujeto.

En este punto, es fundamental explorar el concepto de creación, central en la ontología castoriadiana. Para Castoriadis, el ser no es una estructura fija o predeterminada, sino un proceso continuo de creación y autoinstitución. Esta idea resuena con la noción de physis en la filosofía griega antigua, entendida como un proceso de surgimiento constante. Sin embargo, Castoriadis amplía este concepto al incluir no solo los fenómenos naturales, sino también las dimensiones cultural y social del ser. En este sentido, la creación no es solo un atributo de la naturaleza, sino también una característica esencial de las sociedades humanas, que constantemente producen nuevas formas de organización, sentido y significado.

La idea de que el mundo es “organizable” plantea una pregunta fascinante: ¿qué implica la organización? Para Castoriadis, organizar no es simplemente imponer un orden externo, sino revelar las posibilidades inherentes al ser. Este enfoque desafía las concepciones tradicionales de la ciencia y la tecnología, que tienden a ver el mundo como un objeto pasivo a ser manipulado. En cambio, la organización implica un diálogo con el mundo, un proceso en el que el sujeto reconoce y desarrolla las potencialidades latentes en lo que es. Esta visión tiene profundas implicaciones para nuestra relación con la naturaleza, pues nos insta a actuar no como conquistadores, sino como co-creadores responsables.

Finalmente, es importante destacar la dimensión ética de la ontología de Castoriadis. Si el ser es un proceso de creación continua, entonces nuestra responsabilidad como sujetos no se limita a preservar un orden existente, sino a participar activamente en la creación de un mundo más justo, equitativo y sostenible. Esto requiere un reconocimiento de nuestra interdependencia con otros seres y con el mundo en su conjunto. En un momento histórico marcado por crisis ecológicas, sociales y políticas, la filosofía de Castoriadis nos ofrece una guía para reimaginar nuestras prácticas y nuestras instituciones desde una perspectiva que integra la creatividad, la pluralidad y la responsabilidad.

En suma, la ontología de Castoriadis nos desafía a repensar las categorías fundamentales del ser, la subjetividad y la objetividad. Su insistencia en la capacidad organizadora del ser nos revela un mundo que no es un objeto inerte, sino un campo dinámico de posibilidades. En este proceso, el sujeto no es un amo soberano, sino un participante activo en un diálogo continuo con el mundo. Este pensamiento, profundamente radical y transformador, nos invita a concebir una nueva relación con nosotros mismos, con los demás y con el cosmos en su totalidad.


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