En 1860, el Clotilda navegó clandestinamente hacia Alabama, llevando a bordo a Cudjo Lewis y otros cautivos africanos en contra de las leyes estadounidenses. Esta historia revela cómo Lewis y sus compañeros fundaron Africatown, una comunidad que desafió las brutalidades de la esclavitud y preservó su herencia cultural. Africatown no solo simboliza supervivencia, sino una resiliencia que ha dejado una marca indeleble en la historia americana.


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Cudjo Lewis y la Fundación de Africatown: Un Legado de Resistencia y Memoria Cultural


En el verano de 1860, el schooner Clotilda surcó las aguas del golfo de México bajo el manto de la noche, llevando a cabo una misión clandestina que desafiaba las leyes de una nación al borde de la guerra civil. Este barco, comandado por el capitán William Foster y financiado por el acaudalado empresario Timothy Meaher, llegó a Mobile, Alabama, con aproximadamente 110 cautivos de África occidental a bordo —aunque las estimaciones varían entre 110 y 160 según las fuentes—, marcando el último viaje documentado de un barco negrero a los Estados Unidos. Entre esos prisioneros estaba Oluale Kossola, conocido más tarde como Cudjo Lewis, un joven de 19 años capturado en una incursión del reino de Dahomey en la región de Banté, en lo que hoy es Benin. Su historia, y la de la comunidad que ayudó a fundar, Africatown, no es solo un relato de supervivencia frente a la brutalidad de la esclavitud, sino un testimonio de resistencia cultural y de la lucha por preservar una identidad arrancada de su tierra natal. Este artículo desarrolla de manera extensa la travesía de Cudjo Lewis y la creación de Africatown, integrando datos históricos, análisis antropológicos y aportes novedosos para ofrecer una visión profunda de este capítulo único en la historia estadounidense.

La llegada del Clotilda ocurrió en un momento de tensión histórica. Aunque el comercio transatlántico de esclavos había sido prohibido en los Estados Unidos desde 1808 por la Ley de Prohibición de la Importación de Esclavos, la demanda de mano de obra en las plantaciones del sur, impulsada por el auge del algodón, incentivaba operaciones ilegales como esta. Timothy Meaher, un plantador y armador de Mobile, apostó que podía burlar la vigilancia federal y demostrar la impotencia del gobierno ante el poder económico del sur esclavista. En mayo de 1860, Foster zarpó hacia Ouidah, un puerto clave en la costa de Dahomey, donde adquirió a los cautivos por $100 cada uno, seleccionados entre cientos de prisioneros de guerra capturados en incursiones internas. Kossola, miembro del pueblo Yoruba, fue arrancado de su aldea durante una de estas razias lideradas por el rey Glele, un episodio que él mismo relató con dolor a Zora Neale Hurston en 1927: “Escuché el tambor y luego vi a los soldados venir por nosotros”. Tras un viaje de 45 días en condiciones infernales —hacinamiento, desnudez y sed—, el Clotilda atracó en la bahía de Mobile el 8 de julio de 1860. Para ocultar el crimen, el barco fue incendiado y hundido en el delta del río Mobile-Tensaw, un acto que mantuvo su existencia en las sombras hasta su redescubrimiento en 2019 por la Comisión Histórica de Alabama.

Cudjo y sus compañeros fueron distribuidos entre Meaher, sus hermanos y Foster, y durante cinco años trabajaron como esclavos en plantaciones y aserraderos, a pesar de que su importación ilegal los excluía del registro oficial como propiedad. La emancipación llegó en 1865 con el fin de la Guerra Civil, y con ella, la libertad trajo un nuevo desafío: ¿qué hacer en una tierra extraña donde no tenían raíces ni recursos para regresar a África? Inspirados por un anhelo colectivo de volver a casa, los sobrevivientes del Clotilda se reunieron y eligieron a Cudjo como portavoz para exigir a Meaher tierras como reparación por su secuestro y trabajo forzado. Meaher se negó rotundamente, pero la determinación de los africanos no flaqueó. pooling sus escasos ahorros de trabajos como leñadores, jardineras y artesanos, compraron terrenos en Magazine Point, al norte de Mobile, por $100 en 1872. Allí fundaron lo que los forasteros llamaron Africatown, pero que para ellos era una recreación de las aldeas Yoruba, Nupe y Fon de las que provenían, un espacio donde las tradiciones de África occidental podrían sobrevivir al trauma de la diáspora.

Africatown no fue simplemente un asentamiento; fue un acto de resistencia cultural deliberada. Las familias vivían en un sistema de “compounds” al estilo Yoruba, con casas agrupadas en torno a patios comunes, una disposición que facilitaba la vida comunitaria y reflejaba las estructuras sociales de su tierra natal. Cudjo, quien adoptó el nombre Lewis tras la emancipación, se estableció con Abile, otra sobreviviente del Clotilda, con quien se casó formalmente en 1880 y tuvo seis hijos, todos bautizados con nombres africanos y americanos, como Aleck Iyadjemi (“he sufrido”). Hablaron sus lenguas nativas —Yoruba, predominantemente— hasta bien entrado el siglo XX, y mantuvieron prácticas como la fabricación de cestas y la narración oral, que preservaban la memoria de sus orígenes. La antropóloga Sylviane Diouf, en Dreams of Africa in Alabama (2007), destaca que los fundadores eligieron líderes tradicionales, como Gumpa (Peter Lee), un jefe designado al estilo africano, y Jabez, un curandero, roles que reflejaban las jerarquías de sus comunidades originarias. En 1869, adoptaron el cristianismo y construyeron la Old Landmark Baptist Church, pero incluso esta conversión fue matizada por sincretismos africanos, como el entierro de los muertos mirando hacia el este, hacia África.

El impacto de Africatown trascendió su aislamiento inicial. En su apogeo en las décadas de 1920 y 1930, la comunidad albergó a unas 1,500 personas, creciendo a 12,000 en los años 70 con la llegada de trabajadores de las fábricas de papel cercanas. Sin embargo, esta expansión trajo consigo desafíos: la industrialización, liderada en parte por la familia Meaher, que aún poseía tierras colindantes, introdujo contaminación y desplazamiento, reduciendo la población actual a menos de 2,000, de los cuales unos 100 son descendientes directos del Clotilda. La pobreza y el abandono han marcado el paisaje, con casas deterioradas y un centro de bienvenida destruido por el huracán Katrina en 2005. No obstante, el descubrimiento del Clotilda en 2019 reavivó el interés nacional, llevando a proyectos como el Africatown Heritage House, inaugurado en 2023, que exhibe artefactos del barco —un timón de hierro, fragmentos de madera— y narra la historia de sus fundadores. Excavaciones arqueológicas dirigidas por el College of William and Mary en 2010 revelaron restos de cerámica y herramientas que sugieren continuidades africanas en la vida diaria, aportando evidencia material a las narraciones orales.

Cudjo Lewis, quien murió en 1935 a los 94 años, se convirtió en un símbolo de esta resistencia. Entrevistado por Hurston para Barracoon (publicado en 2018 tras décadas de olvido), expresó su nostalgia: “Quiero parecer como en África, porque ahí es donde quiero estar”. Su vida, marcada por la pérdida de su esposa y todos sus hijos, fue un microcosmos de las luchas de Africatown: la lucha por mantener viva una identidad en un entorno hostil. Su legado, junto con el de Redoshi (muerta en 1937) y Matilda McCrear (muerta en 1940), las últimas sobrevivientes conocidas del Clotilda, perdura en los descendientes que aún habitan la comunidad y en eventos como el festival “Spirit of Our Ancestors”, iniciado en 2019 para reunir a las familias dispersas por el país.

Africatown representa una paradoja: una comunidad nacida del trauma que se convirtió en un bastión de autonomía y memoria. En un país donde la esclavitud borró sistemáticamente las identidades africanas —el “muro de 1870” que dificulta rastrear linajes más allá del primer censo posemancipación—, los sobrevivientes del Clotilda lograron lo extraordinario: construir un pedazo de África en Alabama. Hoy, mientras enfrentan desafíos modernos como la gentrificación y la contaminación industrial, los descendientes luchan por justicia y reconocimiento, exigiendo reparaciones simbólicas y prácticas, como las propuestas por el juez Karlos Finley en 2019, quien sugirió que el Clotilda podría ser la base legal para demandas contra la familia Meaher.

Este legado no es solo un eco del pasado, sino una lección viva sobre la capacidad humana para resistir, recordar y reconstruir, incluso en las circunstancias más adversas. Cudjo Lewis y Africatown nos recuerdan que la historia no termina con la liberación, sino que comienza con lo que los liberados eligen hacer con su libertad.



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