Entre la violencia de la guerra y el anhelo de paz, Thomas Hobbes nos ofrece un vistazo a la naturaleza humana más cruda y sin adornos. En su obra Leviatán, describe un mundo donde la competencia, la desconfianza y la gloria nos condenan a una lucha constante, un estado de caos perpetuo. Pero, ¿cómo superar esta guerra de todos contra todos? La respuesta de Hobbes es radical: un poder absoluto, un soberano capaz de unir y pacificar a la humanidad a través de un pacto social sin precedentes.


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En la naturaleza del hombre encontramos tres causas principales de discordia. La primera es la competencia; en segundo lugar, la desconfianza; y en tercer lugar, la gloria. La primera hace que los hombres invadan el terreno de otro para adquirir ganancia; la segunda para lograr seguridad; la tercera para adquirir reputación. [...]

Mientras los hombres viven sin ser controlados por un poder común que los mantenga atemorizados a todos, se hallan en la condición llamada guerra; guerra de cada hombre con cada hombre. [...]

El Estado es una verdadera unidad de todos los hombres en una e idéntica persona, hecha por el pacto de cada hombre con cada hombre, como si todo hombre debiera decir a todo otro hombre: "Autorizo y abandono el derecho a gobernarme a mí mismo a este hombre, o a esta asamblea de hombres, con la condición que tú abandones tu derecho y autorices todas sus acciones de manera semejante". Hecho esto, la multitud, así unida en una persona, se llama república; en latín "civitas". Esta es la generación de ese gran Leviatán, o más bien (para hablar con mayor reverencia) de ese Dios mortal a quien debemos [...] nuestra paz y nuestra defensa

-Thomas Hobbes,
( Leviatán ).

El Leviatán de Hobbes: La génesis del orden político frente a la discordia natural del hombre


La reflexión de Thomas Hobbes en Leviatán sobre la naturaleza humana y la necesidad de un poder soberano constituye uno de los pilares fundamentales del pensamiento político moderno. En el núcleo de su argumentación yace una visión cruda y desencantada del hombre en su estado natural, donde tres causas principales de discordia —la competencia, la desconfianza y la gloria— lo condenan a una existencia perpetua de conflicto, una guerra de todos contra todos. Este diagnóstico sombrío, sin embargo, no es un fin en sí mismo, sino el preludio de una solución radical: la creación del Estado como un ente unificado, un “Dios mortal” que, mediante el pacto social, transforma la anarquía en orden y la violencia en paz. El análisis de este pasaje revela no solo la profundidad psicológica y antropológica de Hobbes, sino también su audaz propuesta de un contrato que redefine la libertad individual en función de la seguridad colectiva, un tema que resuena con implicaciones filosóficas, históricas y contemporáneas.

Hobbes comienza su exposición identificando las tres fuerzas que, en su opinión, subyacen en la conflictividad inherente al hombre. La competencia impulsa a los individuos a invadir el terreno ajeno en busca de ganancia, ya sea material o de poder, reflejando una lucha por recursos escasos que no admite tregua. Este instinto, que podría interpretarse como una constante biológica enraizada en la supervivencia, adquiere en el marco hobbesiano una dimensión social: el hombre no solo compite por necesidad, sino por ambición. La desconfianza, en segundo lugar, surge como una respuesta racional a esta competencia desenfrenada; al no poder garantizar la buena voluntad del otro, el individuo busca seguridad mediante la anticipación y la defensa preventiva, lo que a menudo se traduce en agresión. Finalmente, la gloria, entendida como el deseo de reconocimiento o superioridad, eleva el conflicto a un plano psicológico y simbólico: no basta con sobrevivir o protegerse, sino que el hombre anhela ser visto y reverenciado, incluso a costa de los demás. Estas tres causas, entrelazadas, configuran lo que Hobbes denomina el estado de naturaleza, una condición no de armonía primitiva, como en Rousseau, sino de guerra perpetua, donde “la vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve”.

Esta guerra de todos contra todos no es un evento histórico literal, sino una hipótesis teórica que Hobbes emplea para ilustrar la fragilidad de la coexistencia humana sin un poder regulador. En ausencia de una autoridad común que imponga temor y obediencia, los hombres quedan atrapados en un equilibrio precario donde la igualdad natural —la capacidad de cada uno para matar a otro, independientemente de su fuerza— se convierte en la raíz misma del caos. Aquí radica una de las innovaciones de Hobbes: su rechazo al optimismo aristotélico que veía al hombre como un “animal político” naturalmente inclinado a la comunidad. Para Hobbes, la sociabilidad no es innata, sino construida; el hombre no se agrupa por instinto, sino por necesidad. Este pesimismo antropológico, influido por las turbulencias de la Guerra Civil Inglesa (1642-1651) que Hobbes presenció, lo lleva a postular que solo un “poder común” puede rescatar a la humanidad de su autodestrucción.

Es en este punto donde surge la noción del pacto social, el mecanismo mediante el cual los hombres, reconociendo la insostenibilidad de su estado natural, acuerdan someterse a una autoridad unificada. Hobbes describe este acto como un contrato recíproco: cada individuo renuncia a su derecho natural de autogobierno y lo transfiere a una persona o asamblea, con la condición de que todos los demás hagan lo mismo. Este intercambio no es una simple cesión de poder, sino una transformación ontológica de la multitud en una entidad singular, la “república” o civitas. El lenguaje de Hobbes es revelador: al hablar de una “verdadera unidad de todos los hombres en una e idéntica persona”, sugiere que el Estado no es un mero agregado de voluntades, sino una ficción jurídica que adquiere vida propia. Este Leviatán, nombrado en alusión al monstruo bíblico del Libro de Job, encarna una paradoja: es a la vez una creación humana y un ente que trasciende a sus creadores, un “Dios mortal” cuya omnipotencia asegura la paz al precio de la sumisión absoluta.

La elección del término “Leviatán” no es casual. En la tradición judeocristiana, el Leviatán simboliza un poder inmenso e indomable, pero Hobbes lo seculariza y lo domestica al servicio de la razón política. Este soberano, ya sea un monarca o una asamblea, no está sujeto a las leyes que impone, pues su autoridad deriva del consentimiento originario y no de una limitación externa. Aquí se manifiesta el absolutismo de Hobbes, que contrasta con las teorías contractualistas posteriores de Locke o Rousseau, quienes preservan derechos individuales frente al Estado. Para Hobbes, la libertad natural es un lujo que la humanidad no puede permitirse; al autorizar “todas las acciones” del soberano, los hombres abdican de su autonomía a cambio de protección, un trueque que refleja su convicción de que la seguridad es el bien supremo.

El análisis de este pasaje también invita a considerar el contexto histórico y filosófico que lo moldeó. Escrito en 1651, en el exilio en París tras el triunfo de los parlamentarios en Inglaterra, Leviatán responde a un momento de crisis en el que el orden tradicional se desmoronaba. Hobbes, influido por la revolución científica de su tiempo —fue contemporáneo de Galileo y admirador de la geometría euclidiana—, aplica un método deductivo a la política, buscando principios universales que expliquen el comportamiento humano y justifiquen el poder. Su visión mecanicista del hombre como un ser movido por pasiones y cálculos racionales anticipa el utilitarismo, mientras que su énfasis en el miedo como motor del orden político prefigura debates modernos sobre la legitimidad del Estado autoritario.

Un aspecto menos explorado de esta teoría es su implicación psicológica. Hobbes no solo describe un estado de guerra externo, sino también una tensión interna: la competencia, la desconfianza y la gloria son pasiones que habitan en cada individuo, haciendo del Leviatán no solo una solución colectiva, sino un espejo de la necesidad de autodomesticación. En este sentido, el pacto social puede leerse como una metáfora de la represión de los instintos en favor de la civilización, una idea que Freud retomaría siglos después en El malestar en la cultura. Sin embargo, Hobbes no romantiza este proceso; su prosa, desprovista de idealismo, subraya que la paz es un artificio, no un destino natural.

Desde una perspectiva contemporánea, el Leviatán de Hobbes plantea preguntas vigentes sobre el equilibrio entre libertad y seguridad. En un mundo marcado por conflictos globales, vigilancia masiva y crisis de gobernanza, su insistencia en un poder fuerte resuena con quienes ven en el caos una amenaza mayor que la tiranía. Sin embargo, su rechazo a los límites del soberano choca con las democracias modernas, que buscan conciliar la autoridad con los derechos individuales. La paradoja hobbesiana persiste: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar nuestra autonomía para evitar la guerra de todos contra todos?

Así, el pasaje de Leviatán aquí analizado encapsula la genialidad de Hobbes como pensador que, desde una antropología sombría, construye una teoría política radicalmente innovadora. Las tres causas de discordia —competencia, desconfianza y gloria— no son meros defectos humanos, sino el fundamento de un diagnóstico que justifica el Estado como un mal necesario. El Leviatán, surgido del pacto social, trasciende a sus creadores para convertirse en el garante de la paz, un “Dios mortal” que, al precio de la libertad absoluta, ofrece la promesa de una vida ordenada. Este ensayo, lejos de agotar la riqueza del pensamiento hobbesiano, invita a reconocer su vigencia como un espejo de nuestras propias tensiones entre el individuo y el colectivo, entre la naturaleza y la civilización.


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