Entre las muchas formas de ignorancia que socavan las bases de una sociedad libre, el analfabetismo político es la más silenciosa y letal. No grita, pero destruye democracias desde adentro, alimentando el ascenso de la corrupción estructural y la pasividad colectiva. Es un enemigo invisible que se disfraza de neutralidad, mientras socava el poder del pueblo. ¿Cómo puede exigir justicia quien no comprende el lenguaje del poder? ¿Qué futuro puede tener una sociedad que renuncia a entender su propio destino?


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Imágenes realizadas con IA, por ChatGPT para el Candelabro.

El peor analfabeto
es el analfabeto político.
No oye, no habla
ni participa en los acontecimientos políticos.
No sabe que el coste de la vida,
el precio de las judías,
del pescado, de la harina,
del alquiler, de los zapatos
y de las medicinas
dependen de decisiones políticas.
El analfabeto político
es tan asno que se enorgullece
y saca pecho diciendo
que odia la política.
No sabe el imbécil que
de su ignorancia política
nace la prostitución,
el niño abandonado, el atracador
y el peor de todos los bandidos:
el político delincuente,
canalla, corrupto
y lacayo de las empresas nacionales
y multinacionales.

Original: (En: Brecht, Poemas 1913-1956. Edit. Brasiliense, 1986. Versión: A. Marcos.)

Bertolt Brecht, Entre los poetas míos... (Biblioteca Omegalfa, 2012), 18.

El analfabetismo político como raíz de la corrupción y el deterioro social: una advertencia de Bertolt Brecht


El analfabetismo político representa una de las formas más insidiosas de ignorancia en la sociedad moderna. Bertolt Brecht lo denunció con dureza, advirtiendo que la indiferencia ante los asuntos públicos no solo perpetúa la injusticia, sino que también engendra las condiciones necesarias para que florezcan la corrupción, la criminalidad y la desigualdad estructural. Esta ceguera voluntaria frente a lo político no es neutra; es profundamente peligrosa.

Quien se desentiende de la política no se libra de sus consecuencias. Los precios, el desempleo, la violencia urbana o la calidad de la educación no son fenómenos naturales; son el resultado directo de decisiones políticas. El analfabeto político desconoce que incluso el más cotidiano de sus problemas tiene una raíz legislativa o administrativa. Brecht lo entendió: la indiferencia permite que gobiernen los peores.

La ignorancia política no solo empobrece la comprensión del mundo, sino que facilita la consolidación de élites corruptas. En su poema, Brecht señala al analfabeto político como cómplice involuntario del “político delincuente”. Esta figura, amparada por la apatía ciudadana, legisla no a favor del bien común, sino al servicio de los intereses empresariales y multinacionales, exacerbando las brechas sociales.

Es alarmante que hoy, casi un siglo después, esta crítica conserve una vigencia escalofriante. La expansión de discursos antipolíticos, promovidos incluso por sectores mediáticos, refuerza la idea de que la política es sucia, inútil o ajena. Así, el ciudadano medio se repliega en su zona de confort, ignorando que ese retiro es precisamente lo que permite el avance de los más perversos mecanismos de dominación.

En tiempos de crisis económica o conflictos sociales, el analfabeto político se ve afectado tanto como quien participa, pero con una diferencia esencial: carece de herramientas para comprender, resistir o transformar su realidad. La política, como espacio de disputa por los recursos y el poder, no desaparece por ignorarla. Simplemente actúa sin testigos críticos.

La tragedia no solo reside en el daño estructural que provoca esta indiferencia, sino en la transmisión intergeneracional del desinterés. Una sociedad que no forma ciudadanos políticamente conscientes está condenada a repetir los mismos ciclos de ineficiencia estatal, abuso de poder y descomposición ética. El precio no se paga en votos, sino en vidas.

Brecht no acusa por el gusto de insultar. Su denuncia es un llamado a despertar. El término “asno”, lejos de ser una mera ofensa, subraya la ceguera voluntaria del que prefiere no saber. El orgullo con el que algunos proclaman su odio a la política es, en realidad, un escudo defensivo ante su propia incapacidad de análisis. Este desprecio solo refuerza el control de las élites.

La educación política, lejos de ser adoctrinamiento, es una herramienta de emancipación. Un pueblo formado puede distinguir entre retórica populista y proyectos estructurales, entre un verdadero servidor público y un títere empresarial. En sociedades democráticas, el voto es un instrumento poderoso, pero solo si está respaldado por una conciencia crítica activa.

No se trata de que todos deban convertirse en activistas o analistas políticos. Basta con reconocer que las decisiones de quienes gobiernan afectan nuestra salud, nuestro trabajo, nuestros cuerpos. Brecht denuncia al analfabeto político porque ese sujeto, al rehuir su responsabilidad, abandona también su derecho a exigir. Renuncia a su libertad.

La política es inevitable. No participar no es una posición neutral: es dejar el tablero en manos ajenas. Por eso el precio de la indiferencia no lo paga solo quien la ejerce, sino también los más vulnerables. Cuando la corrupción se impone, cuando el crimen crece, cuando la impunidad reina, es porque demasiados dieron la espalda a la realidad.

Este llamado brechtiano es radical, pero justo. El problema no es solo el político canalla, sino la cultura que lo tolera, lo celebra o simplemente lo ignora. Combatir el analfabetismo político no es una opción moral, sino una necesidad civilizatoria. Porque de esa ignorancia brota lo peor: la miseria, la violencia, la desesperanza.

Hoy más que nunca urge repolitizar la vida cotidiana. La política no es un espectáculo de élites, sino una dimensión vital de la existencia colectiva. Hablar de presupuestos, de leyes, de decisiones gubernamentales, no debería ser exclusivo de tecnócratas, sino parte del diálogo ciudadano. Esa democratización es, en el fondo, una forma de resistencia.

La historia demuestra que las grandes transformaciones sociales no nacen de la apatía. Surgieron siempre del compromiso, del análisis, de la voluntad de intervenir. Brecht no creía en revoluciones espontáneas, sino en sujetos conscientes que entienden su papel histórico. Por eso su crítica al analfabeto político es también un acto de fe en la transformación.

Hay que recuperar el sentido de lo político como espacio de construcción y disputa, no como territorio exclusivo de ambiciones personales. La política puede ser noble si quienes la habitan son vigilados, cuestionados y reemplazados cuando es necesario. Pero esto solo es posible si el pueblo no es un espectador pasivo, sino un actor activo.

La corrupción estructural, ese mal endémico que aqueja a tantos países, se sostiene no solo por la avaricia de unos pocos, sino por la desidia de muchos. El sistema se perpetúa porque las masas han sido desactivadas, despolitizadas, reducidas a consumidores de espectáculos, no a ciudadanos con agencia. Brecht anticipó este fenómeno con claridad escalofriante.

Y sin embargo, la solución sigue siendo sencilla y poderosa: educación crítica, acceso a la información, participación ciudadana, rendición de cuentas. El conocimiento político no es un privilegio, es una defensa. Quien lo posee no solo vota mejor, sino que vigila, exige, propone y construye. No delega su destino: lo moldea.

El mensaje de Brecht no ha envejecido. Al contrario, resuena con fuerza en una era donde la desinformación y el cinismo amenazan con erosionar los cimientos democráticos. Frente al avance de la manipulación, del nihilismo político, del individualismo apolítico, su poema sigue siendo un llamado urgente: el mundo será político, o no será.

Lo político no es un lenguaje frío de tecnócratas. Es el lenguaje de lo humano, de lo colectivo, de lo posible. Si lo abandonamos, dejamos que hablen otros por nosotros. Y como advierte Brecht, cuando eso sucede, lo que sigue no es el orden, sino el caos: niños abandonados, prostitución, delincuencia y esclavitud encubierta.

Asumir el compromiso político no implica militar en un partido, sino entender que todo acto cotidiano tiene un eco en las estructuras de poder. Desde el modo en que consumimos hasta cómo tratamos a otros, todo configura un paisaje social que puede alimentar la opresión o fomentar la justicia. Esa es la raíz de la advertencia de Brecht.

El analfabetismo político no es solo un vacío de conocimiento: es un abandono moral. Es permitir que lo peor gobierne porque lo mejor está distraído. Por eso es urgente combatirlo, no con reproches, sino con lucidez, pedagogía y cultura. Porque si no se lucha desde el pensamiento, se terminará luchando desde la desesperación.

La dignidad no es posible sin conciencia. Y la conciencia no florece sin lenguaje, sin memoria, sin política. Brecht lo sabía. Nosotros también deberíamos saberlo. Porque solo una ciudadanía crítica, despierta y activa podrá romper el ciclo del abuso, la mentira y la resignación. El precio de no hacerlo ya lo estamos pagando.


Referencias (APA):

Brecht, B. (1986). Poemas 1913-1956. São Paulo: Editora Brasiliense.

Brecht, B. (2012). Entre los poetas míos. Buenos Aires: Biblioteca Omegalfa.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. México D.F.: Siglo XXI.

Arendt, H. (1958). La condición humana. Chicago: University of Chicago Press.

Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. New York: International Publishers.


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