Entre hogueras encendidas por el fanatismo europeo y cafés donde fluían relatos místicos en el Imperio Otomano, se dibujó una frontera invisible entre dos formas de entender el miedo. Mientras Occidente convertía la brujería en delito de muerte, Oriente la integraba al relato popular. ¿Por qué una civilización castigó con fuego lo que la otra escuchó con asombro? ¿Qué revela esta diferencia sobre el vínculo entre poder, cultura y lo sobrenatural?


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Por qué el Imperio Otomano no persiguió brujas mientras Europa ardía en hogueras


En la historia de la persecución de brujas, Europa vivió un periodo de oscuridad y violencia judicial entre los siglos XV y XVIII. Miles de personas, en su mayoría mujeres, fueron condenadas por supuestos pactos con el diablo. En contraste, el Imperio Otomano, uno de los poderes más extensos de su época, no replicó esta histeria colectiva. El enfoque otomano frente a la magia, los vampiros y la brujería fue marcadamente distinto, lo que plantea interrogantes profundos sobre religión, poder y miedo.

Mientras los tribunales europeos ejecutaban miles de acusados por brujería, el mundo islámico bajo dominio otomano mantenía una postura más sobria. Aunque la magia prohibida (sihir) era condenada desde el punto de vista religioso, no se convirtió en una cruzada judicial. La diferencia clave radica en que el Islam, aunque crítico de las prácticas ocultas, no desarrolló una teología sistemática del “diablo” como ser personal antagonista de Dios, lo que limitó la idea del pacto demoníaco que tanto obsesionó a Europa.

En el Imperio Otomano, la visión teológica sobre los djinns (genios), los espíritus y los brujos estaba presente, pero no era motivo de procesos masivos. La distinción entre magia blanca (con fines curativos o religiosos) y magia negra (asociada al daño o al engaño) permitía una mayor tolerancia cultural. Los castigos existían, pero eran puntuales. A diferencia de la Inquisición, los otomanos no establecieron instituciones dedicadas a extirpar la brujería del cuerpo social.

Este enfoque menos represivo se tradujo en una rica cultura oral. Las historias sobre brujas, vampiros y espíritus circulaban con naturalidad en cafés, bazares y hogares. El miedo no fue convertido en ley, sino en relato. La literatura popular otomana, como las versiones locales de Las mil y una noches, integró estos elementos sin necesidad de judicializarlos. La magia no fue borrada del imaginario, sino absorbida como parte del folklore y de la identidad colectiva.

Existen registros de algunos casos aislados relacionados con el vampirismo en regiones como los Balcanes, zonas bajo dominio otomano donde las creencias populares eran intensas. En esos raros episodios, los cuerpos de supuestos vampiros eran exhumados y se les clavaba una estaca para prevenir su retorno. Sin embargo, estas prácticas eran locales, no estatales, y se trataba de rituales funerarios, no de condenas legales a personas vivas.

La diferencia entre ambas civilizaciones también puede explicarse por el modo en que cada una entendía el orden social. En Europa, la brujería era vista como una amenaza directa al poder religioso y político. El cristianismo occidental vinculaba el caos con la herejía y la herejía con la mujer rebelde, lo que alimentó la violencia de género. En el mundo islámico, aunque tampoco se promovía la igualdad, la brujería no fue tan asociada a la subversión del orden patriarcal.

Otro factor crucial fue la estructura judicial otomana. El sistema legal era plural y permitía que distintas escuelas jurídicas islámicas coexistieran. En vez de una persecución sistemática, se aplicaban penas solo cuando el acto mágico causaba daño directo, como envenenamiento o fraude. Esto redujo la posibilidad de procesos basados en rumores o histerias colectivas, típicos de los juicios europeos. La racionalidad legal otomana actuó como freno ante los impulsos emocionales del pueblo.

Cabe mencionar que no todo fue tolerancia ilustrada. En ciertas ocasiones, magos o curanderos fueron castigados, especialmente si se los asociaba con revueltas, estafas o actos considerados blasfemos. Sin embargo, estas acciones fueron excepcionales. En más de 600 años de historia, no hay registros de purgas masivas por brujería en el Imperio Otomano, lo cual contrasta con los millares de ejecuciones ocurridas en Francia, Alemania, Escocia o España.

El control del miedo colectivo fue clave en este fenómeno. Mientras Europa alimentaba la sospecha y el fanatismo desde los púlpitos y las cortes, los otomanos canalizaban el temor hacia prácticas sociales menos destructivas. El relato mágico no fue censurado, sino encajado dentro de un cosmos espiritual amplio, donde los djinns eran una presencia ambigua, pero no necesariamente maligna. Esta cosmovisión limitó el crecimiento de una psicosis institucionalizada.

Es necesario destacar que esta diferencia también revela una cuestión de poder. En Europa, la caza de brujas fue un instrumento de consolidación del Estado moderno y de las iglesias. La denuncia y el castigo eran formas de control político y moral. En el Imperio Otomano, donde la autoridad religiosa estaba subordinada al sultán y no existía una iglesia estructurada como en Occidente, no fue necesario activar estos mecanismos de pánico social.

A su manera, el Imperio Otomano comprendió que los peligros más profundos no estaban en rituales ocultos, sino en las emociones colectivas desbordadas. Al evitar convertir el miedo en política, preservaron una forma de equilibrio social. Esta lección resulta inquietantemente vigente: el miedo desatado y legitimado por las instituciones tiende a generar monstruos reales, más letales que cualquier brujo de leyenda o cadáver animado por supersticiones rurales.

En nuestros tiempos, cuando resurgen los discursos de odio, las teorías conspirativas y las persecuciones simbólicas, el ejemplo otomano invita a repensar cómo gestionamos el miedo. ¿Lo transformamos en violencia institucionalizada, como hizo Europa? ¿O lo integramos como narrativa, como metáfora, como símbolo de lo que aún no comprendemos? La historia nos ofrece modelos; la responsabilidad es saber cuál elegimos revivir.

El tratamiento otomano de la magia y la brujería no fue perfecto ni idealizado, pero sí evidencia un modelo menos destructivo de respuesta cultural al misterio y al desorden. El espacio para el cuento, para la metáfora, para el té compartido al calor de una historia de fantasmas, fue más fecundo que el de la delación, la pira y la confesión bajo tortura. En lugar de exterminar lo oscuro, se convivió con él, y eso dice mucho sobre el nivel de civilización.

Es irónico que en nombre de la luz divina, Europa haya incendiado a tantas mujeres acusadas de traer la noche. En cambio, los otomanos, herederos de imperios antiguos y mixturas espirituales, permitieron que la noche hablara sin quemarla. Entre superstición y tolerancia, entre mito y ley, eligieron la frontera blanda de la cultura antes que la línea dura del castigo. Quizá esa fue su mayor magia: transformar el miedo en relato y no en crimen.

Al final, la diferencia entre Europa y el Imperio Otomano no fue la ausencia de creencias mágicas, sino el modo en que esas creencias fueron administradas. Donde unos vieron amenaza y herejía, otros vieron cuento y folclore. Donde unos dictaron leyes de muerte, otros compartieron historias al borde del sueño. La historia de las brujas no es solo la historia de las víctimas, sino también de las sociedades que supieron —o no— convivir con lo invisible.


Referencias

  • Briggs, R. (2002). Witches and Neighbors: The Social and Cultural Context of European Witchcraft. Wiley-Blackwell.
  • Baer, M. D. (2011). Honored by the Glory of Islam: Conversion and Conquest in Ottoman Europe. Oxford University Press.
  • Levack, B. P. (2006). The Witch-Hunt in Early Modern Europe. Routledge.
  • El-Rouayheb, K. (2015). Islamic Intellectual History in the Seventeenth Century. Cambridge University Press.
  • Krämer, G. (2006). A History of Islam in the Modern World. Princeton University Press.

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