Entre los pliegues de la historia oficial se ocultan episodios que desafían la moral de los imperios que hoy se presentan como civilizadores. La construcción de relatos dominantes ha silenciado atrocidades como el genocidio en Tasmania, mientras ha amplificado errores ajenos bajo la luz distorsionada de la Leyenda Negra. Esta asimetría narrativa no es casual, es poder. ¿Quién escribe la historia que creemos verdadera? ¿Por qué callamos lo que desnuda el mito del imperio ejemplar?


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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.

El genocidio de Tasmania y el silencio histórico frente al modelo hispano


Durante siglos, la historia ha sido contada por los vencedores, moldeada por intereses políticos y reforzada por sistemas educativos que privilegian ciertas narrativas. Uno de los casos más silenciados y atroces es el genocidio en Tasmania, llevado a cabo por el Imperio Británico en el siglo XIX. Entre 1803 y 1876, la población aborigen de Tasmania fue exterminada casi en su totalidad mediante métodos sistemáticos de violencia colonial, persecución y deshumanización. Este episodio, deliberadamente ocultado, contrasta con la demonización sistemática del legado hispano en América.

Mientras la Leyenda Negra española se repite como un mantra en libros, escuelas y redes sociales, el caso de Tasmania permanece ausente en la memoria colectiva. Los británicos no solo ocuparon el territorio isleño; implementaron una política de exterminio real, respaldada por el Estado, en la que se ofrecían recompensas por cabezas de aborígenes. Se organizaron verdaderas cacerías humanas, se separaron familias y se enviaron los cuerpos a museos europeos. Incluso los supervivientes fueron confinados en condiciones inhumanas hasta morir.

La colonización británica no buscó ni la conversión religiosa, ni el mestizaje, ni la inclusión legal de los pueblos originarios. Su modelo fue el de la limpieza étnica. En Tasmania no quedaron ni instituciones, ni ciudades, ni rastro alguno de una cultura viva integrada en la nueva estructura. Solo quedó el vacío. El modelo hispano, con todos sus errores, mostró otra dirección: mestizaje, integración jurídica mediante Leyes de Indias, evangelización y creación de universidades como la de México o Lima en el siglo XVI.

En el mundo hispano, el mestizaje no fue solo biológico, sino también cultural y jurídico. Desde el principio se discutió en las cortes y universidades sobre los derechos de los indígenas. Figuras como Bartolomé de las Casas, aunque complejas, reflejan un modelo donde el debate moral era posible. En cambio, en Tasmania, la voz del aborigen fue suprimida antes de que pudiera siquiera plantearse. Fue un silencio impuesto por el plomo, el hambre y el destierro. Y es un silencio que continúa en el presente.

¿Por qué, entonces, se conoce tan poco sobre Tasmania? La respuesta apunta directamente a la hegemonía cultural anglosajona, que ha moldeado la percepción global del pasado. A través del cine, la academia y los medios de comunicación, el relato dominante ha convertido al colonizador inglés en un civilizador y al español en un bárbaro. Esta narrativa fue cuidadosamente construida desde el siglo XVI con la ayuda de rivales como los Países Bajos y luego reforzada por el poder geopolítico del Imperio británico y, más tarde, por Estados Unidos.

Este doble rasero histórico ha sido sumamente efectivo. Mientras se celebra la abolición de la esclavitud en el mundo anglosajón, se omite que los británicos fueron durante siglos los principales traficantes de esclavos africanos. Mientras se ensalza su sistema judicial, se olvidan los campos de concentración en Sudáfrica o la hambruna provocada en la India. Tasmania, como símbolo del exterminio absoluto, no encaja en la narrativa edificante del colonialismo británico. Por ello se oculta, se minimiza, se entierra.

La propaganda anglosajona no solo ocultó sus crímenes, sino que amplificó los errores de otros imperios. Así nació y se consolidó la Leyenda Negra: una visión hiperbólica y demonizante del pasado hispano. La inquisición, las guerras de conquista, las epidemias, todo fue inflado, manipulado y universalizado como prueba de la maldad esencial del modelo español. Mientras tanto, el racismo estructural, el genocidio y el apartheid británicos pasaban por respetables sistemas de administración.

La historia hispánica, aunque imperfecta, ofrece ejemplos de integración y de construcción cultural. La existencia de miles de comunidades mestizas, de lenguas indígenas vivas, de instituciones coloniales que siguen en pie, demuestra que no todo fue devastación. En cambio, en muchas colonias británicas, las culturas nativas fueron barridas del mapa. El genocidio de Tasmania es solo una expresión radical de una política más amplia y sistemática: la eliminación del otro cuando este no podía ser asimilado.

Hoy, es urgente reivindicar una mirada más justa y crítica sobre el pasado. No para exonerar los errores del modelo hispano, sino para ponerlos en perspectiva frente a otras experiencias coloniales aún más brutales y menos reconocidas. El genocidio de los aborígenes de Tasmania no puede seguir siendo un secreto incómodo del mundo anglosajón. Así como no puede permitirse que la Leyenda Negra continúe distorsionando la historia de millones de personas en América.

Repetimos lo que nos enseñaron sin cuestionar. Nos dijeron que los españoles destruyeron todo, pero no nos contaron que en América se fundaron universidades antes que en muchas partes de Europa. Que se legisló para proteger a los indígenas. Que se mezclaron sangres, lenguas y creencias. Nos ocultaron que en otros imperios solo se impuso la exclusión y la muerte. Y el caso de Tasmania es la prueba más escalofriante de ello.

La historia no es neutra. Es una construcción política. Y como tal, se puede revisar, cuestionar y reescribir. La verdad no siempre es cómoda, pero es necesaria. Hablar del genocidio británico en Tasmania no es un ejercicio de revancha, sino un acto de justicia. Significa devolver la voz a los que fueron silenciados. Significa también reconocer que la historia hispana, con sus luces y sombras, no merece ser caricaturizada, sino comprendida con profundidad.

Romper con el relato único exige valor. Exige reconocer que el relato que se nos enseñó puede estar incompleto, distorsionado o incluso manipulado. Es tiempo de reclamar una historia propia, una que no se construya sobre la repetición de mitos ajenos, sino sobre el análisis riguroso de los hechos. El modelo español de colonización, con todas sus contradicciones, deja una huella que aún respira en los pueblos, las lenguas y las culturas de América. Tasmania, en cambio, es un eco vacío, un susurro apagado por la violencia.

El debate debe continuar, y debe hacerlo sin filtros ideológicos ni dogmas propagandísticos. Porque solo una historia examinada en su complejidad puede ayudarnos a entender quiénes fuimos y quiénes somos. Y porque, en última instancia, la memoria de Tasmania y de tantas otras voces silenciadas, merece justicia, no olvido.


Referencias:

  1. Ryan, L. (2012). Tasmanian Aborigines: A History Since 1803. Allen & Unwin.
  2. Windschuttle, K. (2002). The Fabrication of Aboriginal History. Macleay Press.
  3. Elliott, J. H. (2006). Empires of the Atlantic World: Britain and Spain in America 1492–1830. Yale University Press.
  4. Fernández-Armesto, F. (2003). The Americas: A Hemispheric History. Modern Library.
  5. Lewis, G. (1998). The Myth of British Imperial Benevolence. History Today.

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