Entre generaciones cada vez más volcadas hacia la inmediatez tecnológica, emerge un llamado urgente a reconsiderar el valor de aquello que no se descarga ni se actualiza: la memoria humana. Más allá de su función práctica, recordar nos define, nos vincula con lo vivido y con lo que otros vivieron antes. En tiempos de acceso ilimitado a datos, cultivar el recuerdo es un acto de profundidad, no de nostalgia. ¿Qué sentido tiene saberlo todo si ya no somos capaces de retener nada? ¿Qué perdemos cuando olvidamos lo que nos hizo humanos?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Mi querido nieto,
No quisiera que esta carta navideña sonara demasiado moralista, al estilo de De Amicis (Edmondo De Amicis - escritor italiano), predicando el amor a nuestros semejantes, a la patria, a la humanidad y cosas por el estilo. No lo tomarías en serio (ya eres adulto y yo soy demasiado viejo), ya que los sistemas de valores han cambiado tanto que mis recomendaciones podrían resultar inapropiadas.
Así que quiero darte solo un consejo, que podría serte útil en la práctica ahora que usas tu tablet. No voy a aconsejarte que dejes de usarla por miedo a parecer un viejo tonto. Yo mismo la uso.
Me gustaría hablarte sobre una enfermedad que ha afectado a tu generación y a la anterior, que ya está en la universidad. Me refiero a la pérdida de la memoria.
Es cierto que si deseas saber quién fue Carlomagno o dónde se encuentra Kuala Lumpur, puedes presionar un botón y descubrir todo en internet al instante. Hazlo cuando necesites, pero, al obtener la información, trata de memorizar su contenido para no tener que buscarlo nuevamente cuando lo necesites en la escuela, por ejemplo. Lo malo es que el hecho de que el ordenador pueda responder a tu pregunta en cualquier momento, te quita el deseo de recordar la información. Este fenómeno se puede comparar con esto: al saber que puedes llegar de una calle a otra en autobús o metro, lo cual es muy conveniente en caso de prisa, decides que ya no es necesario caminar.
Pero si dejas de caminar, te convertirás en una persona que tendrá que moverse en silla de ruedas.
Oh, sé que practicas deportes y sabes cómo manejar tu cuerpo, pero volvamos a tu cerebro.
La memoria es como los músculos de tus piernas. Si dejas de ejercitarla, se volverá flácida y te convertirás en un tonto. Además, todos corremos el riesgo de desarrollar Alzheimer en la vejez, y uno de los métodos para evitar este inconveniente es ejercitando constantemente nuestra memoria.
Esa es mi receta. Cada mañana memoriza un poema corto, como nos hacían hacer de niños. Puedes organizar competencias con tus amigos para ver quién tiene mejor memoria. Si no te gusta la poesía, puedes memorizar las alineaciones de los equipos de fútbol, pero debes conocer a los jugadores no solo del club de Roma, sino también de otros equipos, así como sus alineaciones anteriores (imagina que yo recuerdo los nombres de los jugadores del club de Turín que estaban a bordo del avión que se estrelló en la colina de Superga: Bacigalupo, Ballarin, Maroso, y así sucesivamente). Compite en quién recuerda mejor el contenido de los libros leídos: ¿recuerdan tus amigos los nombres de los sirvientes de los tres mosqueteros y d’Artagnan (Grimaud, Bazin, Mousqueton y Planchet)...? Y si no quieres leer «Los tres mosqueteros» (aunque no sabes lo que te pierdes), haz un juego similar con el libro que hayas leído.
Parece un juego, de hecho es un juego, pero verás cómo tu mente se llena de personajes, historias y los más diversos recuerdos. Quizás te preguntes por qué alguna vez se llamó al ordenador cerebro electrónico. Es porque se diseñó según el modelo de tu (nuestro) cerebro, pero el cerebro humano tiene más conexiones que un ordenador.
El cerebro es un ordenador que siempre está contigo, sus capacidades se expanden a medida que lo ejercitas, mientras que tu ordenador de mesa pierde velocidad después de un uso prolongado y en unos años necesita ser reemplazado. Tu cerebro puede servirte hasta los 90 años, y a los 90, si lo ejercitas, recordarás más de lo que recuerdas ahora. Además, es gratuito.
Luego está la memoria histórica, que no está relacionada con los hechos de tu vida o lo que has leído. Guarda los eventos que ocurrieron antes de tu nacimiento.
Hoy, si vas al cine, debes llegar al comienzo de la película. Cuando la película comienza, básicamente te llevan de la mano, explicándote lo que está sucediendo. En mis tiempos, se podía entrar al cine en cualquier momento, incluso a la mitad de la película. Muchos eventos ya habrían sucedido antes de tu llegada, y tenías que imaginar lo que había ocurrido antes. Cuando la película comenzaba de nuevo, podías ver si tu reconstrucción era correcta. Si la película te gustaba, podías quedarte y verla de nuevo. La vida es similar a ver una película en mis tiempos. Nacemos en un momento en que ya, durante cientos de miles de años, han sucedido muchas cosas, y es importante entender qué ocurrió antes de nuestro nacimiento. Esto es necesario para entender mejor por qué hoy ocurren tantos eventos nuevos.
Hoy en la escuela (además de tu propio círculo de lectura) deberías aprender a recordar lo que ocurrió antes de tu nacimiento, pero no lo hace muy bien. Diversas encuestas muestran que los jóvenes de hoy, incluso los universitarios nacidos en 1990, no saben, o tal vez no quieren saber, qué sucedió en 1980, y mucho menos hace 50 años. Las estadísticas dicen que cuando se les pregunta a los jóvenes quién era Aldo Moro, responden que él dirigía las «Brigadas Rojas», cuando en realidad fue asesinado por miembros de esta organización subversiva de izquierda.
La actividad de las «Brigadas Rojas» sigue siendo un misterio para muchos, y eso que estaban en la escena política hace apenas 30 años. Nací en 1932, diez años después de que los fascistas llegaran al poder, pero sabía quién era el primer ministro durante la marcha sobre Roma. Tal vez en la escuela fascista me contaron sobre él para explicar cuán tonto y malo era este ministro («el cobarde Facta»), depuesto por los fascistas. Puede que sea así, pero lo sabía. Dejemos la escuela a un lado. La juventud de hoy no conoce a las actrices de cine de hace veinte años, pero yo sabía quién era Francesca Bertini, que actuó en el cine mudo 20 años antes de mi nacimiento. Tal vez fue porque hojeaba viejas revistas amontonadas en el desván de nuestra casa. Te sugiero también hojear viejas revistas, porque esto ayuda a entender lo que ocurrió antes de tu nacimiento.
Pero ¿por qué es importante conocer los eventos del pasado lejano? Porque a menudo tales conocimientos ayudan a entender el curso de los eventos actuales y, en cualquier caso, como conocer las alineaciones de los equipos de fútbol, ayudan a enriquecer nuestra memoria.
Ten en cuenta que puedes entrenar tu memoria no solo con libros y revistas, sino también con internet. No solo es útil para charlar con tus amigos, sino también para estudiar la historia mundial. ¿Quiénes eran los hititas y los camisardos? ¿Cómo se llamaban los tres barcos de Colón? ¿Cuándo se extinguieron los dinosaurios? ¿Había timón en el Arca de Noé? ¿Cómo se llamaba el antepasado del toro? ¿Hace cien años había más tigres que ahora? ¿Qué sabes del imperio de Malí? ¿Quién habló de él? ¿Quién fue el segundo papa de la historia? ¿Cuándo se creó Mickey Mouse?
Podría seguir haciendo preguntas infinitamente, y se convertirían en grandes temas de investigación. Todo esto debe ser recordado. Llegará el día en que envejezas, pero te sentirás como si hubieras vivido mil vidas, como si hubieras participado en la batalla de Waterloo, estado presente en el asesinato de Julio César, visitado el lugar donde Berthold Schwarz, mezclando varias sustancias en un mortero en un intento de obtener oro, accidentalmente inventó la pólvora y voló por los aires (¡y bien merecido que lo tenía!). Y otros amigos tuyos, que no buscan enriquecer su memoria, vivirán solo una vida propia, monótona y carente de grandes emociones.
Así que, enriquece tu memoria y mañana memoriza «La Vispa Teresa» (uno de los poemas infantiles más famosos en Italia).
– Umberto Eco
El poder de la memoria en la era digital: una lección de Umberto Eco
Entre la vorágine de pantallas táctiles y la inmediatez de los motores de búsqueda, una advertencia tierna y lúcida resuena desde la voz de un abuelo sabio: la memoria no es un archivo obsoleto, sino un músculo vital que define quiénes somos y qué llegamos a comprender del mundo. En una entrañable carta navideña a su nieto, Umberto Eco desliza una reflexión intergeneracional que trasciende lo anecdótico para convertirse en un llamado urgente a rescatar el valor del recuerdo en tiempos donde todo parece descartable.
Eco evita deliberadamente el tono moralista. Sabe que su nieto pertenece a una generación que ya no responde al sermón, sino a la experiencia. Por eso, su consejo no es prohibitivo ni nostálgico, sino táctico: no dejes de ejercitar tu memoria, aunque tu tablet pueda resolver todas tus dudas. Esta es una exhortación práctica que no reniega de la tecnología, sino que la ubica como aliada, siempre que no sustituya las capacidades humanas que deben cultivarse con rigor y juego.
La analogía es clara: confiar ciegamente en dispositivos para recordar es como dejar de caminar porque existe el transporte público. La memoria, como los músculos, se atrofia si no se usa, y su pérdida no solo nos empobrece intelectualmente, sino que puede tener consecuencias clínicas concretas como el Alzheimer. Por ello, Eco propone juegos de memoria como estrategia lúdica de salud mental: desde recitar poemas hasta aprender alineaciones futbolísticas o recordar personajes de novelas clásicas.
El tono se mantiene ligero, pero el mensaje es rotundo: la inteligencia no se limita al acceso a la información, sino a la capacidad de retener, conectar y revivir esa información. El archivo interno no es reemplazable por la nube. Esta defensa de la memoria no es reaccionaria, sino profundamente humana. En tiempos de externalización cognitiva, Eco recuerda que la mente no solo sirve para buscar datos, sino para entretejerlos en un relato personal y colectivo.
El autor propone cultivar una memoria histórica, esa que va más allá de nuestras vivencias y nos permite comprender el origen de las cosas. Nacer, para Eco, es llegar a mitad de una película. Comprender el presente exige reconstruir el pasado, incluso sin haberlo vivido. Por eso la historia no debe relegarse al aula, sino convertirse en curiosidad personal. Solo así se evita repetir errores y se comprende el tejido invisible que da sentido a los hechos actuales.
El ejemplo del cine es brillante: antes uno podía entrar a mitad de la función y debía deducir el comienzo. Así es la existencia humana. Quien ignora lo que ocurrió antes de su nacimiento vive desconectado del guion completo. La memoria histórica nos dota de contexto, y en tiempos donde los discursos se fragmentan y manipulan con facilidad, recordar es también un acto de defensa intelectual y política.
Eco lamenta que muchos jóvenes ignoren acontecimientos recientes como el asesinato de Aldo Moro o la actividad de las Brigadas Rojas. Y no se trata de reproche, sino de una constatación cultural: la falta de contexto histórico debilita la comprensión del presente. Saber quién fue Francesca Bertini, actriz del cine mudo, puede parecer irrelevante, pero es un ejercicio de sensibilidad hacia lo que vino antes, hacia el mosaico de referencias que nos preceden y enriquecen.
Por eso invita a hojear revistas antiguas. El gesto, casi poético, se convierte en método: sumergirse en las huellas del pasado despierta la imaginación, la empatía y el pensamiento crítico. Es una pedagogía del tiempo. Quien solo vive en el presente digital, atrapado en la inmediatez del clic, pierde el eco de mil voces que aún pueden hablar si las recordamos.
Además, el entrenamiento de la memoria no tiene por qué limitarse a libros polvorientos. El mismo internet puede ser una fuente rica de exploración, si se usa con curiosidad genuina y no solo como vía rápida de respuesta. Eco propone preguntas aparentemente banales —como los nombres de los barcos de Colón o la existencia de timón en el Arca de Noé— para abrir puertas al asombro y al conocimiento enciclopédico, no en el sentido de acumular datos, sino de ensanchar la experiencia vital.
Este enfoque de Eco es radicalmente humanista: memorizar no es almacenar datos, sino expandir el alma. La memoria nos convierte en interlocutores de épocas remotas, en testigos de batallas, descubrimientos y tragedias que, sin haber vivido, podemos hacer nuestras a través del recuerdo. Así, el cerebro no es solo un procesador, sino un escenario donde se representan mil vidas.
Por eso concluye con un gesto tan humilde como poderoso: memorizar un poema infantil. No importa su aparente simplicidad; lo esencial es el acto de recordar por el placer de hacerlo, por la disciplina que implica y por la belleza que despierta. Este gesto cotidiano se convierte en una forma de resistencia frente al olvido sistemático que nos impone el presente.
La carta de Eco es, en definitiva, un manifiesto silencioso a favor de la memoria como forma de libertad. En un mundo que cada vez más delega sus funciones en máquinas, ejercitar el recuerdo es una forma de seguir siendo plenamente humanos. Porque, como él mismo dice, mientras los ordenadores se ralentizan y deben reemplazarse, el cerebro, si se entrena, puede brillar hasta los 90 años.
Aceptar este legado no es un gesto de obediencia filial, sino un acto de rebeldía lúcida. En una cultura que celebra lo nuevo y descarta lo anterior, recordar es revolucionario. Es elegir vivir no una, sino mil vidas. Es rechazar la pasividad del espectador para asumir el rol del narrador. Eco nos invita a ser protagonistas de nuestra memoria, y con ello, a conservar algo profundamente humano en tiempos que tienden a lo transitorio.
Recordar no es acumular, sino transformar. El dato se vuelve sabiduría cuando se integra a nuestra historia interior. La memoria, bien cultivada, es una fuente inagotable de asombro, entendimiento y emoción. Es el modo más íntimo de resistir a la banalidad del olvido, y de mantener viva la llama del pensamiento crítico, la imaginación y el afecto. Por eso Eco no ruega: sugiere, inspira y deja que cada lector descubra, en su propia conciencia, el valor inestimable de recordar.
Referencias APA:
Eco, U. (2014). Carta a mi nieto sobre la memoria. En Correo de la Navidad.
Carr, N. (2010). The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains. W. W. Norton & Company.
Foer, J. (2011). Moonwalking with Einstein: The Art and Science of Remembering Everything. Penguin.
Hobsbawm, E. (1995). The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914–1991. Vintage.
Wertsch, J. V. (2002). Voices of Collective Remembering. Cambridge University Press.
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