Entre los pliegues más inquietantes de la historia cultural, se oculta un fenómeno que tensiona los límites de la civilización y la barbarie: los zoos humanos. Antes de reinventar el zoológico moderno, Europa ensayó su mirada sobre el otro con cuerpos humanos en exhibición. No fue un desliz anecdótico, sino parte estructural de un pensamiento que legitimó jerarquías raciales mediante el espectáculo. ¿Cuánto de ese pasado sigue moldeando nuestra forma de mirar? ¿Hemos dejado realmente atrás la jaula ideológica?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
El origen oscuro del zoológico moderno: humanos en exhibición
En el corazón del siglo XIX, cuando Europa se encontraba inmersa en la expansión colonial, el concepto de exhibición pública de seres vivos tomó una forma inquietante. Carl Hagenbeck, un empresario alemán nacido en Hamburgo, transformó para siempre la manera en que las sociedades modernas se relacionan con el mundo animal. Su visión del zoológico moderno sin barrotes revolucionó el diseño de estos espacios. Pero antes de aplicarla a los animales, Hagenbeck la probó con seres humanos.
Las llamadas exhibiciones etnológicas se popularizaron en Europa como una combinación de entretenimiento, pseudociencia y propaganda colonial. En estos eventos, grupos de personas de distintos pueblos indígenas eran traídos desde África, Asia o América para ser mostrados al público occidental. Estos “zoos humanos”, como se los conoce hoy, pretendían mostrar cómo vivían los pueblos “exóticos” y “primitivos”, reforzando así una visión jerárquica y racista del mundo.
Carl Hagenbeck organizó una de las primeras y más exitosas exhibiciones humanas en 1874, trayendo un grupo de sami (lapones) desde Escandinavia. El público acudió en masa para ver a estos “nativos” en lo que se presentaba como su entorno natural, cuidadosamente recreado. Posteriormente, replicó esta fórmula con nubios, somalíes, filipinos y otras etnias. Las presentaciones incluían bailes, cantos y escenas de la vida cotidiana, todo pensado para generar una experiencia inmersiva.
Estas exhibiciones se vendían como una forma de educación científica y cultural, pero estaban impregnadas de exotismo, racismo y deshumanización. Los visitantes no solo observaban sino que interactuaban con los exhibidos como si fueran parte de un espectáculo circense. La distinción entre animal y humano quedaba difusa en estos contextos, como si todos los “otros” pudieran reducirse a lo meramente visual, lo estático, lo no occidental.
Hagenbeck sostenía que su propósito era mostrar al público la diversidad del mundo. No obstante, el modelo que impuso fue profundamente instrumentalizador. Al organizar estas exhibiciones en ferias internacionales, parques zoológicos y museos, naturalizó la idea de que los cuerpos no europeos podían ser coleccionados, clasificados y mostrados. Así, el modelo de zoológico moderno no nació en un vacío ético, sino en el mismo caldo ideológico del imperialismo europeo.
Los zoos humanos no fueron un fenómeno marginal ni limitado a Alemania. En París, Londres, Bruselas y Nueva York, millones de personas asistieron a estas muestras. La Exposición Colonial de París en 1931, por ejemplo, atrajo más de treinta millones de visitantes. Las metrópolis occidentales competían por exhibir las culturas que dominaban, reafirmando su lugar en la cúspide de la civilización. Estas prácticas legitimaban, ante los ojos del ciudadano común, la empresa colonial.
Uno de los casos más trágicos fue el de Ota Benga, un hombre mbuti del Congo que fue llevado a los Estados Unidos y exhibido en el zoológico del Bronx en 1906. Fue colocado en la jaula de los monos, como parte del “espectáculo”. A pesar de las protestas de líderes afroamericanos, como el reverendo James H. Gordon, la dirección del zoológico defendió la exhibición como educativa. Ota Benga terminó suicidándose años después, marcado por la humillación y el desarraigo.
La paradoja del legado de Hagenbeck es que su visión del zoológico como espacio naturalizado sigue siendo dominante en la actualidad. Su concepción de recintos abiertos, sin jaulas visibles, donde los animales puedan moverse libremente dentro de un entorno artificialmente “salvaje”, es la base de muchos zoológicos contemporáneos. Sin embargo, esta estética de lo natural tuvo un origen profundamente artificial y violento, cuando se aplicó por primera vez sobre cuerpos humanos.
El auge del darwinismo social en el siglo XIX sirvió como marco teórico para justificar estas prácticas. Se creía que las culturas humanas podían ordenarse en una escala evolutiva, desde lo salvaje hasta lo civilizado. Las exhibiciones etnológicas ofrecían una “prueba viviente” de estas ideas, al presentar a los pueblos indígenas como peldaños inferiores. Así, la pseudociencia racial encontró un aliado en el espectáculo público y en la industria del entretenimiento.
Aunque hoy condenamos moralmente estas prácticas, sus efectos persisten. La idea de que ciertos cuerpos pueden ser observados, clasificados y expuestos sin considerar su dignidad no ha desaparecido del todo. La representación de la alteridad en museos, medios y hasta en redes sociales, muchas veces repite lógicas coloniales disfrazadas de curiosidad o exotismo. La historia de los zoos humanos es, por tanto, una advertencia sobre los peligros de la deshumanización cultural.
El uso de personas como objetos de consumo visual habla de una larga tradición occidental de apropiación del otro. No se trata solo de una cuestión histórica, sino de una estructura de pensamiento que sigue moldeando nuestras formas de mirar, de entender y de categorizar al mundo. La mirada que convierte en espectáculo a un ser humano, que lo reduce a su vestimenta o a su danza, es la misma que impulsa hoy ciertas formas de turismo y de representación audiovisual.
En el plano académico, los estudios sobre los zoos humanos han cobrado fuerza en las últimas décadas, especialmente desde la crítica poscolonial. Investigadores como Pascal Blanchard y Nicolas Bancel han documentado cientos de estas exhibiciones, revelando cómo fueron parte integral del aparato ideológico colonial. Su trabajo no solo expone la violencia simbólica de estos eventos, sino también el silencio que les siguió en la historia oficial de las instituciones culturales.
El caso de Hagenbeck es un claro ejemplo de cómo la innovación tecnológica o arquitectónica puede estar al servicio de fines profundamente cuestionables. Su legado no debe ser visto como el de un simple reformador del zoológico, sino como parte de un sistema que instrumentalizó cuerpos humanos y animales para alimentar el imaginario colonial europeo. Comprender esta genealogía es indispensable para pensar críticamente nuestras instituciones contemporáneas.
El zoológico, tal como lo conocemos hoy, nació con una contradicción profunda: ser espacio de conservación, pero también de dominación. En sus orígenes, la conservación no era de especies amenazadas, sino de jerarquías raciales. El zoológico no surgió como un santuario para la vida, sino como un teatro de la diferencia. Solo si reconocemos esta tensión podremos avanzar hacia modelos más éticos de representación y coexistencia con lo no humano.
La historia del zoológico moderno, entonces, no puede disociarse de la historia del racismo científico, del espectáculo colonial y de la construcción de la otredad. Nombrar esta relación, visibilizar sus orígenes y cuestionar su legado no es un ejercicio de revisionismo superficial, sino un acto de responsabilidad histórica. Porque mientras no enfrentemos estas raíces, las jaulas más peligrosas seguirán siendo invisibles.
El paso del zoológico humano al zoológico animal no fue una evolución ética, sino una reconfiguración del mismo impulso: controlar, observar, clasificar. La diferencia es que hoy los barrotes son más sofisticados y la conciencia colectiva más alerta. Sin embargo, la deuda moral persiste. ¿Cómo honrar la memoria de quienes fueron tratados como bestias por el simple hecho de ser diferentes? ¿Y qué nos dice esto sobre la forma en que seguimos representando al otro?
Referencias:
- Blanchard, P., Bancel, N., & Lemaire, S. (2008). Zoos humains: De la mise en scène des “sauvages” à l’invention de l’homme moderne. Éditions La Découverte.
- Qureshi, S. (2011). Peoples on Parade: Exhibitions, Empire, and Anthropology in Nineteenth-Century Britain. University of Chicago Press.
- Coombes, A. E. (1994). Reinventing Africa: Museums, Material Culture and Popular Imagination in Late Victorian and Edwardian England. Yale University Press.
- Rothfels, N. (2002). Savages and Beasts: The Birth of the Modern Zoo. Johns Hopkins University Press.
- Riggs, D. W. (2014). “Human Zoos and the Ethics of Ethnographic Display.” History and Anthropology, 25(3), 303–318.
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