Entre los pliegues más fascinantes del Barroco, la música se erige como un faro de esplendor y contradicción. En este escenario vibrante, figuras como Bach y Händel transformaron el arte sonoro en patrimonio universal, mostrando cómo la creación humana puede trascender épocas y fronteras. Pero toda grandeza se ve enfrentada a los límites de la fragilidad, recordándonos que incluso los genios comparten la condición mortal. ¿Qué revela esta paradoja sobre la relación entre arte y destino? ¿Puede la eternidad de la música vencer la caducidad del cuerpo?
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Händel, Bach y el matasanos que dejó ciego el Barroco
En el convulso y espléndido siglo XVIII, el Barroco alcanzó uno de sus puntos más altos en el terreno musical. En este escenario nacieron y florecieron Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel, dos figuras colosales que, a pesar de no haberse encontrado jamás, compartieron un año natal, un idioma cultural y, paradójicamente, un mismo destino trágico: la ceguera. Detrás de este infortunio se encontraba John Taylor, un supuesto oculista que pasó a la historia más por sus desastres médicos que por sus éxitos.
Ambos compositores, nacidos en 1685 con apenas doscientos kilómetros de distancia, desarrollaron carreras musicales deslumbrantes. Bach encarnaba el rigor contrapuntístico llevado a su máxima expresión y Händel, por su parte, dominaba con maestría la ópera y el oratorio. Sus obras trascendieron lo religioso y lo cortesano para convertirse en pilares de la cultura universal. Sin embargo, tras décadas de intensa creación, los problemas de visión comenzaron a oscurecer sus últimos años de vida.
Las cataratas, comunes en la vejez y sin tratamiento efectivo en la época, fueron el detonante de su tragedia. Bach, a los 65 años, ya casi incapaz de escribir, aceptó en 1750 la intervención de Taylor, quien le practicó dos operaciones consecutivas en un breve intervalo. El resultado fue devastador: la ceguera total y, según fuentes contemporáneas, un deterioro acelerado que precipitó su muerte pocas semanas después. Händel, que aún conservaba cierta visión en 1752, cayó igualmente en las manos del charlatán y perdió irremediablemente la vista.
John Taylor se presentaba con la pompa propia de un personaje teatral. Se hacía llamar “Oculista del Rey” y viajaba en carruajes adornados con grandes ojos pintados, como si se tratara de una feria ambulante de milagros. Sus métodos eran, a la luz de la medicina moderna, una mezcla peligrosa de superstición y negligencia: colirios elaborados con sangre de palomas, azúcar pulverizada y sal horneada, acompañados de sangrías y laxantes que debilitaban aún más a los pacientes. La práctica quirúrgica oftalmológica en aquel tiempo carecía de técnicas estandarizadas, y en sus manos derivaba en desastres irreparables.
El caso de Bach es particularmente conmovedor. El Kantor de Leipzig había dedicado su vida a explorar las posibilidades infinitas del contrapunto, dejando como legado una obra monumental que exigía concentración y esfuerzo. En el ocaso de su vida, sometido a las operaciones fallidas de Taylor, quedó reducido a la oscuridad absoluta. Las complicaciones posoperatorias y los ungüentos inadecuados habrían acelerado su final. Así, la muerte del gran maestro coincidió con la imposibilidad de ver el mundo y sus partituras en sus últimos días.
Händel, por su parte, sobrevivió siete años más tras la intervención de Taylor. Aunque su vista desapareció, conservó la fuerza interior que lo había caracterizado. Su memoria prodigiosa le permitió seguir dirigiendo y componiendo, con ayuda de asistentes que transcribían lo que él dictaba. Obras como Jephtha, escrita en ese periodo, muestran un pathos que muchos críticos asocian con la experiencia de la ceguera y la fragilidad humana. El relato de John Mainwaring, primer biógrafo del compositor, confirma que el “tratamiento inapropiado” del oculista precipitó la pérdida total de visión.
La paradoja histórica radica en que Taylor no ocultó jamás estas intervenciones. Al contrario, presumía en sus discursos de haber operado a los dos mayores genios musicales de su tiempo, como si la fama de sus pacientes fuera garantía de éxito. Poco importaba que el desenlace fuera desastroso: lo esencial para él era el prestigio efímero que lograba entre las élites cortesanas y urbanas. Esta actitud revela el trasfondo cultural de una Europa en transición entre la superstición médica y la lenta consolidación de la ciencia moderna.
El Barroco fue un tiempo de contrastes: esplendor artístico, avances científicos incipientes y, al mismo tiempo, persistencia de prácticas pseudomédicas. La oftalmología, en particular, era un campo plagado de charlatanes. La cirugía ocular sin anestesia, sin antisepsia ni conocimientos sólidos de fisiología, representaba un riesgo enorme. Bach y Händel, desesperados por conservar su vista y seguir componiendo, terminaron siendo víctimas de ese contexto en el que la esperanza superaba a la evidencia.
No obstante, la grandeza de ambos trasciende la desgracia. La ceguera no borró sus logros ni disminuyó la admiración que generaciones posteriores sentirían por su música. En el caso de Händel, incluso ciego, su capacidad de conmover al público seguía intacta, como quedó demostrado en los conciertos benéficos de sus últimos años. En Bach, la tragedia añade un tono casi mítico a su muerte, como si la oscuridad final hubiera sellado de manera simbólica una vida entregada a iluminar al mundo con armonías sublimes.
La figura de Taylor, en cambio, quedó fijada en la memoria histórica como ejemplo del médico itinerante que se beneficia de la credulidad. Su retórica grandilocuente, sus carruajes ostentosos y su insistencia en títulos honoríficos construyeron una fachada convincente para muchos, pero su legado fue el de un verdugo involuntario del Barroco. Resulta irónico que, en lugar de haber merecido un Aleluya, lo que realmente evocan sus acciones es un lúgubre Dies irae.
Hoy, con la distancia de los siglos, este episodio invita a reflexionar sobre la fragilidad de los genios frente a los límites de su tiempo. El talento artístico más extraordinario no protege contra la enfermedad ni contra la negligencia médica. La historia de Bach y Händel nos recuerda la importancia de la ética en la práctica científica y de la responsabilidad profesional en el cuidado de la salud. La música que dejaron, inmortal e imperecedera, contrasta con la fugaz impostura de Taylor, condenado a la memoria como el charlatán que oscureció a dos de los grandes pilares del arte occidental.
En última instancia, la tragedia de la ceguera de Bach y Händel ilustra el choque entre la aspiración humana de eternidad —expresada en sus composiciones— y la finitud del cuerpo sometido a los azares de la enfermedad. Ambos alcanzaron una gloria inmortal, pero no pudieron escapar de la vulnerabilidad que define nuestra condición. El “matasanos” que los privó de la vista no logró, sin embargo, apagar la luz de su música, que sigue brillando en auditorios, iglesias y teatros de todo el mundo, más intensa que nunca.
Referencias
- Mainwaring, J. (1760). Memoirs of the Life of the Late George Frederic Handel. London: R. and J. Dodsley.
- Wolff, C. (2000). Johann Sebastian Bach: The Learned Musician. New York: W. W. Norton & Company.
- Burrows, D. (1997). Handel. New York: Oxford University Press.
- Porter, R. (1997). The Greatest Benefit to Mankind: A Medical History of Humanity. London: HarperCollins.
- Loudon, I. (2001). Medical Care and the General Practitioner, 1750–1850. Oxford: Clarendon Press.
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