Entre la bruma de las primeras expediciones españolas en el Caribe, surgió una figura que combinaba ferocidad, lealtad y estrategia: Becerrillo, el perro de guerra que transformó la conquista de América. Su presencia alteraba el curso de batallas, imponiendo terror y disciplina donde la fuerza humana sola no bastaba. ¿Cómo un animal llegó a ser un arma decisiva en campañas coloniales? ¿Qué nos revela su historia sobre el poder y la violencia de la conquista?
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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Becerrillo: El Perro de Guerra en la Conquista Española de América
Los perros de guerra han acompañado a las civilizaciones humanas en sus conflictos durante milenios, sirviendo como aliados formidables en batallas y campañas. Desde los antiguos egipcios hasta los romanos, estos animales se emplearon en roles de exploración, vigilancia y combate directo. En el contexto de la conquista de América, los españoles introdujeron esta práctica con una efectividad devastadora, utilizando razas como los alanos para someter poblaciones indígenas. Cristóbal Colón fue pionero al incorporar perros en sus expediciones represivas en La Española en 1494, extendiendo así su uso por todo el Nuevo Mundo. Esta táctica no solo amplificaba la superioridad militar europea, sino que infundía terror psicológico entre los nativos, quienes veían en estos canes bestias infernales. Entre ellos, Becerrillo emergió como el más legendario, un símbolo de la ferocidad colonial que transformó el curso de la historia americana.
Becerrillo, cuyo nombre evoca “torito” por su robustez, perteneció inicialmente al explorador Juan Ponce de León, aunque fue custodiado frecuentemente por capitanes como Diego Guilarte de Salazar y Sancho de Aragón. Se cree que nació alrededor de 1500 en las perreras de La Española, aunque sus orígenes exactos permanecen envueltos en misterio. Las primeras menciones documentadas datan de 1511, describiéndolo ya como un mastín de pelaje rojo y ojos marrones, marcado por cicatrices de innumerables escaramuzas. Este perro no era un mero compañero; representaba una innovación en la guerra asimétrica, donde la lealtad canina se convertía en arma letal contra enemigos numéricamente superiores. Su entrenamiento riguroso lo convirtió en un rastreador infalible y un verdugo selectivo, capaz de discernir entre aliados y adversarios con precisión asombrosa.
El adiestramiento de Becerrillo por parte de Ponce de León fue meticuloso, enfocado en potenciar sus instintos naturales para fines bélicos. Se le enseñó a perseguir fugitivos indígenas, a emboscar en la oscuridad y a atacar sin piedad en el fragor de la batalla. Una anécdota crónica relata cómo, en una sola redada nocturna, eliminó a 33 nativos en menos de una hora, un hecho que propagó su infamia entre las comunidades taínas y caribes. Los indígenas, aterrorizados, afirmaban temer más a diez soldados acompañados de Becerrillo que a cien sin él. Esta percepción no era exagerada; el perro no solo mataba, sino que desmoralizaba, rompiendo la cohesión enemiga antes de que las espadas españolas entraran en acción. En el marco de la conquista española de Puerto Rico, iniciada en 1508, Becerrillo se convirtió en un pilar de las operaciones punitivas, ampliando el control territorial con eficiencia brutal.
La lealtad de Becerrillo trascendía lo instintivo, rayando en lo heroico según las crónicas. Capaz de arriesgar su vida por cualquier compañero de armas, este canino encarnaba los ideales de fidelidad que los conquistadores proyectaban sobre sus mascotas. Como recompensa por sus servicios, recibía doble ración de alimento —a menudo superior a la de los infantes— y un salario equivalente al de un ballestero, unos 34 maravedíes mensuales. Esta remuneración oficial lo elevaba al estatus de soldado, un honor inusual que subrayaba su valor estratégico en la guerra de perros en América. Tales incentivos no eran capricho; reflejaban la doctrina militar española, donde cada recurso, por exótico que fuera, se monetizaba para maximizar la moral y la eficacia. Becerrillo, así, no era solo un arma, sino un miembro remunerado del ejército, integrándose en la jerarquía colonial con una naturalidad perturbadora.
Sin embargo, las narraciones históricas también revelan matices en la ferocidad de Becerrillo, como el episodio de la “misericordia” que humaniza su legado. Durante un campamento cerca de Caparra, en Puerto Rico, el capitán Salazar, en un acto de cruel diversión, encomendó a una anciana indígena entregar un mensaje falso al gobernador, liberando luego al perro con orden de atacarla. La mujer, arrodillada, imploró: “Por favor, mi señor perro, no me hagas daño”. Becerrillo, olfateándola, desobedeció y se retiró, un gesto interpretado como compasión divina. El gobernador Ponce de León, al enterarse, liberó a la mujer y decretó: “No permitiré que la clemencia de un perro eclipse la de un cristiano”. Esta anécdota, registrada en crónicas contemporáneas, ilustra las tensiones éticas en la conquista, donde incluso un animal de guerra cuestionaba la barbarie humana.
Este relato de clemencia contrasta con el rol predominante de Becerrillo en los “aperreamientos”, castigos donde perros devoraban vivos a indígenas acusados de rebeldía o herejía. Tales prácticas, extendidas desde La Española hasta México y Perú, formaban parte de una estrategia de terror que complementaba la superioridad tecnológica española. Becerrillo, junto a otros como Leoncico, participaba en estas ejecuciones públicas, reforzando la dominación cultural y religiosa. Los cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo, documentan cómo estos canes, protegidos con cotas de malla de algodón, infundían pánico al punto de que los nativos los veneraban como demonios. En la historia de los perros conquistadores, Becerrillo destaca por su versatilidad: centinela nocturno, ariete en asaltos y ejecutor en represalias, acortando campañas que de otro modo habrían sido prolongadas y costosas.
La vida de Becerrillo culminó en un acto de supremo sacrificio en 1514, durante una incursión en la isla de Vieques. Indígenas caribes capturaron a Sancho de Aragón, su último custodio, pero el perro irrumpió en el campamento enemigo, forzando su liberación. Persiguiendo a los fugitivos en canoas, nadó tras ellos, exponiéndose a una lluvia de flechas envenenadas que lo abatieron. Su entierro fue secreto, un secreto mantenido para perpetuar el mito y el miedo entre los nativos. Las crónicas lo lloran más que a muchos soldados caídos, elevándolo a figura trágica. Esta muerte no solo cierra su biografía individual, sino que simboliza el fin de una era en la que los animales se convertían en protagonistas de la epopeya colonial, pagando con su sangre el precio de la ambición humana.
El legado de Becerrillo en la conquista de las Américas por perros de guerra es multifacético, fusionando admiración militar con repudio ético. Por un lado, su eficacia aceleró la sumisión de territorios como Puerto Rico y Florida, facilitando la implantación del virreinato español. Los conquistadores lo veían como un “héroe de cuatro patas”, cuya inteligencia y bravura compensaban las desventajas numéricas. Por otro, su historia expone la crueldad inherente a la colonización, donde la lealtad canina se pervirtió en instrumento de genocidio cultural. Bartolomé de las Casas, en sus denuncias, critica estos usos como abominaciones que degradaban la cristiandad, argumentando que tales bestias eclipsaban la humanidad de sus amos.
En el análisis histórico contemporáneo, Becerrillo representa la intersección entre zoología y geopolítica, donde razas europeas como el mastín español se adaptaron a entornos tropicales para imponer hegemonía. Estudios modernos destacan cómo estos perros no solo combatían, sino que alteraban dinámicas ecológicas, introduciendo depredadores en ecosistemas indígenas y contribuyendo a la desestabilización demográfica. La narrativa de su “misericordia” sirve como lente para examinar contradicciones coloniales: un imperio que se autoproclamaba civilizador recurría a métodos primitivos de terror. Así, Becerrillo no es mero anecdotario; encarna las paradojas de la expansión europea, donde la domesticación de la naturaleza —incluyendo a los animales— facilitaba la dominación de pueblos.
Reflexionando sobre el impacto duradero de Becerrillo, es evidente que su figura persiste en la memoria colectiva de América Latina, evocando tanto el horror de la conquista como la complejidad de la lealtad inter-especies. En Puerto Rico, su nombre evoca leyendas taínas que lo pintan como un “diablo encarnado”, mientras que en la historiografía española se le rinde homenaje como pilar de la gesta imperial. Esta dualidad subraya cómo los animales de guerra trascienden su época, convirtiéndose en metáforas de poder asimétrico. Hoy, en debates sobre etología militar y derechos animales, Becerrillo invita a cuestionar el costo humano y no humano de las ambiciones territoriales, recordándonos que la historia no es solo de hombres, sino de todos los seres que la forjaron.
La conclusión de esta exploración sobre Becerrillo y los perros de la conquista radica en su rol como catalizador de transformación histórica. Su entrenamiento, hazañas y muerte ilustran cómo la guerra colonial española integró elementos no humanos para lograr objetivos imperiales, acentuando desigualdades tecnológicas y culturales. Aunque su ferocidad facilitó avances territoriales, también perpetuó ciclos de violencia que marcaron el continente. Fundamentado en crónicas primarias y análisis secundarios, el caso de Becerrillo revela que la verdadera “bestia” no era el perro, sino el sistema que lo instrumentalizó.
En última instancia, su legado nos urge a confrontar las sombras de la historia, promoviendo una narrativa inclusiva que honre a las víctimas y cuestione los tropos heroicos de la colonización. Así, Becerrillo permanece no como villano o héroe, sino como testigo silencioso de una era definitoria.
Referencias
Fernández de Oviedo, G. (1959). Historia general y natural de las Indias (J. Pérez de Tudela y Bueso, Ed.). Madrid: Atlas.
Las Casas, B. de. (1981). Historia de las Indias (A. Millares Carlo, Ed.). México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.
Mártir de Anglería, P. (1944). Décadas del Nuevo Mundo. Buenos Aires: Bajel.
Varner, J. G., & Varner, J. J. (1983). Dogs of the conquest. Norman: University of Oklahoma Press.
Díaz del Castillo, B. (1991). Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (M. León-Portilla, Ed.). Madrid: Historia 16.
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