Entre la comodidad de las creencias arraigadas y la exigencia de la razón, se despliega el arte de filosofar, un desafío constante a lo que damos por cierto sin cuestionarlo. Bertrand Russell nos invita a examinar los fundamentos de nuestras opiniones y descubrir cuánto de ellas es confort y cuánto verdad. ¿Estamos dispuestos a confrontar nuestras convicciones más queridas? ¿Podemos transformar la certeza en un ejercicio de reflexión racional?
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Si deseas convertirte en filósofo, lo primero que debes comprender es que la mayoría de las personas viven con un mundo de creencias que carece de justificación racional, y que el mundo de creencias de una persona tiende a ser incompatible con el de otra, por lo que ambas no pueden tener razón. Las opiniones de las personas están diseñadas principalmente para sentirse cómodas; la verdad, para la mayoría, es una consideración secundaria.
— Bertrand Russell, El arte de filosofar: y otros ensayos (1968), Ensayo I: El arte de la conjetura racional (1942), pág. 7
La Filosofía como Conjetura Racional: Desafiando Creencias Injustificadas en un Mundo de Opiniones Cómodas
La cita de Bertrand Russell en El arte de filosofar captura la esencia del pensamiento filosófico en su forma más pura: una invitación a cuestionar las bases de nuestras creencias cotidianas. Russell, un pilar de la filosofía analítica del siglo XX, argumenta que la mayoría de las personas navegan por la vida ancladas en un vasto conjunto de convicciones que carecen de justificación racional. Estas creencias no surgen de un escrutinio lógico, sino de tradiciones, emociones o influencias culturales que priorizan la comodidad sobre la verdad. En un mundo donde las opiniones chocan con frecuencia, Russell nos recuerda que la incompatibilidad entre sistemas de creencias implica que, en última instancia, solo una puede alinearse con la realidad objetiva. Esta tensión entre confort y racionalidad define el arte de filosofar, un proceso de conjetura racional que transforma la mera opinión en conocimiento fundamentado. Explorar esta idea no solo ilumina el rol de la filosofía en la sociedad moderna, sino que también ofrece herramientas para superar creencias irracionales en la vida cotidiana, fomentando un diálogo más constructivo y veraz.
Para comprender el alcance de la observación de Russell, es esencial examinar cómo se forman estas creencias injustificadas. Desde la infancia, los individuos absorben narrativas de su entorno familiar, educativo y mediático, que a menudo se solidifican sin cuestionamiento. La psicología cognitiva contemporánea, alineada con el escepticismo racional de Russell, revela sesgos como la confirmación, donde las personas buscan evidencia que refuerce sus preconcepciones mientras ignoran contradicciones. En contextos políticos o religiosos, estas creencias se convierten en identidades, haciendo que cualquier desafío racional se perciba como una amenaza personal. Russell, en su ensayo de 1942, ilustra esto con ejemplos cotidianos: el ateo devoto que descarta la fe sin evidencia, o el creyente que se aferra a dogmas sin prueba empírica. Ambas posturas ilustran cómo la filosofía racional exige no solo rechazar lo infundado, sino justificar activamente lo que se acepta. En una era de desinformación digital, reconocer estas dinámicas es crucial para cultivar el pensamiento crítico y evitar el conflicto de opiniones derivado de bases frágiles.
La incompatibilidad inherente entre sistemas de creencias representa un pilar central en la crítica russelliana. Si dos personas sostienen visiones mutuamente excluyentes sobre un mismo fenómeno —por ejemplo, el origen del universo o la naturaleza de la moralidad—, la lógica dicta que al menos una debe estar equivocada. Russell, influido por el empirismo lógico, enfatiza que la verdad no es democrática; no se resuelve por mayoría ni por fervor emocional. Esta noción resuena en debates contemporáneos, como el choque entre visiones científicas y pseudocientíficas sobre el cambio climático. Aquí, las creencias cómodas —aquellas que alinean con intereses económicos o ideológicos— prevalecen sobre datos empíricos, perpetuando divisiones sociales. La conjetura racional, como propone Russell, ofrece un antídoto: un método hipotético-deductivo donde se formulan suposiciones probables y se someten a pruebas rigurosas. Al aplicar esto, los individuos pueden navegar el conflicto de opiniones no con confrontación, sino con empatía informada, reconociendo que la búsqueda de justificación compartida fortalece el tejido social.
Más allá de la lógica, Russell destaca el rol primordial del confort en la arquitectura de las opiniones humanas. Las creencias no son meros constructos intelectuales; sirven como escudos emocionales contra la incertidumbre existencial. En un mundo caótico, aferrarse a narrativas predecibles proporciona estabilidad psicológica, incluso si sacrifican la precisión. Esta priorización del bienestar subjetivo sobre la verdad objetiva explica fenómenos como el tribalismo cognitivo, donde grupos refuerzan mutuamente sus ilusiones colectivas. Russell, con su aguda ironía, sugiere que la verdad es una “consideración secundaria” porque el costo de su persecución —duda, aislamiento o reevaluación personal— es alto. Sin embargo, la filosofía invita a un coraje intelectual: imaginar un mundo donde las opiniones se diseñen para la veracidad, no para la complacencia. En la práctica, esto implica prácticas como el journaling reflexivo o el debate socrático, herramientas accesibles que desmantelan creencias irracionales sin sacrificar la humanidad. Así, el arte de filosofar emerge no como un lujo elitista, sino como una necesidad democrática para una sociedad que valora la racionalidad por encima del consuelo efímero.
Transitar hacia la filosofía racional requiere un replanteamiento fundamental de cómo interactuamos con el conocimiento. Russell aboga por la conjetura como un arte: no una certeza absoluta, sino una aproximación provisional guiada por evidencia disponible. Esto contrasta con el dogmatismo que domina las opiniones populares, donde la verdad se absolutiza sin margen para revisión. En campos como la epistemología, esta perspectiva se alinea con el falibilismo de Karl Popper, quien argumenta que el conocimiento avanza mediante refutaciones, no confirmaciones. Aplicado a la vida cotidiana, significa cuestionar no solo las creencias ajenas, sino las propias: ¿Por qué creo en esta ideología política? ¿Qué evidencia sustenta mi visión ética? Tales interrogantes, aunque incómodos, liberan de las cadenas del confort intelectual. En un contexto de polarización global, donde las redes sociales amplifican ecos de opiniones incompatibles, la filosofía ofrece un puente: el diálogo basado en conjeturas compartidas que priorizan hechos sobre sentimientos. De este modo, superar creencias injustificadas no es un acto solitario, sino un catalizador para comunidades más resilientes y veraces.
Históricamente, la tensión entre creencias cómodas y racionalidad ha impulsado avances filosóficos monumentales. Consideremos el Renacimiento, cuando figuras como Descartes desafiaron dogmas eclesiásticos mediante el método de duda sistemática, un precursor de la conjetura russelliana. En el siglo XX, Russell mismo aplicó esta lente al pacifismo y al ateísmo, criticando cómo las naciones justificaban guerras con narrativas nacionalistas infundadas. Hoy, en debates sobre inteligencia artificial o bioética, las opiniones se dividen entre optimistas utópicos y pesimistas distópicos, ambas ancladas en miedos o esperanzas más que en análisis riguroso. La filosofía analítica, herencia de Russell, proporciona marcos para desglosar estos dilemas: lógica proposicional para evaluar argumentos, y ontología para clarificar suposiciones subyacentes. Al integrar estos elementos, los pensadores contemporáneos pueden trascender el conflicto de opiniones, fomentando innovaciones éticas que equilibren progreso con precaución. Esta tradición ilustra que la filosofía no es abstracta; es un instrumento práctico para navegar la complejidad humana con integridad.
En la esfera social, el predominio de creencias injustificadas erosiona la cohesión colectiva. Cuando opiniones incompatibles se enraízan en confort emocional, surgen polarizaciones que obstaculizan el progreso compartido, desde políticas públicas hasta relaciones interpersonales. Russell, observador agudo de la era atómica, advertía que ignorar la racionalidad invita al desastre: ideologías rivales que escalan a conflictos globales. En respuesta, el arte de filosofar promueve una ética de la humildad intelectual, donde se reconoce la falibilidad inherente a toda conjetura. Esto se manifiesta en iniciativas educativas que incorporan pensamiento crítico desde edades tempranas, enseñando a estudiantes a discernir entre hechos y ficciones en un panorama mediático saturado. Palabras clave como “escepticismo racional en la educación” subrayan la urgencia de tales reformas, ya que equipan a las generaciones futuras para confrontar creencias irracionales con empatía y evidencia. Así, la filosofía se convierte en un baluarte contra la fragmentación, restaurando un discurso público donde la verdad, aunque secundaria en el confort individual, emerge como primordial para el bien común.
Cultivar el hábito de la conjetura racional demanda disciplina, pero sus recompensas son profundas. Russell sugiere comenzar con la auto-reflexión: examinar creencias cotidianas, como prejuicios culturales o preferencias consumistas, a la luz de principios lógicos. Herramientas simples, como el análisis costoso-beneficio o la verificación de fuentes, democratizan este proceso, haciendo accesible la filosofía incluso para no especialistas. En un mundo dominado por algoritmos que refuerzan burbujas de confort, esta práctica contrarresta la inercia cognitiva, permitiendo que individuos formen opiniones resilientes ante desafíos emergentes. Consideremos el auge del mindfulness filosófico, inspirado en estoicos como Séneca, que Russell admiraba: una fusión de introspección emocional y rigor intelectual. Al priorizar la justificación sobre la comodidad, las personas no solo resuelven conflictos internos, sino que modelan un liderazgo racional en sus círculos. Esta transformación personal escala a impactos societal, donde el conflicto de opiniones se resuelve mediante síntesis en lugar de supremacía, pavimentando el camino para sociedades más equitativas y esclarecidas.
La intersección entre filosofía y ciencia amplifica el llamado de Russell a la racionalidad. En disciplinas como la neurociencia, estudios sobre toma de decisiones revelan cómo el cerebro prioriza narrativas coherentes sobre datos discordantes, un mecanismo evolutivo que Russell atribuiría al diseño de opiniones para el confort. Sin embargo, la filosofía proporciona el marco para trascender estos impulsos: mediante experimentos mentales que simulan escenarios alternos, se fomenta la flexibilidad cognitiva. En aplicaciones prácticas, como la toma de decisiones empresariales o políticas, integrar conjeturas racionales minimiza riesgos derivados de creencias infundadas. Por instancia, durante crisis como la pandemia de COVID-19, las opiniones polarizadas sobre vacunas ilustraron la incompatibilidad letal de sistemas no justificados. Aquí, la filosofía racional intervino a través de expertos que defendieron evidencia sobre anécdotas, salvando vidas mediante apelaciones lógicas. Esta sinergia entre campos subraya que el arte de filosofar no es relicto histórico, sino herramienta vital para la era de la información, donde discernir verdad de ilusión define la supervivencia colectiva.
Profundizando en las implicaciones éticas, Russell nos insta a considerar el costo moral de priorizar el confort sobre la verdad. En contextos de injusticia social, creencias cómodas perpetúan desigualdades: el privilegio que ignora evidencias de discriminación sistémica, o el nacionalismo que justifica xenofobia. La filosofía, como conjetura racional, exige accountability: someter estas creencias a escrutinio ético, alineándolas con principios universales como la imparcialidad kantiana. Esto no implica cinismo, sino optimismo fundado: al desmantelar barreras irracionales, se abre espacio para empatía genuina y acción solidaria. En movimientos contemporáneos por la justicia climática, por ejemplo, filósofos aplican lógica deductiva para refutar negacionismos, movilizando opinión pública hacia soluciones viables. Tales esfuerzos demuestran que superar creencias injustificadas no erosiona la moralidad, sino que la enriquece, transformando opiniones individuales en catalizadores de cambio global. Así, el legado de Russell resuena como un mandato ético: filosofar no por elitismo, sino por equidad.
En última instancia, el arte de filosofar, tal como lo articula Russell, representa una rebelión contra la mediocridad intelectual. En un paisaje de creencias incompatibles y opiniones diseñadas para el consuelo, su énfasis en la justificación racional ofrece un faro de claridad. Hemos explorado cómo estas dinámicas se manifiestan en la psicología individual, los conflictos sociales y los avances científicos, revelando que la verdad, aunque secundaria en el esquema del confort, es indispensable para una existencia auténtica. La conjetura racional no promete certezas absolutas, sino un camino iterativo hacia la comprensión, donde cada hipótesis refutada enriquece el conocimiento subsiguiente. Para el aspirante a filósofo, esto implica un compromiso lifelong: cuestionar sin cesar, dialogar con humildad y actuar con integridad. En una sociedad que valora la inmediatez sobre la profundidad, abrazar esta disciplina no solo resuelve tensiones personales, sino que forja un mundo donde el conflicto de opiniones cede ante la convergencia en la verdad.
Así, Russell no solo diagnostica nuestra condición; nos equipa para trascenderla, invitándonos a un arte eterno de la razón que ilumina la oscuridad de lo infundado.
Referencias
Popper, K. R. (1959). The logic of scientific discovery. Hutchinson.
Russell, B. (1945). A history of western philosophy. Simon and Schuster.
Russell, B. (1968). The art of philosophizing and other essays. Simon and Schuster.
Sosa, E. (2017). Epistemology. Princeton University Press.
Zagzebski, L. T. (1996). Virtues of the mind: An inquiry into the nature of virtue and the ethical foundations of knowledge. Cambridge University Press.
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