Entre secretos militares y experimentos pioneros, un joven químico enfrentó el poder invisible del plutonio en Los Alamos durante la Segunda Guerra Mundial. Donald Mastick, con solo 24 años, se convirtió en el primer humano en ingerir este elemento radiactivo, desafiando los límites de la ciencia y la seguridad. Su historia revela los riesgos del conocimiento extremo y la delgada línea entre progreso y desastre. ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por la innovación? ¿Hasta dónde puede llegar la curiosidad humana?
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Donald Mastick: El Accidente con Plutonio en el Proyecto Manhattan y el Nacimiento de la Era Atómica
En el corazón de Los Alamos, Nuevo México, durante el verano de 1944, un joven químico de 24 años enfrentó un momento que alteraría no solo su destino personal, sino el curso de la historia humana. Donald Mastick, un graduado brillante de la Universidad de California en Berkeley, sostenía un vial de vidrio conteniendo cloruro de plutonio, un elemento sintético recién descubierto y envuelto en el más absoluto secreto. Este incidente, conocido como el primer caso de ingestión accidental de plutonio en un ser humano, encapsula los riesgos inherentes al Proyecto Manhattan, el esfuerzo colosal de Estados Unidos por desarrollar la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Mastick, sin ser soldado ni portar armas, se convirtió en un pionero involuntario de la era nuclear, donde el conocimiento científico rozaba los límites del peligro letal. Su historia revela las tensiones entre el avance tecnológico y la vulnerabilidad humana, destacando cómo un simple error en el laboratorio pudo haber cambiado el rostro de la guerra y la paz posterior.
El Proyecto Manhattan, iniciado en 1942 bajo la dirección de Robert Oppenheimer, representaba la convergencia de mentes brillantes en un aislamiento montañoso, impulsado por el temor a que la Alemania nazi desarrollara primero un arma nuclear. Este programa, financiado con millones de dólares y empleando a miles de científicos, ingenieros y trabajadores, buscaba dominar la fisión nuclear mediante uranio y plutonio. Mastick, nacido en 1920 en St. Helena, California, se unió a esta epopeya tras su graduación en química en 1942. Recomendado por su profesor Wendell Latimer, fue reclutado personalmente por Oppenheimer, quien reconoció su potencial en el estudio de isótopos radiactivos. Así, a los 22 años, Mastick abandonó sus estudios para contribuir a un proyecto cuya verdadera magnitud solo se revelaría años después. Su llegada a Los Alamos en 1943 lo posicionó en la División de Química, donde el plutonio, producido en cantidades microscópicas en reactores como el de Hanford, se convertía en el enigma central de la investigación.
El plutonio, elemento 94 en la tabla periódica, era un material revolucionario pero traicionero. Descubierto en 1940 por Glenn Seaborg y su equipo, su radiactividad alpha lo hacía ideal para una bomba de implosión, pero también extremadamente tóxico si se inhalaba o ingería. En Los Alamos, Mastick colaboró con figuras como Arthur Wahl y Edwin McMillan para caracterizar sus propiedades químicas, trabajando con muestras minúsculas disueltas en ácidos para evitar la acumulación de gases radiactivos. Estos experimentos, realizados en guantes boxes primitivos, subrayaban la precariedad de la seguridad en un laboratorio improvisado. El Proyecto Manhattan no solo aceleraba la ciencia, sino que forjaba protocolos de contención que influirían en la historia de la energía nuclear. Mastick, con su tesis posterior sobre óxidos gaseosos a altas temperaturas, demostraba una mente analítica afilada, pero en 1944, su rol era puramente empírico: manipular el “corazón del átomo” para desentrañar sus secretos.
El 1 de agosto de 1944, en las primeras horas de la mañana, Mastick y Wahl preparaban una muestra de 10 miligramos de cloruro de plutonio disuelto en ácido. Desconocido para ellos, la radiación alpha del plutonio había disociado moléculas de agua durante la noche, generando hidrógeno y oxígeno que presionaban el vial. Al destaparlo, una explosión sorda liberó el contenido: un gas radiactivo se esparció por el aire, salpicando el rostro de Mastick y permitiendo que una gota ácida entrara en su boca. En ese instante, el químico inhaló partículas y tragó una fracción minúscula del elemento, convirtiéndose en el primer humano en ingerir plutonio. El sabor metálico, descrito después como similar al de un reactivo químico común, fue el preludio de una exposición que superaba cualquier simulación teórica. Este accidente con plutonio en Los Alamos no fue un mero revés; fue un recordatorio visceral de los peligros invisibles que acechaban en el umbral de la fisión controlada.
La respuesta inmediata fue un torbellino de protocolos emergentes. Mastick notificó al director de salud, Louis Hempelmann, quien alertó al coronel Stafford Warren en Oak Ridge. Su rostro se lavó vigorosamente, pero un microgramo de plutonio persistió en la piel. Para extraer el ingerido, Hempelmann administró un enjuague con citrato trisódico, formando un complejo soluble, seguido de bicarbonato de sodio para precipitarlo, y una bomba estomacal recuperó unos 60 nanogramos. Análisis de orina revelaron menos de un microgramo retenido en el cuerpo, una cantidad que, aunque infinitesimal, emitía radiación detectable. Durante días, el aliento de Mastick era tan radiactivo que, a seis pies de distancia, desviaba los medidores de ionización. Este episodio de ingestión de plutonio primer humano expuso las lagunas en la protección radiológica, inspirando mejoras en el manejo de materiales fisibles que salvarían vidas futuras en laboratorios nucleares.
El monitoreo médico de Mastick se extendió por meses, convirtiéndolo en un caso de estudio viviente. Equipos en Los Alamos y Oak Ridge midieron niveles de plutonio en sangre, orina y heces, rastreando su excreción lenta a través de los riñones y el hígado. A diferencia de las víctimas de radio en las “chicas radium” de décadas previas, Mastick no mostró síntomas agudos inmediatos, pero la incertidumbre sobre efectos a largo plazo —cáncer, daño genético— lo marcó psicológicamente. Sobrevivió sin secuelas aparentes, con trazas del isótopo Pu-239 detectables incluso 30 años después, en la década de 1970. Esta vigilancia, parte de los experimentos humanos implícitos en el Proyecto Manhattan, planteaba dilemas éticos: ¿era Mastick un voluntario o una guinea pig? Su resiliencia subraya la robustez humana ante la radiación, pero también el costo personal del progreso en la energía nuclear, donde el cuerpo se transforma en laboratorio involuntario.
Incapacitado para continuar en la División de Química por riesgos de reexposición, Mastick propuso a Oppenheimer unirse al Proyecto Alberta, el componente de entrega de armas nucleares. Como asistente del comandante Frederick Ashworth, pasó de la mesa de laboratorio a pruebas de campo: drop-testing de bombas “calabaza” en el Mar de Salton, modificaciones en B-29 Superfortress para portar dispositivos atómicos, y análisis de fallos en circuitos de Little Boy. En junio de 1945, comisionado como ensign en la Reserva Naval, navegó a Tinian para preparar las misiones de Hiroshima y Nagasaki. Su contribución a estas operaciones, que culminaron en agosto de 1945, le valió la Medalla de Bronce Estrella. El rol de Mastick en el despliegue de la bomba atómica ilustra cómo un accidente con plutonio no detuvo su compromiso, sino que lo redirigió hacia la ingeniería práctica, fusionando química con estrategia militar.
Tras la guerra, Mastick participó en las pruebas Operation Crossroads en el Atolón de Bikini en 1946, evaluando efectos de explosiones nucleares en buques. Liberado como teniente junior, encabezó la sección de Investigación Radiológica en el Laboratorio de Defensa Radiológica Naval en San Francisco, enfocándose en propiedades químicas de radionúclidos para protección militar. En 1951, se unió a la Comisión de Energía Atómica (AEC) como asesor científico y gerente de la División de Aplicaciones Militares, influyendo en políticas de seguridad nuclear durante la Guerra Fría. Su experiencia en el accidente de plutonio en 1944 lo posicionó como experto en manejo seguro de materiales fisibles, contribuyendo a estándares que previnieron incidentes similares en reactores civiles y armas.
La carrera de Mastick trascendió lo militar hacia la industria y la academia. En 1957, como director de investigación en Stauffer Chemical, aplicó conocimientos nucleares a procesos químicos industriales. Regresó a Berkeley para su doctorado en 1950, defendiendo una tesis sobre óxidos gaseosos que reflejaba su maestría en termodinámica nuclear. Más tarde, como vicepresidente en General Precision Equipment, innovó en tecnología de precisión para aplicaciones atómicas. Estas transiciones destacan el legado del Proyecto Manhattan: no solo bombas, sino una red de expertos que impulsaron la energía nuclear pacífica, desde propulsión naval hasta generación eléctrica. Mastick, sin buscar reflectores, encarnaba el científico polifacético cuya exposición al plutonio lo sensibilizó a los riesgos éticos de la fisión.
En su vida personal, Mastick se casó con Irene Pietrusiak y tuvo una hija, Patricia, equilibrando la ciencia con la familia en un mundo transformado por su trabajo. En 1971, fundó Foliage Plant Systems, una empresa de paisajismo interior que creció a siete estados, recibiendo reconocimientos presidenciales. Esta incursión en lo verde contrasta con su pasado radiactivo, simbolizando una búsqueda de armonía post-nuclear. Sin embargo, el peso de 1944 persistía: Mastick rara vez hablaba del incidente, viéndolo como un capítulo en la búsqueda del entendimiento, no como heroísmo. Su reticencia evoca las dudas morales de Oppenheimer —”Me he convertido en la muerte, destructor de mundos”— pero en escala íntima, donde el toque literal del átomo genera introspección perpetua.
El accidente de Donald Mastick con plutonio resuena en debates contemporáneos sobre seguridad nuclear y ética científica. En una era de proliferación y desarme, su caso ilustra los “riesgos silenciosos” del progreso: exposiciones inadvertidas que forjaron protocolos como los de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Como primer humano en ingerir plutonio, Mastick humaniza la abstracción atómica, recordando que detrás de ecuaciones de fisión hay vidas frágiles. Su supervivencia, sin cáncer ni mutaciones graves, valida modelos de dosimetría, pero también cuestiona los límites de la experimentación humana en tiempos de guerra. En la historia de la energía nuclear, Mastick representa la tenacidad: un químico que, tocado por lo invisible, forjó caminos desde la destrucción hacia la innovación sostenible.
La era atómica, nacida en gran parte de aquel vial estallado en Los Alamos, redefine nuestra comprensión del poder humano. El Proyecto Manhattan, con sus triunfos y tragedias, aceleró la posguerra: de Hiroshima a la central nuclear, del terror mutuo a la promesa de energía ilimitada. Mastick, fallecido en 2007 a los 87 años, legó no solo datos científicos, sino una narrativa de resiliencia. Su historia advierte contra la hybris tecnológica, urgiendo vigilancia eterna en el manejo de elementos como el plutonio. En última instancia, el accidente de 1944 no fue un fin, sino un catalizador: impulsó salvaguardas que protegen a generaciones, afirmando que el verdadero avance radica en equilibrar curiosidad con cautela.
Así, Donald Mastick, el químico inadvertido, permanece como guardián silencioso de la frontera entre conocimiento y catástrofe, invitándonos a reflexionar sobre el precio del átomo en nuestras manos.
Referencias
Welsome, E. (1999). The plutonium files: America’s secret medical experiments in the Cold War. Dial Press.
Advisory Committee on Human Radiation Experiments. (1995). The human radiation experiments: Final report of the Advisory Committee on Human Radiation Experiments. Oxford University Press.
Rhodes, R. (1986). The making of the atomic bomb. Simon & Schuster.
Hacker, B. C. (1994). Elements of controversy: The Atomic Energy Commission and radiation safety in nuclear weapons testing, 1947-1974. University of California Press.
Bernstein, J. (2007). Plutonium: A history of the world’s most dangerous element. Joseph Henry Press.
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