Entre los pasillos más inquietantes de la teología medieval surgió una pregunta que desafiaba no solo la fe, sino la comprensión misma de la Encarnación. ¿Hasta qué punto asumió Dios la fragilidad humana? ¿Qué revela este antiguo debate sobre la verdadera naturaleza de Cristo?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

El Dilema de Cristo: ¿Defecaba Jesús? La controversia teológica sobre las funciones corporales en la Encarnación



La pregunta «¿defecaba Cristo como cualquier ser humano?» puede parecer grotesca o incluso irreverente para muchos, pero en la historia de la teología cristiana constituyó un dilema serio: ¿cómo conciliar la plena humanidad de Jesús con su divinidad? Lejos de ser una mera curiosidad escatológica, esta cuestión —denominada en la Edad Media controversia del stercorianismo— puso a prueba los límites de la doctrina de la Encarnación y obligó a la Iglesia a precisar qué significaba asumir verdaderamente la carne humana. La discusión no se centraba en la grosería del acto, sino en la lógica inexorable de que la redención solo es completa si Cristo asumió toda la condición humana, incluso sus aspectos más humillantes.


La plena humanidad frente a las herejías antiguas


Desde los primeros siglos del cristianismo surgieron doctrinas que cuestionaban la realidad de la carne de Cristo. El docetismo, presente ya en los siglos II y III, sostenía que Jesús solo parecía tener cuerpo humano (del griego δοκεῖν, “parecer”). Para los docetas, Cristo no comía ni bebía, ni mucho menos tenía funciones corporales como la excreción, porque su carne era meramente aparente. Esta visión atentaba contra el núcleo de la redención: si Cristo no asumió verdaderamente la humanidad, su sacrificio carecía de eficacia. San Ignacio de Antioquía (+ c. 107) fue tajante: «Si Cristo solo pareció sufrir, ¿para qué estoy yo encadenado?». La respuesta de los Padres de la Iglesia fue firme: la Encarnación implica la aceptación completa de la vida humana, en todas sus dimensiones.

El Concilio de Calcedonia (451) estableció un principio fundamental para resolver este tipo de debates: Jesucristo es una sola persona (hipóstasis) en dos naturalezas —divina y humana— «sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». Esta formulación no solo era un límite frente al monofisismo, sino también una guía para afirmar que la humanidad de Cristo era plena y funcional. Todo lo que pertenece a la naturaleza humana —alma racional, cuerpo con órganos y funciones vitales— fue asumido por el Verbo, excepto el pecado. Negar cualquier función corporal natural habría sido un retorno al docetismo disfrazado de ortodoxia.


La lógica de la vida humana de Jesús


Los Evangelios proporcionan numerosas evidencias de la humanidad integral de Cristo: comió (Lc 24,41-43), bebió (Jn 19,28-30), durmió (Mc 4,38), sudó (Lc 22,44) y mostró emociones humanas. La fisiología básica enseña que quien ingiere alimentos y líquidos debe eliminar residuos. San Agustín, en su De peccatorum meritis et remissione, lo expresa con claridad: «Comió y bebió para demostrar que tenía verdadera carne; por tanto, también digirió y evacuó». Así, la excreción, aunque incómoda para la sensibilidad humana y la delicadeza medieval, es un componente necesario de la vida corporal.

En la Alta Edad Media, surgió el término stercorianismo (del latín stercus, excremento) para referirse de manera despectiva a quienes afirmaban que Cristo realizaba funciones corporales normales. Paradójicamente, la posición que parecía escandalosa era la ortodoxa: reconocer la excreción de Cristo era afirmar su verdadera humanidad, mientras que negarla podía implicar un regreso al docetismo, aunque disfrazado de piedad.


Santo Tomás y la perfección de la Encarnación


Santo Tomás de Aquino abordó esta cuestión con una precisión filosófica y teológica característica. En la Summa Theologiae (III, q. 5, a. 3; q. 14), afirmó que Cristo tuvo un cuerpo verdadero y pasible, sujeto a todas las necesidades naturales mientras vivió en estado mortal. Sin embargo, puntualizó que estas funciones corporales se realizaban de manera perfecta y sin corrupción, porque su humanidad estaba subordinada a la divinidad. El misterio radica en que Cristo podía experimentar las necesidades humanas sin que estas lo degradaran ni lo separaran de su pureza divina.

Esta reflexión adquiere una dimensión filosófica: la Encarnación no se limita a asumir una apariencia humana, sino que implica la participación plena de la divinidad en la experiencia humana, incluso en lo más humilde y escatológico. La redención, entonces, no es abstracta ni simbólica: es corporal y concreta. Solo un Cristo que asumió todas las funciones de la vida humana, incluida la excreción, podía verdaderamente elevar nuestra carne al plano divino.


La excreción y el cuerpo glorioso


La cuestión cambia cuando se considera el cuerpo resucitado de Cristo. En Lucas 24,39-43, Jesús come pescado ante sus discípulos para demostrar que su carne resucitada es real, aunque ya no sujeta a necesidades fisiológicas. La teología patrística y escolástica entendió que en el estado glorioso del cuerpo no hay digestión ni excreción, pues la resurrección otorga cualidades especiales, como la impassibilitas y la incorruptibilidad. Así, el misterio de la Encarnación y la redención humana se completa sin la degradación de la corrupción, pero preservando la realidad plena de la experiencia humana durante su vida terrenal.


La postura oficial de la Iglesia


Tanto el Magisterio católico como la tradición ortodoxa han mantenido que Cristo asumió plenamente la humanidad funcional durante su vida terrenal. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 464-469) reafirma la unión hipostática calcedonense y sus implicaciones antropológicas: negar las funciones corporales de Jesús atentaría contra la verdad de la Encarnación y, por extensión, contra la eficacia de la salvación. Este reconocimiento no es meramente teórico; subraya la profundidad del amor divino, que se abaja hasta las funciones más humildes y vergonzosas del hombre.


Reflexión final: la crudeza que salva


El llamado «dilema de Cristo» o controversia del stercorianismo revela que la teología cristiana no rehúye la realidad ni se limita a lo idealizado o simbólico. Aceptar que el Verbo eterno asumió incluso las funciones corporales más bajas es afirmar que la redención abarca todo: mente, alma y cuerpo. La Encarnación no es un gesto parcial ni decorativo, sino la radicalidad del amor divino que se hace tangible en lo más cotidiano, humano y humilde. Solo un Cristo que defecó puede verdaderamente identificarse con nuestra carne, asumir nuestra condición y elevarla hasta Dios, demostrando que la salvación no elude la realidad de la existencia humana, ni siquiera en su aspecto más vergonzoso.


Referencias

Aquinas, T. (1947). Summa theologiae. Marietti.
Augustine of Hippo. (1973). De peccatorum meritis et remissione. En J. P. Migne (Ed.), Patrologia Latina (Vol. 44). Garnier.
Catechism of the Catholic Church. (1997). 2nd ed. Libreria Editrice Vaticana.
Kelly, J. N. D. (2006). Early Christian doctrines (5th ed.). Continuum.
Meyendorff, J. (1989). Byzantine theology: Historical trends and doctrinal themes (2nd ed.). Fordham University Press.



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