Entre los pliegues invisibles del cuerpo humano se esconde un tejido que decide silenciosamente nuestro destino metabólico, hormonal y cardiovascular. La grasa corporal, tan subestimada como determinante, actúa a veces como aliada y otras como amenaza, modulando procesos vitales que pocos imaginan. ¿Qué ocurre realmente cuando este equilibrio se rompe? ¿Hasta qué punto define nuestra salud mucho más de lo que vemos por fuera?
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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Grasa corporal: lo que no vemos por fuera
La grasa corporal constituye uno de los tejidos más incomprendidos del organismo humano. Lejos de ser simplemente un depósito inerte de calorías sobrantes, el tejido adiposo desempeña funciones fisiológicas esenciales para la supervivencia y el equilibrio metabólico. Su presencia es obligatoria; sin ella, procesos tan básicos como la termorregulación, la absorción de vitaminas liposolubles o la producción hormonal se verían gravemente comprometidos. Sin embargo, cuando la cantidad de grasa corporal supera los límites saludables, este mismo tejido protector se transforma en un factor de riesgo silencioso para múltiples enfermedades crónicas.
Desde el punto de vista evolutivo, la capacidad de almacenar energía en forma de grasa fue una ventaja adaptativa decisiva. Durante miles de años, los periodos de escasez alimentaria eran frecuentes, y aquellos individuos capaces de acumular reservas energéticas tenían mayores probabilidades de supervivencia. Hoy, en un entorno de abundancia calórica constante, esa ventaja se ha convertido en un problema de salud pública. Comprender qué es realmente la grasa corporal, cómo se distribuye y qué consecuencias tiene su acumulación excesiva resulta fundamental para adoptar decisiones informadas sobre estilo de vida.
El tejido adiposo no es homogéneo. Existen diferentes tipos de grasa corporal con localizaciones y funciones distintas. La grasa subcutánea, situada justo debajo de la piel, representa aproximadamente el 90 % del total en personas con peso normal. Es la responsable de la forma corporal y actúa como aislante térmico y amortiguador mecánico. Aunque en exceso puede generar molestias estéticas, su impacto metabólico es relativamente bajo comparado con otros depósitos.
Mucho más preocupante es la grasa visceral, que se acumula en la cavidad abdominal rodeando órganos vitales como hígado, páncreas e intestinos. Esta grasa intraabdominal no es inerte: libera ácidos grasos libres directamente al sistema portal, afectando la función hepática y contribuyendo al desarrollo de resistencia a la insulina. Diversos estudios han demostrado que el exceso de grasa visceral constituye el principal predictor independiente de síndrome metabólico, incluso en personas con índice de masa corporal normal.
Otro tipo menos conocido es la grasa intramuscular, presente en pequeñas cantidades entre las fibras musculares. En condiciones normales contribuye a la disponibilidad energética durante el ejercicio prolongado, pero su acumulación excesiva, frecuente en personas sedentarias y con dieta rica en azúcares refinados, se asocia con menor sensibilidad a la insulina a nivel muscular y reducción de la capacidad oxidativa mitocondrial.
La grasa corporal también tiene una dimensión endocrina que a menudo se pasa por alto. El tejido adiposo funciona como un órgano endocrino activo que secreta numerosas adipocitoquinas. La leptina, producida en proporción a la masa grasa, informa al hipotálamo sobre las reservas energéticas disponibles y regula el apetito. La adiponectina, por su parte, mejora la sensibilidad a la insulina y ejerce efectos antiinflamatorios. Cuando la grasa corporal aumenta de manera desproporcionada, especialmente la visceral, se produce una disfunción de estas señales hormonales que perpetúa el círculo vicioso de ganancia de peso.
Uno de los mecanismos más alarmantes del exceso de grasa corporal es su transformación en estado inflamatorio crónico de bajo grado. Los adipocitos hipertrofiados liberan citoquinas proinflamatorias como TNF-α e IL-6, mientras disminuye la producción de adipocitoquinas protectoras. Esta inflamación sistémica silenciosa afecta la función endotelial, promueve la aterosclerosis y contribuye al desarrollo de múltiples patologías, desde la enfermedad cardiovascular hasta ciertos tipos de cáncer.
La relación entre grasa corporal y riesgo cardiovascular merece especial atención. La acumulación de grasa visceral se asocia directamente con alteraciones del perfil lipídico: aumento de triglicéridos, disminución de HDL-colesterol y predominio de partículas LDL pequeñas y densas, más aterogénicas. Además, favorece el desarrollo de hipertensión arterial mediante la activación del sistema renina-angiotensina-aldosterona a nivel local en el tejido adiposo.
En el ámbito metabólico, el exceso de grasa corporal constituye el principal factor ambiental en el desarrollo de diabetes tipo 2. La liberación constante de ácidos grasos libres hacia el hígado y el músculo esquelético genera lipotoxicidad que interfiere con la señalización de la insulina. Este fenómeno, conocido como resistencia a la insulina, obliga al páncreas a producir cantidades crecientes de esta hormona hasta que finalmente se produce el agotamiento de las células beta y aparece la hiperglucemia franca.
La distribución de la grasa corporal importa tanto o más que la cantidad total. La obesidad androide o central, caracterizada por la acumulación preferente en abdomen y tórax, conlleva significativamente mayor riesgo que la obesidad ginoide o periférica. Esta diferencia explica por qué algunas personas con IMC elevado pero distribución periférica de la grasa mantienen mejor salud metabólica que individuos delgados con predominio de grasa visceral, fenómeno conocido como obesidad metabólicamente sana o “thin outside, fat inside”.
Más allá de las enfermedades metabólicas y cardiovasculares, el exceso de grasa corporal genera importantes repercusiones musculoesqueléticas. El sobrepeso incrementa la carga mecánica sobre articulaciones de carga como rodillas y caderas, acelerando el desgaste del cartílago y favoreciendo la artrosis. En la columna vertebral, la combinación de mayor peso anterior y debilidad muscular asociada genera un desequilibrio que contribuye al dolor lumbar crónico.
El impacto de la grasa corporal sobre la salud mental también está bien documentado. Aunque la relación es bidireccional, el exceso de peso se asocia con mayor prevalencia de depresión y ansiedad, tanto por factores biológicos (inflamación cerebral, alteraciones en neurotransmisores) como psicosociales (estigma social, baja autoestima). Asimismo, las alteraciones del sueño asociadas a la obesidad, particularmente el síndrome de apnea obstructiva, generan fatiga crónica que afecta la calidad de vida.
Es importante destacar que no toda la grasa corporal es igual de perjudicial, ni toda reducción de peso es necesariamente beneficiosa. La pérdida rápida de masa grasa mediante dietas extremadamente restrictivas puede generar pérdida simultánea de masa muscular y alteraciones metabólicas negativas. Lo óptimo es conseguir una reducción gradual y sostenida que priorice la preservación de la masa magra y la mejora de la composición corporal.
La prevención y el manejo adecuado del exceso de grasa corporal requieren un enfoque integral. La combinación de actividad física regular, especialmente entrenamiento de fuerza y ejercicio aeróbico de intensidad moderada, con una alimentación basada en alimentos poco procesados y control de las porciones, constituye la estrategia más efectiva y sostenible. El sueño adecuado y el manejo del estrés completan los pilares fundamentales para mantener un equilibrio saludable.
La grasa corporal representa un ejemplo paradigmático de cómo un tejido esencial puede convertirse en patológico cuando se desregula su cantidad y distribución. Comprender que no se trata simplemente de “peso de más” sino de un órgano endocrino complejo con profundas implicaciones para la salud global permite abandonar enfoques simplistas y adoptar estrategias más sofisticadas y efectivas.
Mantener la grasa corporal dentro de rangos saludables no es una cuestión estética, sino una inversión en longevidad y calidad de vida.
Referencias
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