Entre los episodios más enigmáticos de la Guerra de Flandes, pocos poseen la fuerza simbólica del Milagro de Empel, donde la fe y la supervivencia se entrelazaron en medio de un asedio aparentemente irreversible. La noche en que el Mosa se congeló transformó la desesperación en una victoria inesperada y duradera. ¿Cómo pudo un tercio aislado desafiar lo imposible? ¿Qué revela este hecho sobre la relación entre guerra y providencia?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

El Milagro de Empel: Fe, Guerra y Providencia en la Historia de la Infantería Española


En el otoño de 1585, en medio de la Guerra de los Ochenta Años, un episodio extraordinario sacudió los Países Bajos y resonó profundamente en la conciencia colectiva de la monarquía hispánica: el llamado Milagro de Empel. Situado en la ribera del río Mosa, el islote donde se hallaba atrapado el Tercio Viejo de Zamora se convirtió en el escenario de una victoria que desafía las leyes ordinarias de la estrategia militar y la meteorología local. Acosados por una flota holandesa superior, sin provisiones ni esperanza aparente, los soldados españoles parecían destinados a la derrota inevitable. Sin embargo, la combinación de una devoción mariana intensa y un fenómeno natural extremadamente raro —la congelación repentina del río— transformó una situación desesperada en una victoria legendaria.

La Guerra de Flandes, que formaba parte del conflicto más amplio conocido como Guerra de los Ochenta Años, enfrentaba a las Provincias Unidas con la Corona de España por cuestiones de autonomía política, control fiscal y libertad religiosa. En este contexto, los tercios españoles eran el núcleo de la potencia militar hispana, reconocidos por su disciplina, cohesión y coraje en condiciones extremas. El Tercio Viejo de Zamora, uno de los más antiguos y prestigiosos, encarnaba dichas virtudes. Su presencia en Flandes respondía a la necesidad estratégica de mantener el control sobre las plazas fuertes católicas, especialmente frente al avance protestante y la resistencia calvinista en regiones como Holanda y Zelanda. En Empel, sin embargo, el tercio no actuaba como fuerza invasora, sino como unidad sitiada, vulnerable a la táctica holandesa de uso deliberado del agua como arma de guerra.

La estrategia holandesa de inundación controlada, conocida como defensa por inundación, era un recurso habitual en los Países Bajos, donde los diques y molinos permitían manipular el nivel de las aguas con fines defensivos o ofensivos. En este caso, el almirante holandés, consciente de la superioridad táctica española en combate terrestre, optó por aislar al tercio en una pequeña porción de tierra y luego abrir los diques para ahogar a los sitiados. Tal medida no solo buscaba eliminar una amenaza inmediata, sino también enviar un mensaje disuasorio a otras unidades españolas. La oferta de rendición honrosa, de por sí poco común en la guerra de entonces, subrayaba la certeza del adversario respecto al desenlace inevitable. La negativa del capitán español, articulada con una fórmula de honor claramente arraigada en la cultura militar ibérica, encarna el ethos del infante de la tercia, para quien la integridad moral y la fidelidad al juramento superaban incluso la preservación de la vida.

El hallazgo casual de una tabla con la imagen de la Inmaculada Concepción —representación de la Virgen María libre de pecado original— por parte de un soldado anónimo no puede entenderse únicamente como un accidente fortuito. Para los hombres del tercio, muchos de los cuales provenían de regiones profundamente marianas como Castilla y León, tal descubrimiento adquirió inmediatamente una carga simbólica y espiritual trascendental. La devoción mariana en España, especialmente al dogma de la Inmaculada, había experimentado un auge notable durante el siglo XVI, impulsado tanto por teólogos como por reyes y generales. La colocación de la imagen en un altar improvisado y la consiguiente oración colectiva revelan no solo una práctica piadosa, sino una forma de resistencia espiritual frente a la desesperanza material. Esta religiosidad no era ornamental: para el soldado español del siglo XVI, la guerra era también una empresa sacralizada, y la protección divina una variable legítima en el cálculo estratégico.

La congelación súbita del Mosa merece una atención científica y meteorológica rigurosa. Los Países Bajos tienen un clima templado marítimo, con inviernos suaves y temperaturas rara vez inferiores a los cero grados durante prolongados periodos. Congelar un río navegable como el Mosa en cuestión de horas —y lo suficiente como para soportar el peso de hombres y armas— exige una combinación excepcional de factores: descenso brusco de temperatura, viento ártico persistente, escasa nubosidad y baja humedad relativa. Documentos de la época, incluidos cronistas holandeses, confirman la ocurrencia de un viento del este severo esa noche, lo que sugiere una incursión de aire polar desde Siberia. Aun así, la magnitud y rapidez del fenómeno superan lo habitual en la región, lo que explica por qué fue percibido como milagroso. Desde una perspectiva histórica, lo relevante no es tanto si el evento fue “sobrenatural”, sino cómo fue interpretado por los actores contemporáneos, quienes vieron en él la intervención providencial de una divinidad católica que protegía a sus fieles.

La ofensiva nocturna sobre el hielo marcó un punto de inflexión táctico sin precedentes. Los barcos holandeses, diseñados para aguas profundas y navegación fluvial, carecían de defensas efectivas contra un asalto terrestre directo y quedaron inmovilizados por la capa de hielo. Los infantes españoles, acostumbrados a combates cuerpo a cuerpo y al uso eficaz de la pica y la espada, aprovecharon la ventaja inesperada para abordar las naves enemigas. La confusión en las filas holandesas fue total: no solo se veían atacados desde una dirección imposible, sino que sus propias defensas —el agua— se habían convertido en su mayor vulnerabilidad. La destrucción parcial de la flota y la captura de abastecimientos vitales permitieron al Tercio Viejo no solo sobrevivir, sino reanudar sus operaciones con renovada moral. El testimonio del almirante holandés, atribuyendo a la providencia divina una inclinación hispana, refleja el impacto psicológico del suceso más allá de las líneas de batalla.

La proclamación de la Inmaculada Concepción como patrona de la Infantería Española, formalizada poco después por Felipe II, no fue un mero acto de gratitud simbólica. Se insertó en una política de sacralización institucional de la guerra, en la que los ejércitos no eran solamente instrumentos de poder temporal, sino también de defensa de la fe católica. La festividad del 8 de diciembre —día de la Inmaculada— se convirtió en una celebración castrense de primer orden, con misas solemnes, juramentos y condecoraciones. Esta devoción perduró incluso tras la secularización progresiva del Estado español en los siglos XIX y XX, y aún hoy es reconocida oficialmente por el Ministerio de Defensa. El caso de Empel demuestra cómo los relatos fundacionales de las instituciones militares suelen integrar elementos históricos, espirituales y simbólicos en una narrativa unificada que refuerza la identidad corporativa y la cohesión interna.

Desde una perspectiva historiográfica, el Milagro de Empel ha sido objeto de diversas lecturas. Los cronistas contemporáneos, tanto católicos como protestantes, coinciden en los hechos básicos: el hallazgo de la imagen, la oración colectiva, la congelación inusual y la victoria española. Las divergencias residen en la interpretación: mientras que los hispanos lo enmarcan como un auxilium Dei (socorro divino), los holandeses lo describen como un golpe de fortuna extrema, aunque igualmente inexplicable desde la razón militar. Los historiadores modernos, por su parte, tienden a evitar juicios sobre la “verdad milagrosa”, centrándose más bien en la construcción social del milagro como fenómeno cultural. En este sentido, Empel no es solo un episodio bélico, sino un caso de estudio privilegiado sobre cómo las comunidades interpretan lo extraordinario para reforzar sus valores, legitimar su causa y consolidar su memoria colectiva.

El legado del Milagro de Empel trasciende el ámbito castrense y se proyecta en la cultura visual, literaria y religiosa de España y Europa. Numerosas representaciones pictóricas del siglo XVII, algunas conservadas en colecciones militares y conventuales, recrean el momento del descubrimiento de la imagen o la carga sobre el hielo. La narrativa ha sido retomada en manuales de ética militar, donde se destaca la importancia del honor, la cohesión grupal y la resiliencia psicológica en situaciones extremas. Incluso en debates teológicos sobre la intercesión mariana, Empel se cita como ejemplo de devoción popular coronada por una respuesta tangible —aunque excepcional— de lo divino. Lo que comenzó como un episodio local en la guerra de Flandes se convirtió, con el paso del tiempo, en un referente compartido de identidad religiosa y militar hispánica.

El Milagro de Empel no puede reducirse a una mera anécdota de guerra o a una superstición arraigada. Combina factores históricos verificables —la presencia del Tercio Viejo de Zamora, la estrategia de inundación holandesa, la congelación inusual del río— con una interpretación profundamente enraizada en la cosmovisión católica de la época. Para los soldados españoles, la victoria no fue solo el resultado de una casualidad climática, sino la confirmación de que su causa estaba respaldada por una justicia divina. Para el mundo protestante, representó una paradoja incómoda: que la providencia pudiera favorecer a un ejército considerado opresor. Hoy, el episodio sigue ofreciendo una valiosa reflexión sobre la intersección entre historia, fe y memoria colectiva: donde los hechos objetivos se entrelazan con las creencias subjetivas para forjar relatos que perduran siglos, no por su verificabilidad absoluta, sino por su capacidad para articular sentido, dar esperanza y fortalecer la identidad de quienes los transmiten.

El  de la Inmaculada Concepción sobre la Infantería Española no es, pues, simple tradición, sino el eco institucionalizado de un instante en el que lo humano y lo trascendente parecieron converger en el hielo del Mosa.


Referencias

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Domínguez Ortiz, A. (1971). El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Madrid: Alianza Editorial.

Rodríguez-Salgado, M. J. (1988). The Changing Face of Empire: Charles V, Philip II and Habsburg Authority, 1551–1559. Cambridge: Cambridge University Press.

Thompson, I. A. A. (1976). War and Government in Habsburg Spain, 1560–1620. London: The Athlone Press.


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