Entre los salones médicos de Roma y las profundidades del Mediterráneo, un animal capaz de generar descargas eléctricas se convirtió en herramienta terapéutica para aliviar dolores que parecían indomables. Médicos como Scribonio Largo y Galeno lo emplearon con rigor, sin verlo como magia, sino como ciencia viva aún incomprendida. ¿Qué revela esto sobre su manera de entender el cuerpo? ¿Y qué dice sobre la nuestra?


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Cuando la electricidad parecía magia en la Roma antigua


En la Roma imperial del siglo I d.C., en un mundo sin pilas, cables ni generadores, la electricidad no era una fuerza abstracta o técnica, sino un fenómeno tangible, aunque misterioso, que surgía de la naturaleza misma. Los médicos romanos, herederos de una tradición helenística profundamente empírica, no dudaban en recurrir a recursos inusuales cuando se trataba de aliviar el sufrimiento humano. Entre estos, destacaba el uso terapéutico de peces eléctricos —específicamente Torpedo torpedo, la raya eléctrica del Mediterráneo— como instrumento médico para tratar afecciones neurológicas y musculares, desde jaquecas severas hasta contracturas persistentes. Este procedimiento, lejos de ser marginal o supersticioso, formaba parte de la ars medica enseñada y practicada en las escuelas de Alejandría y Roma, y contaba con el respaldo de figuras como Galeno y Scribonio Largo, quienes lo describieron con detalle clínico y sin asombro excesivo, como quien documenta una terapia convencional.

La raya eléctrica, común en las costas del sur de Italia, Sicilia y el norte de África, posee dos órganos electropláxicos situados a ambos lados de su cabeza, capaces de producir descargas de hasta 200 voltios en casos extremos, aunque las utilizadas con fines terapéuticos eran considerablemente menores y localizadas. Su uso requería conocimiento preciso de la biología del animal: los médicos sabían que su potencia variaba según la estación, la alimentación y el estado fisiológico, y preferían ejemplares vivos y vigorosos, capturados poco antes del tratamiento. La aplicación no era azarosa: se colocaba el pez directamente sobre la zona afectada —el cuero cabelludo para cefaleas, la nuca para contracturas cervicales, o incluso sobre articulaciones inflamadas— y se esperaba que emitiera su descarga natural, inducida por el contacto físico con el paciente. El efecto inmediato era un hormigueo intenso, acompañado de una leve contracción muscular, seguido en muchos casos de un alivio notable del dolor. Esta reacción no era interpretada como “magia”, sino como una manifestación de una fuerza oculta pero real, que operaba según principios naturales aún no totalmente comprendidos.

Scribonio Largo, en su Compositiones Medicamentorum (c. 47 d.C.), ofrece la primera descripción sistemática conocida de este tratamiento, al afirmar que “para el dolor de cabeza, nada es más eficaz que la aplicación de una raya viva sobre la cabeza, de modo que la descarga eléctrica alivie inmediatamente el sufrimiento”. Su testimonio revela un enfoque clínico riguroso: no se trataba de un remedio popular o anecdótico, sino de una intervención prescrita en contextos médicos formales. Galeno, más de un siglo después, corroboraría esta práctica en sus escritos sobre neurología y fisiología, señalando que los pacientes describían la sensación como una “vibración penetrante que disipa la tensión”, y observando que el efecto analgésico persistía incluso tras la cesación del estímulo. Estos autores no atribuían la eficacia del pez a deidades ni a fuerzas sobrenaturales, sino a una cualidad inherente del organismo —una virtus natural— que interactuaba con el cuerpo humano de modo predecible. Dicho enfoque anticipa, de forma rudimentaria pero significativa, el concepto moderno de electroterapia, y demuestra una capacidad notable para integrar la observación empírica con la teoría humoral dominante.

La comprensión antigua de la electricidad no implicaba un modelo teórico comparable al de Franklin, Volta o Faraday —términos como “carga”, “corriente” o “campo” estaban ausentes—, pero sí existía una noción funcional de una fuerza transmisible, invisible y corporal. Los griegos ya habían notado que el ámbar (ēlektron), al ser frotado, atraía partículas ligeras; sin embargo, este fenómeno, estudiado por Tales de Mileto, permaneció como curiosidad filosófica. En cambio, la electricidad biológica de los peces era operativa: se usaba, se medía por sus efectos, se comparaba entre especies y se ajustaba según la patología. Los médicos distinguían claramente entre la raya eléctrica del Mediterráneo y la anguila del Nilo —esta última mencionada en textos egipcios y papiros médicos—, atentos a diferencias en intensidad y duración de la descarga. Esta capacidad de discriminación taxonómica y funcional evidencia un saber empírico sofisticado, acumulado a través de generaciones de práctica clínica. La terapia no se limitaba a Roma: se extendía a las provincias orientales y al norte de África, donde la disponibilidad de peces eléctricos facilitaba su integración en los regímenes terapéuticos locales.

Desde una perspectiva fisiológica contemporánea, el mecanismo de acción subyacente a este tratamiento se explica con relativa claridad: las descargas modulan la actividad de los nervios periféricos, inhibiendo la transmisión del dolor mediante estimulación de fibras sensoriales de gran calibre (principio similar al de la TENS moderna), y probablemente inducen una liberación local de endorfinas y serotonina. Además, el efecto placebo —en el sentido riguroso del término, como respuesta psicofisiológica genuina a la expectativa de alivio— debió desempeñar un papel relevante, especialmente en trastornos funcionales o tensionales. No obstante, descartar la eficacia del método como mera ilusión sería un error historiográfico grave. Los registros clínicos antiguos describen mejoras objetivas: reducción de la rigidez muscular, cese de espasmos, normalización del pulso en pacientes con crisis ansiosas. La repetibilidad del efecto —el hecho de que múltiples médicos, en distintas regiones y épocas, reportaran resultados similares— apunta a una base neurofisiológica real, corroborada hoy por estudios sobre electroterapia de baja intensidad en el tratamiento del dolor crónico.

Este uso médico de la electricidad biológica plantea una reflexión más amplia sobre la relación entre ciencia y tecnología en la Antigüedad. A menudo se asume que la ciencia antigua carecía de rigor experimental o que se limitaba a la especulación teórica. Sin embargo, el caso de los peces eléctricos demuestra que existían prácticas tecnológicas altamente sofisticadas, basadas en la manipulación precisa de organismos vivos con fines terapéuticos. No se trataba de “brujería” ni de “misticismo”, sino de una biotecnología rudimentaria pero efectiva, que aprovechaba las propiedades electrofisiológicas de ciertas especies como herramientas terapéuticas. La raya eléctrica funcionaba, en esencia, como un dispositivo bioeléctrico portátil: un generador orgánico de impulsos eléctricos, calibrado por la evolución y seleccionado por el médico según criterios clínicos. Este paradigma anticipa, con siglos de anticipación, el desarrollo de dispositivos como los marcapasos implantables o los neuroestimuladores epidurales, donde la interfaz entre biología y electricidad es central.

Es crucial evitar el anacronismo al evaluar estas prácticas. Los romanos no “descubrieron la electricidad” en el sentido moderno, ni pretendían explicar su naturaleza última. Su objetivo era terapéutico, no teórico: aliviar el dolor, restaurar la función, mejorar la calidad de vida. En ese sentido, su enfoque era profundamente pragmático y humanista. La noción de vis medicatrix naturae —la fuerza sanadora de la naturaleza— subyacía a esta práctica: el médico no imponía una cura desde fuera, sino que facilitaba la intervención de una potencia natural ya existente. El pez no era un instrumento inanimado, sino un agente colaborador, casi un colega en la tarea curativa. Esta perspectiva ética y ecológica —la medicina como mediación entre el paciente y las fuerzas vivas del cosmos— contrasta fuertemente con modelos mecanicistas posteriores, y ofrece una lección aún vigente en la era de la medicina de precisión y la bioética.

La desaparición gradual de esta terapia no se debió a su ineficacia, sino a factores históricos y epistemológicos complejos. Con la caída del Imperio romano de Occidente y la fragmentación de las redes médicas, el conocimiento especializado sobre la captura, manejo y aplicación de peces eléctricos se perdió en gran medida en Europa. Aunque persistió en tradiciones árabes y bizantinas —Avicena menciona brevemente “peces que duermen al tocarlos” en su Canon—, la transmisión fue intermitente. La revolución científica del siglo XVII, centrada en la experimentación con máquinas electrostáticas, desplazó el interés hacia fuentes artificiales de electricidad, consideradas más “limpias”, controlables y aptas para la demostración racional. El pez eléctrico pasó de ser un instrumento clínico a un objeto de curiosidad zoológica, estudiado por Linneo y luego por Volta, quien se inspiró en sus órganos para inventar la pila voltaica en 1800. Así, la electricidad regresó a la medicina —primero en forma de electroshock, luego en terapias neuromoduladoras—, pero sin memoria directa de sus orígenes vivientes.

Hoy, con el resurgimiento de la bioelectrónica y la neuroestimulación no invasiva, asistimos a una especie de retorno histórico: dispositivos como los estimuladores del nervio vago o los cascos de estimulación transcraneal de corriente directa (tDCS) recuperan, en formato tecnológico avanzado, la lógica de la antigua terapia con peces eléctricos. La diferencia radica no en la intención —modular la actividad neural mediante impulsos eléctricos—, sino en la mediación: donde los romanos usaban un organismo evolucionado para producir descargas precisas, nosotros empleamos circuitos integrados y algoritmos. Sin embargo, el principio sigue siendo el mismo: la electricidad, aplicada con conocimiento y cuidado, puede restaurar el equilibrio fisiológico. Esta continuidad sugiere que la medicina antigua no fue un preludio ingenuo de la ciencia moderna, sino un sistema autónomo de conocimiento, con sus propios criterios de validez, observación y eficacia, cuya revisión crítica puede enriquecer aún hoy nuestro entendimiento del cuerpo y sus potenciales de autocuración.

Así, el uso de peces eléctricos en la medicina romana constituye un hito temprano y sofisticado en la historia de la electroterapia, testimonio de una capacidad singular para observar, sistematizar y aplicar fenómenos naturales complejos con fines clínicos. Lejos de ser una anécdota curiosa o una superstición disfrazada de ciencia, esta práctica revela una epistemología médica empírica, rigurosa y profundamente integrada con el entorno biológico. Su legado no reside únicamente en haber anticipado técnicas modernas, sino en haber demostrado, con siglos de ventaja, que la electricidad no es una invención humana, sino una fuerza fundamental de la vida misma —una verdad que los médicos de Roma comprendieron no con ecuaciones, sino con las manos, el tacto, y la paciencia de quien escucha a la naturaleza.

Recuperar esta memoria no es un ejercicio de nostalgia, sino un llamado a reconocer la pluralidad de los caminos del conocimiento médico, y a valorar, en la era de la alta tecnología, la antigua sabiduría de trabajar con la vida, no solo sobre ella.


Referencias 

Scribonius Largo. (47). Compositiones Medicamentorum. En Corpus Medicorum Latinorum (Vol. 3). Leipzig: Teubner.

Galenus, C. (196–216). De Locis Affectis. En Kühn, C. G. (Ed.), Claudii Galeni Opera Omnia (Vol. 8). Lipsiae: Car. Cnoblochii.

Nutton, V. (2013). Ancient Medicine (2nd ed.). London: Routledge.

Mazzarello, P. (2010). The electric ray: from ancient therapeutics to modern neuroscience. Journal of the History of the Neurosciences, 19(2), 123–131.

Finger, S., & Piccolino, M. (2011). The Shocking History of Electric Fishes: From Ancient Epochs to the Birth of Modern Neurophysiology. Oxford: Oxford University Press.


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