Entre la ilusión y la valentía, Rubén Darío eleva a Don Quijote a un pedestal de sueños y heroísmo, donde la fantasía se enfrenta al mundo gris de lo cotidiano. Cada verso es un llamado a la nobleza del corazón y a la fuerza de los ideales que nunca mueren. ¿Qué nos enseña un caballero que lucha contra la mediocridad y la injusticia? ¿Podemos recuperar en nosotros la audacia de soñar sin límites?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

LETANÍA DE NUESTRO SEÑOR DON QUIJOTE de Rubén Darío


Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias,
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…

Caballero errante de los caballeros,
barón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, ¡salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!

¡Tú para quien pocas fueron las victorias
antiguas, y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a Orfeón!

Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegaso relincha hacia tí;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso ví.

¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojos y faltos de sol;
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan al ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!

¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel! Pro nobis ora, gran señor.
(Tiemblan las florestas de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hamlet te ofrece una flor.)

Ruega generoso, piadosos, orgulloso;
ruega, casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

De tantas tristezas, de dolores tantos,
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, señor!

De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, señor!

Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…

¡Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de sueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!


Reflexión


Entre los golpes de la vida y los días grises, Darío nos recuerda que Don Quijote es más que un caballero: es el guardián de los sueños que nadie más defiende. Con su lanza y su yelmo de ilusión, se enfrenta a la mediocridad y a lo absurdo, luchando contra todo lo que nos aplasta el alma. Él es el que camina con el paso firme de la heroicidad, aun cuando el mundo lo ignora o lo ridiculiza.

Lo hermoso de Quijote es que pelea contra lo imposible: no solo contra gigantes imaginarios, sino contra la mentira, la indiferencia y las certezas que nos encadenan. Cada derrota suya nos recuerda que luchar por los ideales vale más que ganar. Darío lo eleva, lo hace inmortal, porque su fuerza no está en los triunfos, sino en la constancia de quien sueña y no se rinde, aunque todos digan que es loco.

Y al final, su imagen se vuelve un refugio: nos intercede, nos da coraje, nos devuelve la fe cuando sentimos que ya no hay luz. Es el Quijote que todos llevamos dentro, el que nos recuerda que imaginar, arriesgar y ser generoso es lo que da vida al mundo. Nos enseña que incluso sin alas, sin gloria y sin nadie aplaudiendo, siempre podemos levantarnos y seguir soñando.


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