En el corazón palpitante del Caribe colombiano, Cartagena de Indias se erige como un lienzo viviente, pintado con los ricos tonos de su historia colonial, la vibrante paleta de sus culturas fusionadas, y las doradas pinceladas de sus atardeceres sobre el mar. Esta ciudad, fortaleza y joya, invita a perderse en sus calles empedradas, a respirar el aroma de su gastronomía mestiza, y a dejarse cautivar por el eco de sus historias y leyendas, que susurran secretos de piratas, conquistadores y libertadores a quienes se atreven a escuchar.
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"Imagen generada por OpenAI's DALL·E"
Cartagena de Indias: Patrimonio, Poder Colonial y la Construcción de una Identidad Caribeña en el Largo Plazo
Cartagena de Indias ocupa un lugar privilegiado en la historiografía latinoamericana, no solo como escenario de conquista y resistencia, sino como laboratorio histórico donde convergen las dinámicas del poder imperial, la memoria colectiva y la negociación identitaria. La ciudad, fundada en 1533 por Pedro de Heredia sobre territorios habitados por comunidades indígenas Calamari, se convirtió con el transcurso de los siglos en uno de los puertos más estratégicos del Imperio español en el Nuevo Mundo. Sin embargo, reducirla a un nodo geopolítico sería empobrecer la complejidad de su trayectoria histórica. La tesis que guía este ensayo sostiene que Cartagena de Indias representa un espacio de superposición y tensión permanente entre estructuras coloniales de dominación, prácticas culturales afrodiaspóricas y lógicas contemporáneas de patrimonialización que reproducen, en clave posmoderna, ciertas formas de exclusión que la historiografía crítica apenas comienza a examinar con rigor.
El debate historiográfico en torno a Cartagena ha transitado por diversas etapas interpretativas. Una primera corriente, representada por autores como Aquiles Escalante y Manuel Tejado Fernández, privilegió la dimensión institucional y administrativa del período colonial, enfatizando el papel de la ciudad como bastión defensivo del Caribe hispano. Esta perspectiva, útil para comprender la racionalidad imperial, resultó insuficiente para dar cuenta de las experiencias subalternas que coexistían con la arquitectura del poder. Fue la irrupción de la historia social y los estudios afroamericanos, encarnada en los trabajos de María Cristina Navarrete y Adriana Maya Restrepo, la que desplazó el foco hacia las comunidades esclavizadas, los palenques y las formas de resistencia cultural que sedimentaron la identidad cartagenera desde sus márgenes. Esta tensión historiográfica no es meramente académica: define qué memorias se legitiman, cuáles se silencian y cómo se proyecta la ciudad en el presente.
Conceptualmente, es necesario problematizar la noción de patrimonio que sostiene buena parte del discurso oficial sobre Cartagena. La declaratoria de la UNESCO en 1984, que reconoció el Centro Histórico y las Murallas como Patrimonio de la Humanidad, inauguró un régimen de visibilidad selectiva sobre la ciudad. Desde los marcos teóricos propuestos por Laurajane Smith en torno al “discurso patrimonial autorizado”, es posible identificar cómo dicha declaratoria privilegió la arquitectura colonial —expresión material del poder español— mientras marginalizaba los barrios populares, las prácticas rituales afrocolombianas y la memoria viva de comunidades como Getsemaní. El patrimonio, en este sentido, no es un hecho neutro de conservación cultural, sino un campo de disputa donde se negocian representaciones del pasado al servicio de intereses del presente, frecuentemente articulados con la industria del turismo cultural y la valorización inmobiliaria.
La historia temprana de Cartagena está atravesada por la trata transatlántica de esclavizados, que convirtió al puerto en uno de los principales puntos de entrada de africanos al continente americano entre los siglos XVI y XVIII. Se estima que entre 1533 y 1810 ingresaron por sus muelles más de cien mil personas secuestradas, provenientes de regiones como Angola, el Golfo de Guinea y Senegambia. Este proceso no fue un mero dato demográfico: constituyó la condición de posibilidad de la economía colonial cartagenera, desde las haciendas del interior hasta las construcciones militares que hoy son objeto de admiración turística. Ignorar esta dimensión al contemplar las murallas de la ciudad equivale a disociar el monumento de las condiciones de su producción, una operación ideológica que la historiografía crítica tiene la responsabilidad de desarticular.
El surgimiento del Palenque de San Basilio, declarado a su vez Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2005, complejiza aún más el panorama. Fundado a finales del siglo XVII por comunidades lideradas por Benkos Biohó, Palenque representa la resistencia organizada frente al régimen esclavista y la fundación de un orden social alternativo basado en la autonomía, el gobierno propio y la preservación de lenguas y rituales de origen africano. La coexistencia de dos patrimonios reconocidos internacionalmente —el colonial y el cimarrón— en una región geográficamente contigua, ilustra la contradictoria política de memoria que rige el tratamiento institucional del pasado en Colombia. Reconocer ambos sin articular críticamente su relación histórica de dominación y resistencia es una forma de neutralización simbólica que el análisis social no puede aceptar sin reservas.
La gastronomía cartagenera constituye otro vector de comprensión de la ciudad como espacio de mestizaje y negociación cultural. Los saberes culinarios que circulan en sus mercados y cocinas —desde el arroz con coco hasta el mote de queso o la cazuela de mariscos— son el resultado de procesos de syncretismo entre tradiciones indígenas, africanas y europeas, en los que las mujeres negras y afrodescendientes desempeñaron un papel central como portadoras y transmisoras de conocimiento. Lejos de ser una curiosidad folclórica, la cocina cartagenera es una epistemología encarnada que desafía la jerarquía entre saberes legítimos e ilegítimos. Esta perspectiva, articulada con los enfoques decoloniales de Aníbal Quijano sobre la colonialidad del saber, permite comprender la cultura popular no como residuo de la historia, sino como espacio activo de producción de sentido frente a los dispositivos de subalternización.
El siglo XIX trajo consigo transformaciones que reconfiguraron profundamente la posición de Cartagena en el sistema-mundo. La Independencia, proclamada el 11 de noviembre de 1811, no representó una ruptura radical con las jerarquías coloniales. Los sectores criollos que lideraron el proceso independentista reprodujeron, con variantes republicanas, las estructuras de exclusión racial y económica heredadas del período hispánico. La abolición de la esclavitud, tardíamente concretada en 1851, tampoco garantizó la incorporación plena de las poblaciones afrodescendientes a la ciudadanía efectiva. Cartagena ingresó al siglo XX como una ciudad empobrecida, relegada por el desplazamiento de los ejes económicos hacia Barranquilla y Bogotá, portando el peso de una memoria colonial apenas comenzada a procesar críticamente.
La reactivación económica de Cartagena durante el siglo XX estuvo ligada a dos procesos articulados: la industrialización parcial de su zona portuaria y el auge del turismo internacional, catapultado por la patrimonialización ya mencionada. Este segundo proceso generó transformaciones urbanas de hondo impacto social. La gentrificación progresiva de barrios como Getsemaní, históricamente habitado por comunidades afrocartageneras de bajos ingresos, es uno de los fenómenos más documentados por la sociología urbana reciente. Investigaciones como las de Lina María Vargas han mostrado cómo el capital turístico y la inversión inmobiliaria han desplazado a comunidades históricas hacia la periferia, mientras sus territorios son resignificados como “autenticidad” para el consumo foráneo. Esta paradoja —el barrio popular convertido en marca turística que expulsa a quienes lo hicieron posible— es una manifestación localizada de dinámicas globales de apropiación cultural bajo el capitalismo tardío.
Desde el enfoque teórico del sistema-mundo moderno/colonial propuesto por Immanuel Wallerstein y desarrollado desde América Latina por autores como Walter Mignolo y Nelson Maldonado-Torres, Cartagena puede leerse como un nodo de larga duración en el que las jerarquías establecidas durante la colonización ibérica han demostrado una notable capacidad de reproducción y adaptación. Las murallas que protegieron los intereses del Imperio español funcionan hoy como escenografía de una economía del ocio que, aunque transformada en sus formas, mantiene una distribución de beneficios notablemente asimétrica. Las comunidades afrocartageneras, descendientes de quienes construyeron literalmente la infraestructura colonial, participan de manera marginal en los flujos económicos que genera el patrimonio que llevan en sus cuerpos y en su memoria.
Reflexionar sobre el turismo en Cartagena obliga a interrogar las representaciones que circulan globalmente sobre la ciudad. La imagen de calles coloridas, balcones floridos y mujeres palenqueras cargando frutas sobre sus cabezas es omnipresente en la publicidad turística. Esta imagen, estetizada y descontextualizada, transforma sujetos históricos en objetos de consumo visual, renovando una mirada exotizante de raíz colonial. La mujer palenquera como ícono turístico es al mismo tiempo un reconocimiento de la presencia afrodescendiente y una captura de esa presencia en un régimen de representación que la inmoviliza en el pintoresquismo, alejándola de su dimensión política y su agencia histórica. La tensión entre visibilidad y objetivación es uno de los nudos críticos que la investigación sobre Cartagena debe continuar desatando.
La literatura ha sido también un espacio de elaboración de la identidad cartagenera y caribeña. La obra de Gabriel García Márquez, aunque anclada en el imaginario del Caribe continental, ilumina con su realismo mágico dimensiones simbólicas del mundo que Cartagena habita: el tiempo circular, la memoria como sustancia viva, la convivencia entre lo visible y lo espectral. Más directamente vinculada a la ciudad, la narrativa de Marvel Moreno explora las tensiones de clase, género y raza en la sociedad cartagenera del siglo XX con una agudeza sociológica que supera muchos estudios académicos. La literatura, en este sentido, no es un adorno del análisis histórico, sino una fuente epistemológica que articula experiencias subjetivas inaprehensibles por los archivos convencionales y que permite acceder a dimensiones de la vida cotidiana que la historia institucional invisibiliza.
A modo de conclusión, y como aporte interpretativo de este ensayo, es posible proponer que Cartagena de Indias funciona como un palimpsesto colonial cuyas capas superpuestas de sentido —imperial, cimarrona, republicana, turística, decolonial— no se anulan entre sí sino que coexisten en tensión productiva. Esta noción implica que ninguna lectura unívoca de la ciudad es históricamente suficiente: ni la celebración patrimonial que borra la violencia fundacional, ni el relato de resistencia que idealiza la agencia subalterna sin matices, ni el diagnóstico crítico que reduce todo proceso cultural a un efecto de la dominación. La ciudad es simultáneamente monumento y cicatriz, archivo y olvido, espectáculo y vida. Comprender Cartagena en toda su complejidad exige una historiografía capaz de sostener esa tensión sin resolverla prematuramente, una ciencia social dispuesta a escuchar los registros múltiples —el archivo, el cuerpo, el sabor, el ritual— en que la historia se inscribe. Solo desde esa perspectiva integradora y críticamente informada es posible contribuir a una conversación pública sobre el pasado que no reproduzca, bajo nuevas formas, las exclusiones que dice conmemorar.
Cartagena no necesita ser romantizada para ser amada: necesita ser comprendida en la totalidad contradictoria de lo que fue, de lo que es y de lo que sus comunidades más vulnerables tienen todavía el derecho de hacer de ella.
Referencias
Maya Restrepo, L. A. (1998). Demografía histórica de la trata por Cartagena 1533–1810. En C. Mosquera, M. Pardo & O. Hoffmann (Eds.), Afrodescendientes en las Américas (pp. 9–50). Universidad Nacional de Colombia.
Navarrete, M. C. (2005). Génesis y desarrollo de la esclavitud en Colombia, siglos XVI y XVII. Universidad del Valle.
Smith, L. (2006). Uses of heritage. Routledge.
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En E. Lander (Ed.), La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales (pp. 201–246). CLACSO.
Mignolo, W. D. (2003). Historias locales/diseños globales: colonialidad, conocimientos subalternos y pensamiento fronterizo. Akal.
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