Entre murallas ciclópeas, necrópolis aristocráticas y castros fortificados, la Península Ibérica prerromana fue un mosaico dinámico de poderes en negociación constante. Los llamados íberos, celtíberos o turdetanos no fueron esencias étnicas inmutables, sino configuraciones políticas fluidas forjadas en redes de guerra, comercio y alianza. ¿Cuánto de lo que sabemos es herencia romana? ¿Y cuánto es construcción historiográfica moderna?


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La Fragmentación Etnocultural de la Península Ibérica Prerromana: Hacia una Reconceptualización de las Identidades Tribales en el Mediterráneo Occidental


Introducción: El Problema de la Categorización Étnica en la Antigüedad

La historiografía tradicional ha tendido a proyectar sobre la realidad prerromana de la Península Ibérica un esquema taxonómico rígido que, lejos de reflejar la complejidad sociopolítica de los pueblos antiguos, responde más bien a las necesidades clasificatorias del pensamiento moderno. La enumeración de etnónimos —olcades, bastetanos, carpetanos, sedetanos, edetanos, cántabros, galaicos, túrdulos, turdetanos, ilercavones, layetanos, cesetanos, contestanos, oretanos, autrigones, vettones— constituye un repertorio que, aunque útil para la sistematización cartográfica, encierra riesgos epistemológicos significativos cuando se asume como descripción fiel de realidades identitarias estables. La presente investigación propone una relectura crítica de estas formaciones político-culturales, interrogando no solo su delimitación territorial y su articulación interna, sino también los mecanismos mediante los cuales la historiografía clásica y contemporánea ha construido la noción de “pueblo” aplicada a contextos preestatales.

La tesis central que aquí se defiende sostiene que las entidades tribales ibéricas no constituyeron comunidades étnicas esencialistas, sino configuraciones políticas fluidas, heterogéneas y dinámicas, cuya aparente clasificación en ámbitos culturales —íbero, celtíbero, celta, tartésico— responde a procesos de agregación y diferenciación continua. Esta perspectiva exige abandonar paradigmas difusionistas que interpretan la cultura material como expresión directa de identidad étnica, proponiendo en cambio un marco teórico que incorpore las aportaciones de la arqueología procesual, la antropología histórica y los estudios poscoloniales sobre formaciones políticas no estatales.


Marco Teórico: Más Allá del Etnicismo Arqueológico


La arqueología ibérica ha transitado durante el último siglo por distintos modelos interpretativos que han condicionado la comprensión de las sociedades prerromanas. El paradigma cultural-histórico, dominante hasta la década de 1970, estableció correspondencias mecánicas entre horizontes cerámicos, tipologías arquitectónicas y grupos étnicos, generando mapas de distribución tribal que persisten en manuales y divulgaciones. Este enfoque, nutrido por el historicismo decimonónico y las teorías difusionistas de Gustaf Kossinna, asumía que la homogeneidad cultural reflejaba consanguinidad y unidad política, ignorando los procesos de transculturación, adopción selectiva y sincretismo que caracterizan las sociedades de frontera.

La incorporación de perspectivas procesuales y, posteriormente, posprocesuales, ha permitido problematizar estas asociaciones simplistas. Los trabajos pioneros de John Collis sobre la definición de lo “celta”, así como las reflexiones de Barry Cunliffe y Peregrine Horden sobre el Mediterráneo como ecúmene conectiva, ofrecen herramientas conceptuales para repensar la Península Ibérica no como mosaico de tribus estancadas, sino como espacio de interacción sistémica donde las identidades se negociaban constantemente. La noción de “comunidades imaginadas” de Benedict Anderson, trasladada al ámbito antiguo por scholars como Greg Woolf, resulta particularmente productiva para comprender cómo los etnónimos literarios —frecuentemente de origen grecorromano— podían no coincidir con las autoidentificaciones indígenas.

Desde la antropología histórica, los estudios de Pierre Bourdieu sobre la práctica y el habitus, así como las aportaciones de Fredrik Barth sobre los límites étnicos como barreras organizativas más que culturales, permiten desplazar el análisis desde la búsqueda de esencias hacia el estudio de estrategias sociales. En este sentido, los pueblos íberos, celtíberos y celtas peninsulares no representan categorías ontologicas, sino posicionamientos políticos situados que respondían a lógicas de competencia por recursos, alianzas matrimoniales, patronazgo guerrero y articulación con redes comerciales mediterráneas.


El Ámbito Ibérico Oriental y Meridional: Urbanismo, Escritura y Hegemonía


Los bastetanos, edetanos, contestanos, layetanos, ilercavones, sedetanos y cesetanos han sido tradicionalmente agrupados bajo la etiqueta de “pueblos íberos”, caracterizados por el desarrollo urbano avanzado, la adopción de escritura indígena y la intensa participación en circuitos comerciales fenicios y griegos. Sin embargo, esta clasificación homogeneizante oculta diferencias estructurales significativas que merecen atención analítica detallada. La Bastetania, ubicada en el sureste peninsular, presenta un patrón de asentamiento caracterizado por oppidum de planta ortogonal y necrópolis con ricos ajuares tumulares, sugiriendo una sociedad estratificada con élites capaces de acumular excedentes y establecer monopolios sobre el comercio de mineral de hierro y plata.

Por el contrario, la Edetania, centrada en el actual territorio valenciano, desarrolla un urbanismo diferenciado con ciudades monumentales como Edeta (Liria) y Kelin (Los Villares), donde la arquitectura públical —murallas ciclópeas, templos con cella y pronaos, sistemas de canalización— evidencia formas de organización política que trascienden la simple jefatura tribal. La coexistencia de inscripciones en escritura ibérica con documentación monetaria en alfabetos greco-ibéricos apunta hacia una sociedad plurilingüe donde la escritura funcionaba como tecnología de poder al servicio de distintas instancias de autoridad. La historiografía reciente, encabezada por investigadores como Joan Sanmartí y Carme Belarte, ha enfatizado la necesidad de comprender estas formaciones como “ciudades-estado” o “macrofamilias expandidas” más que como etnias en sentido moderno.

La Contestania y la Cesetania, situadas en la transición hacia el sureste, presentan perfiles híbridos donde elementos de tradición ibérica se combinan con prácticas funerarias y arquitectónicas que dialogan con el mundo tartésico-turdetano. Esta observación introduce una cuestión metodológica crucial: los límites entre ámbitos culturales no eran líneas fronterizas nítidas, sino zonas de contacto permeables donde la identidad se construía relacionalmente. Los sedetanos de la cuenca del Jalón y los ilercavones del valle del Ebro inferior constituyen ejemplos paradigmáticos de esta permeabilidad, desarrollando culturas materiales que combinan cerámica ibérica pintada con elementos decorativos de tradición indígena local, posiblemente vinculados a substratos neolíticos anteriores.


El Mundo Celtíbero: Guerra, Aristocracia y Agregación Tribal


La categoría de “celtíberos”, aplicada a carpetanos, oretanos, olcades y vettones, encierra quizás los mayores problemas taxonómicos de la historiografía peninsular. El término mismo, acuñado por Posidonio y difundido por Estrabón, sugiere una mixtura cultural entre elementos celtas e íberos que la arqueología ha tendido a proyectar como realidad etnográfica estable. No obstante, la diversidad interna de estas formaciones desdibuja cualquier definición esencialista. Los carpetanos, asentados en la meseta sur, desarrollaron un sistema político caracterizado por la concentración poblacional en oppida extensos —Segontia, Toledo antiguo, Recópolis germinal— y la emisión de moneda con leyendas que parecen indicar estructuras de poder colegiadas o, al menos, no estrictamente monárquicas.

La numismática carpetana, abundantemente estudiada desde los trabajos pioneros de Antonio Beltrán hasta las síntesis recientes de Fernando Wulff Alonso, revela una iconografía que combina motivos ecuestres —propios de la ideología guerrera celtizante— con símbolos de tipo urbano-ibérico, sugiriendo que la identidad celtíbera se constituía precisamente en la tensión entre estas referencias. Los oretanos de la Sierra Morena y la alta Andalucía presentan un caso aún más complejo, dado su papel como intermediarios entre el mundo turdetano del sur y las mesetas del interior. Su participación en las guerras lusitanas y celtíberas contra Roma evidencia capacidades de movilización militar que solo pueden explicarse mediante estructuras de clientela y obligación reciproca extensas, no mediante la mera convocatoria tribal.

Los olcades del valle del Júcar y los vettones de la meseta occidental han sido frecuentemente marginalizados en los estudios comparativos, quizás por la menor densidad de registros epigráficos. Sin embargo, la cultura material vettona —particularmente la escultura zoomorfa en granito y los sistemas defensivos de castros— apunta hacia una sociedad profundamente diferenciada, donde la identidad guerrera se articulaba con prácticas pastoriles de gran movilidad. La historiografía de Jaime Alonso y Jesús R. Álvarez-Sanchís ha destacado el carácter “no urbano” pero altamente complejo de estas formaciones, que desafían las dicotomías tradicionales entre “pueblos de ciudad” y “pueblos de castros”.


Los Pueblos del Norte y Oeste: Más Allá del Celtismo Periférico


La inclusión de cántabros, galaicos y autrigones en un ámbito “celta del norte y oeste” responde más a la geografía política romana que a evidencias arqueológicas contundentes de afinidad cultural. Los cántabros, habitantes de la cordillera cantábrica, fueron objeto de una construcción literaria romana —especialmente en las guerras de Augusto— que los presentó como arquetipos de barbarie montañesa, feroces e inaccesibles a la civilización. Sin embargo, la arqueología de los últimos decenios, sintetizada magistralmente por Eduardo Peralta Labrador, ha revelado sociedades jerarquizadas con capacidad de acumulación de metales preciosos, establecimiento de santuarios colectivos y participación en redes de intercambio que conectaban la cornisa cantábrica con el valle del Duero y, a través de este, con el Mediterráneo.

Los galaicos del noroeste peninsular presentan el fenómeno de los castros como forma dominante de asentamiento, generando debates historiográficos sobre su naturaleza política. ¿Representan estas estructuras fortificadas aldeas autónomas, centros de poder regional, o elementos de un sistema más amplio de articulación territorial? La obra de Francisco Sande Lemos y, más recientemente, de Gonzalo Ruiz Zapatero, ha inclinado el balance hacia interpretaciones que enfatizan la segmentariedad política galaica, donde el poder se ejercía mediante alianzas entre jefaturas locales más que mediante estructuras estatales centralizadas. La escritura galaica, escasamente documentada y de difícil descifrado, parece haber tenido usos restrictivos, posiblemente vinculados a prácticas rituales y memorias genealógicas de élites guerreras.

Los autrigones, situados en la transición entre la meseta norte y el valle del Ebro, constituyen un caso particularmente instructivo para la problematización de las categorías étnicas. Su ubicación geográfica, en la periferia de los principales ámbitos culturales definidos, les ha conferido en la literatura científica un estatus de “pueblo intermedio” o “de transición”. No obstante, esta caracterización asume precisamente lo que debe demostrarse: la existencia de centros culturales nucleares frente a periferias pasivas. La arqueología autrigona, con sus necrópolis de tumbas de cámara y su cerámica de tradición indígena, puede leerse igualmente como expresión de una identidad assertivamente diferenciada, construida en diálogo crítico con los modelos ibéricos y celtiberos vecinos.


Turdetanos y Túrdulos: Herederos, Constructores o Invención Historiográfica


El ámbito tartésico-turdetano plantea interrogantes específicos sobre la continuidad histórica y la memoria cultural. La asociación de turdetanos y túrdulos con la antigua Tartessos, difundida por fuentes clásicas desde Heródoto hasta Estrabón, ha generado una tradición historiográfica que proyecta sobre el sur peninsular una narrativa de decadencia y herencia. Según esta lectura, los turdetanos serían los herederos directos de la esplendorosa Tartessos, conservando parcialmente su cultura avanzada —agricultura intensiva, metalurgía del bronce, escritura tartésica— tras el colapso del mundo orientalizante en el siglo VI a.C.

Sin embargo, esta perspectiva ha sido radicalmente cuestionada por investigaciones recientes que enfatizan la discontinuidad estructural entre el mundo tartésico y el turdetano posterior. Los trabajos de Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González sobre la arqueología del Bajo Guadalquivir sugieren que la formación turdetana respondió a procesos de reestructuración sociopolítica vinculados a la intensificación del contacto fenicio y, posteriormente, cartaginés, más que a la pervivencia de tradiciones indígenas arcaicas. La escritura tartésica, lejos de transmitirse como sistema de registro administrativo, parece haber desaparecido, siendo sustituida por prácticas de memoria oral y, eventualmente, por la adopción de modelos numismáticos y epigráficos de influencia púnica y griega.

Los túrdulos, ubicados tradicionalmente en la zona de Huelva y el Algarve, presentan un perfil aún más difuso, dada la escasez de registros arqueológicos diferenciados. Su mención en fuentes literarias, particularmente en el Periplo de Avieno, ha generado debates sobre su ubicación exacta y su relación con los turdetanos. Algunos investigadores, como José María Blázquez Martínez, han propuesto identificarlos como una rama occidental del mismo substrato étnico, mientras otros, siguiendo a Adolf Schulten, los han situado en posiciones más septentrionales. Esta indeterminación geográfica y cultural resulta sintomática de los límites de nuestras fuentes y de los riesgos de la reconstrucción etnográfica basada exclusivamente en textos de autoría externa.


Problematizaciones Finales: Etnicidad, Arqueología y Construcción del Pasado


La revisión crítica de estas dieciséis entidades tribales —olcades, bastetanos, carpetanos, sedetanos, edetanos, cántabros, galaicos, túrdulos, turdetanos, ilercavones, layetanos, cesetanos, contestanos, oretanos, autrigones, vettones— conduce inevitablemente a una reflexión epistemológica sobre las condiciones de posibilidad del conocimiento histórico-arqueológico. La pregunta no es ya cuál era la “realidad” de estos pueblos, sino cómo y por qué hemos construido discursivamente tales realidades. La arqueología procesual nos ha enseñado que la cultura material no es epifenómeno de la identidad étnica, sino campo de prácticas sociales donde múltiples identidades —de género, edad, estatus, ocupación— se entrecruzan y negocian.

La historiografía española e iberoamericana sobre estos temas ha transitado, especialmente desde la transición democrática, por procesos de revisión que han desplazado paradigmas nacionalistas imperantes durante el franquismo. La arqueología de los años sesenta y setenta tendía a proyectar sobre el pasado ibérico una imagen de unidad prefiguradora del Estado moderno, seleccionando elementos de la cultura material que podían interpretarse como “protospañoles” o “protoeuropeos” según las necesidades ideológicas del momento. La superación de estos enfoques exige no solo nueva documentación, sino una radical autocritica de las categorías analíticas empleadas.

En este sentido, resulta productiva la incorporación de perspectivas decoloniales y subalternas que interrogan el privilegio epistemológico de las fuentes grecorromanas. Cuando Estrabón, Polibio o Tito Livio nombran a estos pueblos, lo hacen desde una posición de superioridad civilizatoria que clasifica, jerarquiza y, frecuentemente, distorsiona. Los etnónimos literarios pueden responder a categorías administrativas romanas, a alianzas políticas efímeras o incluso a malentendidos lingüísticos, más que a autoidentificaciones estables. La arqueología, lejos de confirmar estas etiquetas, debe asumir su autonomía interpretativa, reconociendo que sus categorías —”horizonte”, “fase”, “grupo cultural”— son igualmente construcciones analíticas, aunque fundamentadas en la materialidad de los vestigios.


Conclusión: Hacia una Arqueología de las Prácticas y las Conectividades


El estudio de los pueblos prerromanos de la Península Ibérica exige abandonar definitivamente el esquema taxonómico que los presenta como entidades étnicas estables, homogéneas y territorialmente delimitadas. La evidencia arqueológica, epigráfica y numismática disponible apunta hacia un escenario de extraordinaria complejidad sociopolítica, donde identidades múltiples y situadas se articulaban mediante prácticas de agregación territorial, alianzas matrimoniales, intercambio ceremonial y participación en redes comerciales de larga distancia. Los bastetanos, edetanos, carpetanos y demás grupos mencionados no fueron, en última instancia, “pueblos” en el sentido moderno de comunidades nacionales, sino configuraciones políticas fluidas, capaces de redefinir sus límites y sus alianzas según las coyunturas históricas.

Esta reconceptualización tiene implicaciones metodológicas significativas para la investigación futura. En primer lugar, exige un giro desde la arqueología de la cultura hacia la arqueología de las prácticas sociales, atendiendo a cómo la identidad se performaba y negociaba en contextos específicos de interacción. En segundo lugar, impone superar el enfoque microregional que ha caracterizado gran parte de la investigación ibérica, proponiendo estudios comparativos y conectivos que sitúen la Península en el marco más amplio del Mediterráneo occidental y del Atlántico europeo. Finalmente, reclama una historiografía reflexiva, consciente de sus propias condiciones de producción y capaz de interrogar críticamente las categorías heredadas del pensamiento moderno.

La romanización de la Península, lejos de representar la imposición de una cultura superior sobre sociedades tribales primitivas, debe comprenderse como el resultado de procesos de negociación, resistencia y adaptación donde las élites indígenas desempeñaron un papel activo. La pervivencia de elementos de la cultura material prerromana durante siglos de dominación imperial, la persistencia de topónimos y etnónimos en la documentación altomedieval, y la reactivación de referencias identitarias “celtíberas” o “íberas” en contextos contemporáneos de construcción nacional, evidencian que estas antiguas formaciones políticas no desaparecieron con la conquista romana, sino que fueron transformadas, subsumidas y, en ocasiones, estratégicamente reivindicadas.

En última instancia, el valor del estudio de estos pueblos no reside en la posibilidad de completar un cuadro etnográfico del pasado, sino en la oportunidad de reflexionar sobre las múltiples formas de organización política que han existido fuera del modelo estatal occidental, sobre la plasticidad de las identidades colectivas y sobre los riesgos de proyectar categorías anacrónicas sobre realidades históricas radicalmente ajenas a nuestras experiencias. La Península Ibérica prerromana emerge así no como mosaico de tribus estáticas, sino como laboratorio de experimentación política, espacio de conectividad mediterránea y campo de disputa interpretativa donde el pasado y el presente dialogan incesantemente.


Referencias

Alonso, J., & Álvarez-Sanchís, J. R. (2010). Los vettones: Arqueología y etnicidad de un pueblo prerromano de la Meseta Occidental. Real Academia de la Historia.

Belarte, M. C., & Sanmartí, J. (2015). Els ibers del nord-est: De l’edat del bronze a la romanització. Universitat de Barcelona.

Celestino Pérez, S., & Rodríguez González, E. (2018). Tartessos y el Mediterráneo: Contextos de orientalización en el sur de la Península Ibérica. Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Peralta Labrador, E. (2003). Los cántabros antes de Roma. Real Academia de la Historia.

Ruiz Zapatero, G., & Álvarez-Sanchís, J. R. (1995). “Las culturas de la Edad del Hierro en la Meseta: ¿Celtas o celtizadas?”. Complutum, 6, 91-114.


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