Entre ruinas de posguerra, desfiles nocturnos, himnos patrióticos y balcones convertidos en escenarios, la ciudad de Fiume se transformó en un experimento político sin precedentes donde la estética sustituyó a la institucionalidad y el líder se volvió espectáculo. Mucho antes de la consolidación del fascismo italiano, Gabriele D’Annunzio ensayó allí una nueva forma de movilización emocional y poder simbólico. ¿Fue Fiume el verdadero laboratorio del fascismo moderno? ¿Hasta qué punto Mussolini heredó su liturgia política?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

El Estado de Fiume (1919-1920): laboratorio estético‑político de Gabriele D’Annunzio y prefiguración del fascismo italiano


Resumen

La ocupación de la ciudad adriática de Fiume por el poeta‑soldado Gabriele D’Annunzio entre septiembre de 1919 y diciembre de 1920 constituye uno de los episodios más singulares de la inmediata posguerra europea. Durante esos dieciséis meses se ensayaron rituales de masas, una particular escenografía del poder y un repertorio simbólico que, pulidos y sistematizados, serían adoptados por el fascismo mussoliniano apenas dos años después. El presente ensayo analiza la experiencia fiumana como laboratorio político en el que la estetización de la vida pública, la comunicación carismática y la liturgia nacionalista confluyeron en un modelo de dominación que trascendió su aparente extravagancia. Se examinan el contexto que dio origen a la empresa, los dispositivos rituales y estéticos que la caracterizaron, las técnicas de control social que en ella se ensayaron y, finalmente, las continuidades y diferencias que ligan a Fiume con el régimen fascista. Se sostiene que, sin ser D’Annunzio un fascista en sentido estricto, su gobierno en Fiume proporcionó al movimiento de Mussolini un repertorio de formas y prácticas que resultarían decisivas para la construcción del Estado fascista.


Introducción

El 12 de septiembre de 1919, una columna heterogénea de soldados, arditi, excombatientes y jóvenes nacionalistas encabezada por el poeta Gabriele D’Annunzio penetró en Fiume sin hallar resistencia militar significativa. La operación, bautizada por el propio D’Annunzio como “la más bella empresa desde los Mil de Garibaldi”, inauguró un régimen provisional que él mismo denominó Regencia Italiana del Carnaro y que se prolongó hasta la Navidad de 1920, cuando la marina italiana puso fin al experimento en cumplimiento del Tratado de Rapallo.

Pese a su brevedad, la experiencia fiumana ha sido objeto de una atención historiográfica persistente. El motivo principal de ese interés estriba en que Fiume funcionó como un verdadero taller de innovación política que anticipó, tanto en sus formas coreográficas como en sus fundamentos ideológicos, muchos de los rasgos que caracterizarían al fascismo italiano. La tesis que aquí se defiende es que la ocupación no fue una mera extravagancia literaria, sino un laboratorio donde se inventaron rituales, estéticas y técnicas de poder que Mussolini supo sistematizar con éxito. Para fundamentar esta afirmación, el análisis se organiza en cuatro apartados: el contexto de la “victoria mutilada”, la arquitectura institucional de la Regencia, el despliegue de una política estetizada y, por último, la discusión sobre el legado fascista de Fiume.


Contexto histórico: la “victoria mutilada” y la cuestión de Fiume


La génesis de la empresa debe situarse en el ambiente de frustración nacionalista que siguió a la Primera Guerra Mundial. Aunque Italia había combatido en el bando vencedor, el Tratado de Versalles y los acuerdos de la Conferencia de Paz de París no satisficieron las aspiraciones territoriales alimentadas por el Tratado de Londres de 1915. Fiume, puerto estratégico en el Adriático con una población mixta italiana y croata, quedó fuera de la soberanía italiana, lo que fue denunciado por los sectores nacionalistas como una “victoria mutilada” (Hughes‑Hallett, 2013).

D’Annunzio se erigió en portavoz de ese descontento. Para él, la guerra no había concluido en 1918; simplemente había cambiado de escenario. La ocupación de Fiume se presentaba como un acto de justicia patriótica que desafiaba simultáneamente a las potencias aliadas y al gobierno liberal de Francesco Saverio Nitti, al que tachaba de pusilánime. La ruptura unilateral del orden de Versalles convertía a Fiume en un símbolo de la rebeldía nacionalista y en un laboratorio donde podían ensayarse formas alternativas de comunidad política (Reill, 2020).


La Regencia Italiana del Carnaro y la Carta de Carnaro


Una vez consolidada la ocupación, D’Annunzio procedió a institucionalizar su dominio. El 8 de septiembre de 1920 proclamó la Regencia Italiana del Carnaro y promulgó la Carta de Carnaro, redactada con la colaboración del sindicalista revolucionario Alceste De Ambris. El texto constitucional, profundamente híbrido, combinaba elementos del sindicalismo nacional, el corporativismo, el anarquismo y el republicanismo democrático, y fue presentado como un modelo superador tanto del liberalismo burgués como del socialismo marxista (De Ambris & D’Annunzio, 1920).

La Carta reconocía la música como principio fundamental del Estado, instituía diez corporaciones obligatorias que integraban a todos los sectores productivos y reservaba un décimo gremio, sin nombre ni título, para “las fuerzas misteriosas del pueblo que trabaja y se eleva”. Esta arquitectura institucional, deliberadamente poética, evidenciaba la voluntad de D’Annunzio de convertir la política en una obra de arte total (Merkle, 2020). En la práctica, el poder residía enteramente en el “Comandante”, que ejercía una autoridad indiscutida, legitimada más por el carisma que por procedimientos formales.


La estetización de la política: el legado de Fiume


El aspecto más perdurable de la experiencia fiumana no fue su efímera constitución, sino el repertorio estético‑ritual que D’Annunzio puso en escena día tras día. Walter Benjamin afirmaría más tarde que “la consecuencia lógica del fascismo es la introducción de la estética en la vida política”; D’Annunzio, sin haber leído al filósofo alemán, llevó esa máxima a la práctica de manera espontánea y radical (Benjamin, 1936).

Rituales, símbolos y liturgia de masas
En Fiume se gestó prácticamente la totalidad del ceremonial que Mussolini haría familiar: el discurso desde el balcón del palacio gubernamental, el saludo romano con el brazo en alto, el diálogo coreografiado con la multitud, el uso de símbolos religiosos en contextos seculares y el grito de guerra “Eia, eia, alalà!”, tomado del llanto de Aquiles en la Ilíada (Paxton, 2004). Se trataba de una política concebida como espectáculo, en la que los ciudadanos no eran meros espectadores, sino actores de una gran representación nacional.

La jornada fiumana estaba pautada por actos públicos cuidadosamente teatralizados: cada mañana el Comandante leía poesía y proclamas desde el balcón; cada noche se ofrecían conciertos y fuegos artificiales. Las exhibiciones atléticas, los desfiles de antorchas y las ceremonias de juramento de los legionarios constituían “grandes rituales nacionalistas emotivos” que perseguían la fusión del individuo en la masa y la identificación afectiva con el líder (Ledeen, 1977).

La estética del poder: uniformes, insignias y gestualidad
Los seguidores de D’Annunzio adoptaron la camisa negra de los arditi, las unidades de asalto que habían combatido en la guerra y que se convirtieron en la base militar de la Regencia (Hughes‑Hallett, 2013). Los uniformes, los puñales al cinto y las boinas negras no eran meros atavíos, sino signos de pertenencia a una comunidad elegida. La violencia se revestía de una estetización precisa: las formaciones disciplinadas, las respuestas coreadas y la represión de los disidentes —que incluía la humillante práctica de administrar aceite de ricino— configuraban un estilo de dominación que unía brutalidad y belleza en un mismo gesto.

Esta estética del poder no solo cumplía una función intimidatoria, sino que generaba un fuerte sentido de identidad entre los seguidores y seducía a sectores sociales muy heterogéneos: veteranos de guerra, sindicalistas revolucionarios, artistas de vanguardia, jóvenes burgueses en busca de aventura y anarquistas atraídos por el carácter antisistema de la empresa (Reill, 2020). La diversidad de esa base social es un dato relevante: muestra que la estetización de la política no era un adorno superficial, sino el cemento que mantenía unida a una coalición ideológicamente dispar.


Técnicas de poder y control social


Además del arsenal ritual y estético, en Fiume se ensayaron técnicas concretas de gobierno que más tarde serían perfeccionadas por el régimen fascista. La comunicación carismática ocupaba un lugar central. D’Annunzio se dirigía personalmente a la multitud, establecía un diálogo aparente con los ciudadanos congregados y hacía del contacto visual directo y la teatralidad gestual los ejes de su oratoria. No era un discurso argumentativo, sino performativo: importaba más la emoción generada que el contenido proposicional.

El culto al líder constituía otro pilar. El Comandante era presentado como un ser excepcional, dotado de cualidades poéticas, heroicas y visionarias que lo situaban por encima de la política ordinaria. Su ceguera parcial y la exhibición pública de sus condecoraciones contribuían a esa mitología personal. El líder no rendía cuentas ni se sometía a procedimientos institucionales: gobernaba por aclamación, en consonancia con un modelo de dominación carismática que Max Weber había teorizado pocos años antes.

Las corporaciones de la Carta de Carnaro, aunque inspiradas en el sindicalismo revolucionario de De Ambris, encerraban también un potencial de control social: la afiliación obligatoria suprimía el pluralismo sindical y situaba al Estado en la cúspide de un sistema de representación de intereses funcionalmente integrado. Mussolini recogería esa herencia corporativa y la convertiría en un eje doctrinal del fascismo una vez en el poder (Griffin, 1995).


Fiume como laboratorio del fascismo: continuidades y diferencias


La historiografía ha debatido largamente el carácter fascista de la Regencia. Autores como Michael Ledeen (1977) sostienen que “virtualmente todo el ritual de la política fascista fue inventado por D’Annunzio en Fiume”, mientras que estudios más recientes, como el de Patrick Merkle (2020), argumentan que la Regencia careció de rasgos centrales del fascismo, como la aspiración totalitaria sistemática o el partido único de masas. Ambas perspectivas, sin embargo, reconocen que Fiume suministró un repertorio de formas políticas del que el fascismo se apropió selectivamente.

Las continuidades son evidentes: el saludo romano, los discursos de balcón, la coreografía de masas, el uso del uniforme negro, el grito de guerra y la violencia como recurso político legítimo pasaron casi sin modificación del escenario fiumano al movimiento fascista. Giuseppe Bottai, jerarca del régimen, admitiría años después que “todo lo que el fascismo hizo, D’Annunzio lo había ya imaginado y, dentro de ciertos límites, practicado” (citado en Hughes‑Hallett, 2013).

Pero también existen diferencias cualitativas. D’Annunzio nunca pretendió construir un Estado totalitario ni articuló un partido único; su gobierno fue un experimento efímero que no sobrevivió a la presión diplomática y militar italiana. Además, ciertos aspectos libertarios de la Carta de Carnaro —como la equiparación jurídica de la mujer o la exaltación de la creatividad individual— resultarían ajenos al fascismo realmente existente. Esas diferencias no anulan, sin embargo, la función de Fiume como laboratorio donde se ensayaron, en condiciones casi controladas, las formas que el fascismo aplicaría después a escala nacional.


Conclusión


La ocupación de Fiume por Gabriele D’Annunzio entre 1919 y 1920 representa un punto de inflexión en la historia de las prácticas políticas del siglo XX. Su importancia no reside tanto en la duración del régimen —dieciséis meses— ni en su viabilidad institucional —prácticamente nula—, sino en la capacidad de sintetizar un repertorio de rituales, estéticas y técnicas de poder que estaban llamados a transformar la política de masas contemporánea.

Fiume demostró que la estetización de la vida pública, la teatralización del liderazgo y la construcción de una liturgia secular podían movilizar pasiones colectivas con mayor eficacia que los programas ideológicos tradicionales. Cuando Mussolini organizó la Marcha sobre Roma en octubre de 1922, no tuvo que inventar nada esencial: le bastó con tomar el guion que D’Annunzio había escrito en Fiume y adaptarlo a las exigencias de la conquista del Estado.

Así, el poeta que concibió la guerra como un poema y la política como una ópera legó al fascismo un patrimonio simbólico de primer orden. Comprender ese legado es indispensable para descifrar la lógica interna del fascismo italiano y, más ampliamente, la deriva estetizante que caracterizó a los movimientos nacionalistas de la Europa de entreguerras.


Referencias

Benjamin, W. (1936). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Discursos interrumpidos I (2003, Taurus).

De Ambris, A. & D’Annunzio, G. (1920). Carta del Carnaro. Fiume. [Disponible en edición crítica italiana].

Griffin, R. (Ed.). (1995). Fascism. Oxford University Press.

Hughes‑Hallett, L. (2013). The Pike: Gabriele D’Annunzio, Poet, Seducer and Preacher of War. Fourth Estate.

Ledeen, M. A. (1977). The First Duce: D’Annunzio at Fiume. Johns Hopkins University Press.

Merkle, P. (2020). Gabriele D’Annunzio and the Regency of Carnaro [Tesis de grado, Brigham Young University]. BYU ScholarsArchive. https://scholarsarchive.byu.edu/studentpub_uht/166

Paxton, R. O. (2004). The Anatomy of Fascism. Vintage Books.

Reill, D. K. (2020). The Fiume Crisis: Life in the Wake of the Habsburg Empire. The Belknap Press of Harvard University Press.


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