Entre los últimos destellos intelectuales de la Antigüedad tardía emerge Juan Filopono, un pensador cristiano que se atrevió a desafiar la autoridad casi sagrada de Aristóteles siglos antes de Galileo. En una Alejandría marcada por tensiones religiosas y crisis culturales, sus ideas sobre el movimiento, el vacío y la creación del universo abrieron una grieta en la física clásica que cambiaría la historia del pensamiento. ¿Cómo pudo un filósofo del siglo VI anticipar conceptos de la ciencia moderna? ¿Por qué su nombre permaneció oculto durante siglos?


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Juan Filopono de Alejandría: El Filósofo Cristiano del Siglo VI que Refutó a Aristóteles y Anticipó a Galileo


Filopono de Alejandría —cuyo nombre griego, Ioannis Philoponos, significa “amante del trabajo”— constituye una de las figuras más singulares y olvidadas del pensamiento tardoantiguo. Nacido hacia el año 490 de nuestra era en el seno de una familia de cultura helenística, probablemente en la propia Alejandría o acaso en Cesarea de Palestina, su vida transcurrió en una de las épocas más convulsas de la historia mediterránea: el crepúsculo definitivo del mundo clásico y la consolidación del Imperio Bizantino como potencia cristiana. Alejandría, su ciudad, era todavía un hervidero intelectual donde las escuelas filosóficas paganas coexistían de forma cada vez más tensa con una mayoría cristiana organizada en torno a la autoridad episcopal. Este ambiente de efervescencia cultural y conflicto religioso marcó de manera indeleble la formación y la producción intelectual del joven Juan, quien muy pronto ingresó en la célebre escuela neoplatónica de Alejandría para estudiar con el filósofo Ammonio, hijo de Hermias, uno de los más destacados comentaristas de Aristóteles de la tradición griega tardía.

La enseñanza de Ammonio proporcionó a Filopono un conocimiento profundo y sistemático de la lógica, la física, la metafísica y la psicología aristotélicas, pero también lo introdujo en la tradición exegética neoplatónica que aspiraba a armonizar a Platón con Aristóteles. Durante sus primeros años como estudiante y luego como joven profesor, Filopono redactó un número considerable de comentarios a los tratados del Organon, a la Física, al De Anima y a otras obras del corpus aristotélico, muchos de los cuales recogían las explicaciones orales de su maestro. Estos primeros trabajos, aunque formalmente respetuosos con la autoridad de Aristóteles, dejaban entrever ya una notable independencia de juicio y una voluntad de someter los textos paganos al escrutinio de la razón y de la fe cristiana. Hacia la segunda década del siglo VI, Filopono experimentó una conversión religiosa que lo llevó a abrazar el cristianismo en su forma miafisita, es decir, la doctrina que sostenía que en la persona de Cristo no existen dos naturalezas separadas sino una sola naturaleza compuesta de la divinidad y la humanidad. Esta toma de posición teológica, muy extendida en el Egipto cristiano, tuvo consecuencias decisivas tanto para su producción filosófica como para su complicada relación con las jerarquías eclesiásticas.

El giro religioso de Filopono coincidió con un acontecimiento político de gran envergadura: el cierre de la Academia de Atenas decretado por el emperador Justiniano en el año 529. La ofensiva imperial contra el paganismo afectó gravemente a la enseñanza de la filosofía y obligó a los maestros neoplatónicos a buscar refugio en Persia, mientras que en Alejandría la escuela filosófica consiguió sobrevivir precisamente gracias al empeño de pensadores cristianos como Filopono. Lejos de limitarse a una labor de mero comentarista, Filopono comenzó a elaborar una síntesis original entre la herencia filosófica griega y los dogmas de la nueva fe, una síntesis que no dudaba en corregir o refutar abiertamente las doctrinas aristotélicas cuando estas entraban en conflicto con la revelación bíblica. Esta actitud crítica, que contrasta con la veneración casi religiosa que muchos neoplatónicos profesaban hacia Aristóteles, convirtió a Filopono en un pionero del pensamiento cristiano y, al mismo tiempo, en un adversario intelectual formidable para los últimos defensores del paganismo filosófico.

El momento decisivo en la vida intelectual de Filopono fue sin duda la redacción de su monumental tratado Contra Proclo: Sobre la eternidad del mundo, publicado alrededor del año 529. En esta obra, el alejandrino se enfrentó directamente a los dieciocho argumentos que el gran filósofo neoplatónico Proclo había formulado un siglo antes para demostrar la eternidad del cosmos, una tesis central de la cosmología griega que resultaba incompatible con el relato bíblico de la creación. Filopono desplegó en su respuesta una argumentación rigurosa y minuciosa que combinaba la lógica aristotélica con conceptos novedosos como la imposibilidad de un infinito actual en el tiempo, la finitud del pasado y la necesidad de una causa primera que diera origen al universo ex nihilo. Estas ideas, que serían más tarde adoptadas y reelaboradas por filósofos árabes como Al-Kindi y Algazel, así como por teólogos judíos y escolásticos medievales, constituyeron el primer gran intento de formular una cosmología cristiana sobre bases filosóficamente sólidas. La obra tuvo una repercusión formidable en su tiempo y consolidó la fama de Filopono como uno de los pensadores más audaces de la cristiandad oriental.

Pero la contribución más sorprendente de Filopono al desarrollo del pensamiento científico se encuentra en su crítica de la física aristotélica del movimiento, una crítica que anticipó en más de mil años algunos de los conceptos que Galileo Galilei desarrollaría en el siglo XVII. Aristóteles había negado la posibilidad del vacío y había sostenido que la velocidad de caída de los cuerpos era proporcional a su peso, así como que el movimiento de los proyectiles se explicaba por la acción del medio —el aire— que, desplazado por el objeto, lo empujaba desde atrás. Filopono, en sus comentarios a la Física y en digresiones como el célebre “Corolario sobre el vacío”, refutó punto por punto estas tesis mediante experimentos mentales y argumentos basados en la experiencia cotidiana. Señaló, por ejemplo, que si se dejan caer dos pesos muy diferentes desde la misma altura, la diferencia en el tiempo de llegada al suelo es prácticamente insignificante, lo que contradice la proporcionalidad estricta postulada por Aristóteles. Más aún, al rechazar el llamado principio de antiperístasis, Filopono propuso que el movimiento de un proyectil se debe a una “fuerza motriz incorpórea” o “ímpetu” que el lanzador imprime directamente en el objeto y que se va agotando paulatinamente a medida que el móvil avanza. Esta teoría del ímpetu, que sería retomada y perfeccionada en la Edad Media por Juan Buridán y luego por Galileo, representa la primera ruptura seria con la dinámica aristotélica y un paso fundamental hacia la noción moderna de inercia.

Los análisis de Filopono sobre el vacío resultan igualmente asombrosos para su época. Frente a la negativa aristotélica de cualquier espacio desprovisto de materia, el filósofo alejandrino argumentó que el vacío no es lógicamente imposible y que, si existiera, el movimiento a través de él se produciría en un tiempo finito, determinado únicamente por la tendencia natural del cuerpo y sin la resistencia de un medio. Esta consideración del espacio como una “extensión tridimensional incorpórea” distinta de los cuerpos que lo ocupan, así como su insistencia en que las diferencias de velocidad en la caída de los graves se explican por la diferencia de peso y no por la acción del aire, prefiguran de manera sorprendente las reflexiones que Galileo consignaría en sus Discorsi de 1638. El propio Galileo, que conocía la tradición del ímpetu a través de autores como Buridán y Benedetti, elogió la argumentación de Filopono y la consideró una refutación convincente de los errores de la física peripatética. La ciencia moderna reconoce hoy en Filopono a uno de los primeros pensadores que aplicó el razonamiento hipotético y la observación empírica al estudio del movimiento.

La producción teológica de Filopono fue tan abundante como su obra filosófica, pero le acarreó no pocos problemas con las autoridades eclesiásticas de su época. Su intento de explicar racionalmente el misterio de la Trinidad utilizando las categorías de la ontología aristotélica lo llevó a sostener que las tres personas divinas poseen cada una su propia naturaleza individual, lo que en la práctica equivalía a afirmar la existencia de tres sustancias divinas distintas. Esta interpretación, conocida como triteísmo, fue condenada como herética por la ortodoxia bizantina y por las principales sedes episcopales del cristianismo calcedoniano. Filopono también se vio envuelto en las controversias cristológicas que desgarraban a la Iglesia oriental: defendió el miafisismo moderado y escribió tratados como el Diates o Arbitro para mediar entre las distintas facciones monofisitas enfrentadas entre sí. Sin embargo, su posición teológica resultó demasiado sutil para unos y para otros, y finalmente fue anatematizado póstumamente en el Concilio de Constantinopla de los años 680-681. Esta condena eclipsó durante siglos la memoria de Filopono en el Occidente latino, pero no impidió que sus ideas filosóficas y científicas continuaran circulando en traducciones siríacas y árabes.

El legado de Filopono en el mundo islámico medieval fue, de hecho, extraordinariamente fecundo. Los filósofos árabes conocieron sus tratados cosmológicos y sus críticas a la eternidad del mundo a través de versiones siríacas y los incorporaron a sus propias controversias sobre la creación. Pensadores como Al-Kindi y Al-Ghazali utilizaron los argumentos de Filopono para defender la creación temporal del universo frente a la filosofía aristotélica, mientras que en la España musulmana Averroes se vio obligado a responder a las objeciones del alejandrino, que seguían gozando de gran prestigio entre los teólogos mutakallimun. En el Occidente latino, su influencia se hizo sentir a partir del siglo XIII, cuando los escolásticos redescubrieron la teoría del ímpetu y comenzaron a aplicarla a problemas como la explicación del movimiento de los proyectiles y la aceleración de los graves. La obra de Galileo y los fundamentos de la mecánica clásica serían incomprensibles sin esta larga cadena de transmisión que arranca precisamente en los comentarios del filósofo bizantino a la física de Aristóteles. Incluso la distinción entre masa y peso, la noción de resistencia del medio y la idea de un movimiento compuesto de inercia y gravedad encuentran en los escritos de Filopono formulaciones embrionarias de una modernidad desconcertante.

La figura de Juan Filopono encarna, pues, una de las paradojas más fascinantes de la historia del pensamiento: la de un teólogo condenado por hereje cuyas ideas científicas sentaron las bases de la revolución copernicana y galileana; la de un cristiano devoto que no dudó en volver las armas de la razón pagana contra sus propios maestros para defender la fe de la Iglesia; la de un comentarista de Aristóteles que se convirtió en el crítico más lúcido de la física del estagirita. Su obra, repartida entre la exégesis bíblica, la polémica teológica, el comentario filosófico y la especulación científica, configura un sistema complejo y original en el que las fronteras entre razón y revelación, entre ciencia y teología, entre tradición e innovación, se desdibujan para dar paso a un pensamiento audaz y visionario. Durante demasiado tiempo, la historia de la filosofía occidental ha relegado a Filopono a una nota al pie de página, como un mero eslabón entre la física aristotélica y la ciencia moderna. Sin embargo, la investigación contemporánea, impulsada por historiadores como Richard Sorabji y Christian Wildberg, ha restituido a Filopono el lugar que le corresponde como uno de los protagonistas indiscutibles del tránsito de la Antigüedad al mundo medieval y, en última instancia, como un precursor de la propia modernidad científica.

En el ámbito de la física, el nombre de Filopono evoca hoy una audacia intelectual que no ha dejado de asombrar a los especialistas. Su teoría del ímpetu, concebida como una fuerza motriz impresa en el móvil y distinta de la acción del medio, representó un avance conceptual de primer orden que abría la puerta a una cinemática unificada para los movimientos celestes y terrestres. Al afirmar que los astros no están compuestos de un quinto elemento incorruptible sino de la misma materia que los cuerpos sublunares, Filopono demolía la distinción cualitativa entre el mundo supralunar y el sublunar, uno de los pilares de la cosmología aristotélica y ptolemaica. Esta unificación, que será completada por Copérnico, Kepler y Newton, constituye uno de los requisitos lógicos para la formulación de la ley de gravitación universal. Asimismo, su redefinición del lugar como una extensión tridimensional vacía —en contraste con la concepción aristotélica del lugar como límite del cuerpo continente— anticipa de modo sorprendente la noción newtoniana de espacio absoluto. La posteridad científica de Filopono, aunque subterránea y a menudo no reconocida, atraviesa como un hilo invisible la obra de los grandes físicos del Renacimiento y del Barroco.

Por otra parte, la biografía de Filopono nos recuerda que las grandes revoluciones del pensamiento no siempre se gestan en los centros reconocidos del saber ni en épocas de estabilidad y prosperidad. Filopono vivió en un momento de desintegración de las antiguas estructuras políticas y culturales, cuando el Imperio Romano agonizaba en Occidente y el cristianismo pugnaba por definir los límites de su ortodoxia. Fue precisamente esa situación de crisis y de conflicto entre cosmovisiones rivales la que propició el surgimiento de un pensamiento radicalmente innovador como el suyo. Alejandría, crisol de culturas y encrucijada de influencias griegas, egipcias, judías y cristianas, ofreció al joven Juan el estímulo necesario para emprender una relectura completa de la tradición clásica a la luz de la nueva fe. El mismo sobrenombre que ostentaba, “filopono” o “amante del esfuerzo”, parece aludir a ese rigor infatigable que lo llevó a medirse con los gigantes de la filosofía antigua sin otro bagaje que su inteligencia y su convicción religiosa.

A la luz de las investigaciones más recientes, resulta cada vez más evidente que la condena eclesiástica de Filopono triteísta no puede desvincularse por completo de la recepción de sus ideas científicas. El estigma de herejía que pesó sobre su nombre durante siglos dificultó la difusión de sus obras en el Occidente cristiano y contribuyó a que su memoria quedara sepultada bajo la losa del anatema. No obstante, en los márgenes del Imperio y en los territorios recién conquistados por el Islam, sus escritos circularon con relativa libertad y alimentaron los debates filosóficos más intensos de la Edad Media. El redescubrimiento de Filopono por parte de los historiadores de la ciencia del siglo XX —impulsado por la traducción de sus comentarios al inglés en la serie Ancient Commentators on Aristotle— ha permitido valorar en toda su dimensión una obra que, sin exageración, puede considerarse uno de los momentos estelares del pensamiento humano. Hoy sabemos, gracias a ese esfuerzo filológico y hermenéutico, que Galileo y Descartes no partieron de la nada, sino que recogieron el testigo de una tradición crítica que se remonta a los últimos y más brillantes estertores de la Antigüedad.

La vida y la obra de Juan Filopono de Alejandría nos ofrecen un ejemplo extraordinario de cómo la fe religiosa, lejos de ser un obstáculo para el desarrollo del conocimiento, puede convertirse en un estímulo para la indagación racional y la crítica de los dogmas heredados. Su cristianismo no fue un refugio para la pereza mental, sino un acicate para cuestionar las verdades recibidas y para construir un sistema del mundo que fuera a la vez compatible con la revelación y respetuoso con los datos de la experiencia. Al hacerlo, Filopono no solo transformó de manera irreversible la historia de la física y de la cosmología, sino que inauguró una manera nueva de entender la relación entre razón y fe, entre Atenas y Jerusalén, que sigue interpelándonos en la actualidad. En un tiempo como el nuestro, en que los debates sobre la compatibilidad entre ciencia y religión mantienen una vigencia innegable, la figura de este filósofo bizantino, teólogo y precursor de Galileo, emerge como un espejo en el que podemos contemplar nuestras propias contradicciones y nuestras aspiraciones más elevadas.

Recuperar su memoria no es solo un acto de justicia histórica: es también una invitación a repensar los orígenes de la modernidad científica y a reconocer la deuda que el pensamiento occidental ha contraído con uno de sus hijos más singulares y visionarios.


Referencias

Sorabji, R. (1987). Philoponus and the Rejection of Aristotelian Science. Cornell University Press.

Tuominen, M. (2020). Philoponus. Oxford Bibliographies. https://doi.org/10.1093/OBO/9780195389661-0350.

Wildberg, C. (2021). John Philoponus. Stanford Encyclopedia of Philosophy. https://plato.stanford.edu/entries/philoponus/.

Wildberg, C. (2018). John Philoponus and the Controversies over the Eternity of the World. University of Oregon.

Zalta, E. N. (Ed.). (2021). Philoponus. Stanford Encyclopedia of Philosophy. Center for the Study of Language and Information.


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