Entre las formas más complejas de dominación política se encuentra aquella que transforma la sociedad sin alterar realmente sus estructuras profundas. Antonio Gramsci llamó a este fenómeno “revolución pasiva”: una modernización controlada que absorbe demandas populares para preservar la hegemonía de las élites. Desde el fascismo hasta las democracias contemporáneas, este concepto sigue iluminando los mecanismos invisibles del poder. ¿Puede existir cambio verdadero sin ruptura? ¿Cuándo una reforma termina neutralizando la emancipación colectiva?
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La revolución pasiva de Gramsci: hegemonía, cooptación y el cambio sin ruptura en las sociedades modernas
Resumen: Este ensayo analiza el concepto de «revolución pasiva» elaborado por Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel, una categoría que explica cómo las clases dominantes mantienen su hegemonía absorbiendo parcialmente las demandas populares y transformando el orden social sin una ruptura revolucionaria visible. Se examina la génesis del concepto, sus dimensiones analíticas (transformismo, cesarismo progresivo), su aplicación a procesos históricos como el Risorgimento italiano, el fascismo o el New Deal, y su renovada vigencia para interpretar fenómenos contemporáneos como los gobiernos progresistas latinoamericanos o las transiciones democráticas. A partir de una revisión de la literatura gramsciana, se argumenta que la revolución pasiva constituye una herramienta teórica fundamental para comprender los mecanismos de dominación en las sociedades capitalistas avanzadas, donde la estabilidad se logra mediante reformas controladas que desactivan el potencial transformador de las clases subalternas.
Palabras clave: revolución pasiva, Antonio Gramsci, hegemonía, transformismo, cooptación, clases subalternas, cambio político sin ruptura, teoría crítica.
En el imaginario político contemporáneo, la palabra «revolución» evoca imágenes de ruptura radical, de movilización popular y de transformación acelerada de las estructuras sociales. Sin embargo, la historia ofrece innumerables ejemplos de cambios profundos que se producen sin estallidos violentos ni protagonismo de las masas. Para dar cuenta de esta paradoja, el pensador marxista italiano Antonio Gramsci forjó la expresión deliberadamente oxímorónica de revolución pasiva. Definida por el propio Gramsci como una «revolución sin revolución», esta noción describe aquellos procesos en los que las clases dominantes, enfrentadas a una crisis de autoridad o a la presión de demandas subalternas, impulsan transformaciones económicas y políticas que modernizan el orden vigente, pero al precio de vaciar de contenido la participación popular y de desactivar cualquier proyecto emancipatorio autónomo (Gramsci, 1975).
La relevancia del concepto de revolución pasiva radica en su capacidad para desvelar los mecanismos por los cuales la hegemonía burguesa se reproduce incluso en contextos de crisis orgánica. Lejos de ser una categoría estática, la revolución pasiva ha sido reinterpretada por el pensamiento neo-gramsciano para analizar desde la consolidación de los Estados nacionales hasta las experiencias de la «marea rosa» en América Latina, pasando por el fascismo europeo o las transiciones democráticas de finales del siglo XX (Modonesi, 2010; Morton, 2007). En este ensayo, se aborda la revolución pasiva en tres planos interrelacionados: su génesis histórico-conceptual, su desarrollo teórico y su aplicabilidad crítica a fenómenos políticos contemporáneos.
Genealogía de un concepto: de Cuoco a Gramsci
Los antecedentes en Vicenzo Cuoco y la Revolución Napolitana
Aunque Gramsci le otorga un espesor teórico inédito, la expresión «revolución pasiva» no es de su invención. El primero en acuñarla fue el historiador y político liberal italiano Vicenzo Cuoco, quien en 1801 publicó su Saggio Storico sulla Rivoluzione Napoletana del 1799. Cuoco, testigo directo de los acontecimientos, caracterizó la efímera República Napolitana como una «rivoluzione passiva» porque la dirección del proceso recayó en una élite ilustrada sin arraigo popular, mientras que el pueblo —al que describió como un «niño» incapaz de autodeterminación— permaneció pasivo o incluso hostil a los revolucionarios (Cuoco, 1801/2014). La diferencia con las «revoluciones activas», ejemplificadas por la Revolución Francesa, residía precisamente en la ausencia de protagonismo de las masas subalternas. Esta distinción primigenia entre iniciativa desde arriba e iniciativa desde abajo será recuperada y radicalmente reformulada por Gramsci.
Apropiación gramsciana: de la historia italiana a la teoría crítica
En los Cuadernos de la cárcel, redactados entre 1929 y 1935 bajo la censura fascista, Gramsci retoma el concepto de Cuoco y lo sitúa en el centro de una ambiciosa reinterpretación de la historia italiana y europea (Vázquez, 2022). Para Gramsci, las burguesías italianas del siglo XIX fueron incapaces de protagonizar una revolución jacobina que integrara a campesinos y obreros en un proyecto nacional-popular. En lugar de ello, condujeron un proceso de unificación —el Risorgimento— caracterizado por la incorporación selectiva de sectores opositores (los «transformistas») y por una modernización que preservaba las relaciones de propiedad y los privilegios de las viejas clases agrarias (Davis, 2014).
El Risorgimento se convierte así en el paradigma histórico de la revolución pasiva: una operación de ingeniería hegemónica desde arriba que logra lo que la fuerza desnuda no podría conseguir por sí sola: la estabilización del orden burgués mediante la absorción preventiva de las demandas subalternas. Como ha señalado Ruiz Sanjuan (2020), el concepto gramsciano explica cómo la burguesía mantiene su hegemonía incluso en crisis, transformando la sociedad desde arriba sin participación popular.
Dimensiones analíticas del concepto
Transformismo: la cooptación molecular
Una de las claves de la revolución pasiva es el mecanismo que Gramsci denomina transformismo. Este consiste en la asimilación gradual de los líderes y los cuadros de los grupos opositores dentro del bloque dominante, desarticulando así su capacidad de representar intereses antagónicos. El transformismo opera de manera «molecular»: no necesita de grandes gestos ni de decretos, sino que se despliega a través de nombramientos, prebendas, cargos institucionales y la difusión de una ideología conciliadora que presenta la integración en el aparato estatal como la única vía posible de modernización (Gramsci, 1975, Q19, §24). Este proceso de cooptación de demandas populares desde el vértice del poder explica la aparente estabilidad de regímenes que, sobre el papel, deberían haber sucumbido a sus contradicciones internas.
Cesarismo progresivo: el momento de la crisis
En ciertas coyunturas de bloqueo entre fuerzas sociales equilibradas, la revolución pasiva puede asumir la forma de un «cesarismo progresivo». Esta figura, inspirada en el cesarismo napoleónico, describe el liderazgo de una personalidad que, situándose por encima de las clases en pugna, impulsa reformas modernizadoras sin destruir el orden capitalista (Gramsci, 1975, Q13). A diferencia del cesarismo reaccionario, el cesarismo progresivo concede algo a las masas —reformas agrarias, derechos laborales, ampliación del sufragio— pero lo hace para neutralizar su potencial revolucionario. La analogía con fenómenos contemporáneos como el New Deal rooseveltiano o ciertas experiencias del llamado «socialismo del siglo XXI» es tentadora y ha sido explotada por el neo-gramscianismo (Modonesi, 2010; Ellner, 2024).
Hegemonía y guerra de posiciones
La revolución pasiva no puede entenderse sin articularla con los conceptos de hegemonía y guerra de posiciones. En las sociedades capitalistas avanzadas, donde el Estado se ha ensanchado hasta absorber buena parte de la sociedad civil —lo que Gramsci llama el «Estado integral»—, las clases dominantes no se sostienen únicamente sobre la coerción, sino sobre la dirección intelectual y moral de la sociedad. La revolución pasiva es la estrategia hegemónica por excelencia de la burguesía cuando se enfrenta a una crisis que no puede resolver mediante la pura represión. En lugar de la «guerra de movimientos» —el asalto frontal al poder típico de la Revolución Rusa—, la burguesía impone una «guerra de posiciones» en la que cada reforma, cada concesión, cada incorporación de un sector opositor funciona como una trinchera levantada contra la posibilidad de una transformación radical (Gramsci, 1975, Q7).
Aplicaciones históricas y contemporáneas
El fascismo como revolución pasiva del siglo XX
Una de las lecciones más provocadoras de los Cuadernos es la lectura del fascismo italiano como un caso extremo de revolución pasiva. Para Gramsci, el fascismo resolvió la crisis de autoridad del liberalismo italiano mediante una combinación de terror físico y absorción institucional de sectores obreros y campesinos descontentos, integrados en sindicatos corporativos y organizaciones de masas controladas por el Estado (Gramsci, 1975; Ruiz Sanjuan, 2020). La «revolución fascista» proclamada por Mussolini no fue tal, sino una restauración-revolución que preservó el capitalismo italiano a costa de destruir las organizaciones autónomas del movimiento obrero.
El New Deal y el Estado de bienestar: reformismo desde arriba
En su reflexión sobre el americanismo y el fordismo, Gramsci llegó a sugerir que el New Deal de Franklin D. Roosevelt podía ser interpretado también como una forma de revolución pasiva. Frente a la crisis de 1929 y al espectro del comunismo, el Estado estadunidense respondió con un vasto programa de intervención económica y protección social que incorporó parcialmente las demandas de trabajadores y desempleados, pero lo hizo blindando el núcleo del sistema capitalista y desactivando cualquier proyecto socialista independiente (Morton, 2007, p. 619). Esta interpretación ha sido recuperada por autores que ven en el Estado de bienestar keynesiano un modelo paradigmático de estabilización capitalista mediante concesiones administradas.
Revoluciones pasivas latinoamericanas: entre el progresismo y la restauración
En las últimas dos décadas, el concepto de revolución pasiva ha conocido una notable revitalización entre los analistas de los gobiernos progresistas latinoamericanos. Autores como Massimo Modonesi (2010), Steve Ellner (2024) y Angus McNelly (2024) han aplicado la categoría a experiencias tan diversas como el chavismo venezolano, el masismo boliviano, el kirchnerismo argentino o el gobierno de Rafael Correa en Ecuador. Desde esta perspectiva, la llamada «marea rosa» habría operado como una revolución pasiva en clave progresista: Estados fuertes que concedieron mejoras materiales significativas a los sectores populares, pero que simultáneamente desmovilizaron a sus bases, cooptaron a sus dirigencias y reforzaron la dependencia de un modelo extractivista profundamente capitalista.
El balance de estas experiencias —que van desde la restauración conservadora en Argentina con Javier Milei hasta la crisis del chavismo en Venezuela— arroja una pregunta inquietante: ¿puede una revolución pasiva progresiva sentar las bases para una transformación emancipatoria duradera, o es inevitable que termine reproduciendo las condiciones que decía combatir? Los críticos neo-gramscianos tienden a inclinarse por la segunda respuesta, aunque reconocen que la tensión entre cooptación y radicalización no está nunca completamente cerrada (Ellner, 2024).
La Transición española: el caso paradigmático
Steven Marsh (2021) ha argumentado que la transición española de la dictadura franquista a la democracia liberal constituye un ejemplo casi de laboratorio de revolución pasiva. En su análisis, la Transición fue un proceso pactado entre las elites reformistas del régimen y los partidos de oposición que, a cambio de legalización y participación institucional, renunciaron a exigir la ruptura democrática, la depuración de responsabilidades y la transformación de las estructuras económicas heredadas del franquismo. La «reforma pactada» —expresión de moda en la época— no fue sino la fórmula española de la revolución sin revolución. La estabilidad democrática se construyó así sobre la base de una amnistia estructural que protegió a los viejos poderes fácticos y desmovilizó el formidable movimiento asociativo que había protagonizado la lucha antifranquista. Las tensiones no resueltas durante aquella transición —el conflicto territorial catalán, la falta de justicia transicional, la precariedad laboral— constituyen, según Marsh, la factura impagada de aquella revolución pasiva.
Debates y críticas en el neo-gramscianismo contemporáneo
El resurgimiento del interés por la revolución pasiva en el campo de la economía política internacional y los estudios latinoamericanos ha ido acompañado de debates significativos. Autores como Adam David Morton (2007) han advertido contra el riesgo de sobre-extensión del concepto: si todo proceso de reforma desde arriba es calificado como revolución pasiva, la categoría pierde especificidad y se convierte en una etiqueta vacía. Para preservar su valor analítico, Morton propone identificar en cada caso cuatro elementos que, según su reconstrucción de los Cuadernos, conforman el núcleo del concepto: una condición de posibilidad internacional, una condición doméstica que determina la forma específica de la reestructuración, un método particular de implementación y un resultado que implica la «pasivización» de las clases subalternas mediante el cumplimiento parcial y el simultáneo desplazamiento de sus demandas (Morton, 2007, p. 542).
Otra línea de debate enfrenta la lectura «restrictiva» del concepto —centrada en su uso histórico para interpretar el Risorgimento y el fascismo— con una lectura «ampliada» que lo convierte en una suerte de teoría general del cambio político en el capitalismo tardío. Para los partidarios de la lectura ampliada, como Modonesi (2010), la revolución pasiva no designa solamente un fenómeno histórico concreto, sino una lógica del poder que se activa cada vez que las clases dominantes necesitan reabsorber el desafío subalterno sin alterar los fundamentos del sistema. La ventaja de esta lectura es su capacidad para iluminar procesos contemporáneos; su riesgo, el ya señalado de dilución conceptual.
En el trasfondo de estas discusiones late una cuestión estratégica que preocupaba al propio Gramsci: ¿cómo construir, en las condiciones de la revolución pasiva, un bloque histórico alternativo que no pueda ser fagocitado por la maquinaria de la cooptación? La respuesta gramsciana pasa por la guerra de posiciones y por la construcción paciente de hegemonía desde abajo, pero los términos concretos de esa construcción siguen siendo hoy objeto de viva controversia.
Conclusión: vigencia y límites de un concepto
El concepto de revolución pasiva constituye una de las contribuciones más originales de Antonio Gramsci al arsenal de la teoría crítica contemporánea. Su capacidad para iluminar la dinámica profunda del poder en contextos donde el cambio político parece desenvolverse sin traumatismos —reformas que siempre llegan demasiado poco y demasiado tarde, líderes que se presentan como rupturistas y acaban gestionando el orden que decían combatir, movimientos populares que se desvanecen en el aire de las instituciones— lo convierte en una herramienta indispensable para analistas, activistas y todo aquel interesado en descifrar los enigmas de la dominación en las sociedades complejas.
Sin embargo, como se ha argumentado en este ensayo, el valor del concepto depende de su uso riguroso y contextualizado. Ni toda reforma desde arriba es una revolución pasiva, ni toda concesión gubernamental equivale a cooptación. La fecundidad de la categoría gramsciana exige que se la ponga a prueba en contextos históricos y geográficos específicos, contrastándola con otras herramientas analíticas y manteniendo siempre abierta la pregunta, profundamente gramsciana, por las condiciones de posibilidad de una respuesta subalterna que no sea meramente reactiva. En un mundo donde las crisis se suceden sin que emerjan alternativas claras, donde el malestar social crece mientras las fuerzas transformadoras parecen atrapadas en la melancolía o en el tacticismo electoral, la revolución pasiva nos recuerda que la estabilidad del capitalismo descansa, en buena parte, sobre su capacidad para administrar el cambio. Comprender los mecanismos de esa administración es el primer paso para sabotearlos.
Comprender la revolución pasiva exige situarla dentro del conjunto de la obra gramsciana, especialmente en sus reflexiones sobre hegemonía, cultura y Estado desarrolladas durante su encarcelamiento.
Luego: 👉 Leer: Antonio Gramsci: vida, pensamiento y legado
Referencias
Cuoco, V. (2014). Saggio storico sulla rivoluzione napoletana del 1799 (Ed. crítica a cargo de A. De Francesco). Laterza. (Trabajo original publicado en 1801).
Davis, J. A. (Ed.). (2014). Gramsci (RLE: Gramsci): And Italy’s passive revolution. Routledge.
Ellner, S. (2024). Applying/misapplying Gramsci’s passive revolution to Latin America.
Gramsci, A. (1975). Quaderni del carcere (Ed. crítica del Istituto Gramsci a cargo de V. Gerratana). Einaudi.
Modonesi, M. (2010). Subalternidad, antagonismo, autonomía: Marxismo y subjetivación política. CLACSO.
Morton, A. D. (2007). Waiting for Gramsci: State formation, passive revolution and the international. Millennium: Journal of International Studies, 35(3), 597-621.
Ruiz Sanjuan, C. (2020). El concepto de revolución pasiva en Gramsci: De la crisis del liberalismo al surgimiento del fascismo. En J. Muñoz Sánchez (Ed.), Laboratorio Weimar: La crisis de la globalización en Euroamérica (1918-1933) (pp. 456-478). Tecnos.
Vázquez, L. M. (2022). El concepto de revolución pasiva en la obra de Antonio Gramsci: Un aporte al debate en torno a los criterios de uso. Izquierdas, (51), 1-24.
Marsh, S. (2021). Gramsci and contemporary Spanish politics. En P. I. B. Baker (Ed.), Language, Image and Power in Post-Transition Spain (pp. 113-128). Routledge.
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