Entre los grandes episodios de la Antigüedad, pocos resultan tan impactantes como la destrucción de Cartago a manos de Roma. Durante décadas, el político romano Catón el Viejo repitió una misma consigna hasta convertirla en objetivo de Estado: «Cartago debe ser destruida». Su campaña marcó el destino de una de las civilizaciones más prósperas del Mediterráneo y abrió un debate que sigue vigente sobre el miedo, el poder y la guerra. ¿Fue una amenaza real o una obsesión política? ¿Hasta dónde puede llegar una nación para eliminar a un rival?


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Ceterum Censeo Carthaginem Esse Delendam: Catón el Viejo y la Destrucción de Cartago


Pocas frases en la historia de la retórica política han alcanzado la resonancia de “Ceterum censeo Carthaginem esse delendam”, pronunciada insistentemente por Catón el Viejo ante el Senado romano. Esta sentencia, que cerraba sus discursos sin importar el tema tratado, condensa el odio acumulado de Roma hacia Cartago tras dos guerras púnicas devastadoras. Su estudio permite comprender cómo el miedo colectivo puede transformarse en política de Estado y conducir a la aniquilación de una civilización entera.

Para entender el origen de esta animadversión resulta imprescindible repasar el contexto de las Guerras Púnicas, el conflicto bélico más prolongado y sangriento de la Antigüedad mediterránea. La Primera Guerra Púnica, librada entre 264 y 241 a. C., enfrentó a Roma y Cartago por el control de Sicilia, mientras que la Segunda, entre 218 y 201 a. C., trajo consigo la legendaria travesía de Aníbal por los Alpes y puso a Roma al borde del colapso.

Tras su derrota definitiva en la batalla de Zama, Cartago aceptó condiciones de paz humillantes impuestas por Escipión el Africano: pérdida de su flota de guerra, entrega de territorios y el pago de cuantiosas indemnizaciones durante décadas. Sin embargo, contra todo pronóstico, la ciudad norteafricana logró recuperarse económicamente con notable rapidez, gracias a su vocación comercial y a la fertilidad de sus campos agrícolas, lo que despertó inquietud en ciertos sectores de la élite romana.

Fue precisamente esa prosperidad recuperada la que Catón el Viejo, político romano de extracción conservadora y antiguo censor, pudo constatar personalmente en el año 157 a. C., cuando viajó a África integrando una comisión senatorial encargada de mediar en disputas territoriales entre Cartago y el reino de Numidia, gobernado por el rey Masinisa, aliado tradicional de Roma en la región.

Los anfitriones cartagineses, posiblemente movidos por un exceso de confianza o por simple cortesía diplomática, mostraron a la delegación romana los puertos repletos de mercancías llegadas de todo el Mediterráneo, los templos ornamentados con oro y los extensos cultivos agrícolas dentro de las murallas. Aquella exhibición de riqueza, lejos de tranquilizar a Catón, confirmó sus peores sospechas sobre la capacidad de resurgimiento de su antiguo enemigo.

De regreso en Roma, Catón el Viejo emprendió una campaña sistemática para convencer al Senado de que la seguridad de la República dependía de la desaparición total de Cartago. Su argumento, profundamente arraigado en una visión de la política internacional como suma cero, sostenía que ninguna potencia podía sentirse verdaderamente segura mientras existiese un rival con capacidad de rearmarse y vengar antiguas humillaciones.

La estrategia retórica de Catón resultó tan eficaz como obsesiva. Cuentan los historiadores clásicos que solía mostrar ante el Senado un higo fresco, traído directamente de Cartago, para subrayar la cercanía geográfica de la amenaza: apenas tres días de navegación separaban ambas ciudades. Esta puesta en escena, sumada a la repetición constante de su célebre frase final, convirtió la destrucción de Cartago en una idea fija dentro del imaginario político romano.

No todos los senadores compartían esta visión radical. Publio Cornelio Escipión Nasica, conocido como Escipión Sapiens, defendía una posición opuesta, argumentando que la existencia de un rival exterior resultaba necesaria para mantener la cohesión interna y la disciplina moral de Roma. Esta tensión entre halcones y moderados anticipa debates que la historiografía contemporánea sigue reconociendo en numerosos conflictos geopolíticos posteriores.

El pretexto definitivo para iniciar la Tercera Guerra Púnica llegó cuando Cartago, presionada por las constantes provocaciones territoriales de Masinisa, decidió finalmente defenderse militarmente, violando así los términos del tratado de paz que le prohibía emprender acciones bélicas sin autorización expresa de Roma. Este incumplimiento técnico proporcionó a los sectores belicistas del Senado la justificación legal que necesitaban.

En el año 149 a. C., Roma declaró formalmente la guerra a Cartago, dando inicio a un conflicto que se prolongaría tres años y que culminaría con un asedio devastador sobre la ciudad. Catón el Viejo, sin embargo, falleció ese mismo año, sin llegar a contemplar el desenlace final de la campaña que tanto había impulsado a lo largo de las últimas décadas de su vida pública.

El asedio de Cartago, dirigido finalmente por Escipión Emiliano, nieto adoptivo del vencedor de Zama, se caracterizó por su extrema dureza. La población cartaginesa resistió con desesperación durante meses, enfrentando hambrunas severas y combates urbanos casa por casa, en uno de los episodios de resistencia civil más estudiados por la historiografía militar antigua y comparado frecuentemente con otros sitios prolongados de la Antigüedad clásica.

Finalmente, en el año 146 a. C., Cartago cayó ante las legiones romanas. La ciudad fue sistemáticamente arrasada, sus edificios incendiados y derribados, y buena parte de su población masacrada o reducida a esclavitud. Los supervivientes, que apenas alcanzaban algunas decenas de miles frente a la población original, fueron dispersados, mientras el territorio se transformaba en la nueva provincia romana de África.

La leyenda popular sostiene que los romanos sembraron sal sobre las ruinas de Cartago para impedir cualquier futuro cultivo, aunque esta afirmación carece de respaldo en las fuentes antiguas y parece corresponder a una elaboración historiográfica posterior, surgida probablemente durante el siglo diecinueve, que buscaba enfatizar simbólicamente la magnitud irreversible de la destrucción ordenada por Roma.

Las principales fuentes sobre estos acontecimientos proceden de historiadores como Polibio, testigo presencial de la caída de Cartago en calidad de acompañante de Escipión Emiliano, así como de Apiano y Plutarco, quienes escribieron siglos después basándose en tradiciones previas. La comparación crítica entre estos relatos permite a los historiadores modernos reconstruir con mayor precisión los hechos, identificando exageraciones propagandísticas propias de la perspectiva romana vencedora.

Más allá del relato bélico, la destrucción de Cartago plantea interrogantes profundos sobre la naturaleza de la rivalidad geopolítica y el papel del miedo irracional en la toma de decisiones estatales. La obsesión de Catón el Viejo ejemplifica cómo la percepción de amenaza, independientemente de su correspondencia con la realidad objetiva, puede convertirse en motor suficiente para justificar la guerra preventiva y la eliminación total de un adversario.

La rivalidad comercial entre ambas potencias mediterráneas constituye otro factor explicativo frecuentemente subestimado. Cartago controlaba rutas comerciales estratégicas y mantenía vínculos económicos con regiones de Hispania, el norte de África y el Mediterráneo occidental, lo que representaba una competencia directa para los intereses mercantiles de las clases dirigentes romanas, interesadas en monopolizar dichos circuitos de intercambio tras las victorias militares previas.

La frase atribuida a Catón el Viejo ha trascendido su contexto original para convertirse en una expresión idiomática universal, empleada todavía hoy en discursos políticos, ensayos periodísticos y debates académicos para describir posiciones intransigentes frente a un enemigo percibido como existencial. Su pervivencia lingüística demuestra la capacidad de ciertas formulaciones retóricas para condensar ideologías completas en apenas unas pocas palabras memorables.

El episodio de la destrucción de Cartago invita finalmente a una reflexión más amplia sobre los límites éticos de la guerra y la responsabilidad histórica de quienes detentan el poder de decidir sobre la existencia de pueblos enteros. La historia de Roma y Cartago, lejos de ser un simple relato de conquista militar, constituye un testimonio perdurable sobre los peligros del odio institucionalizado y la fragilidad de toda civilización frente a la voluntad destructiva de sus rivales.


Referencias bibliográficas

Goldsworthy, A. (2006). The Fall of Carthage: The Punic Wars 265–146 BC. Cassell.

Hoyos, D. (Ed.). (2011). A Companion to the Punic Wars. Wiley-Blackwell.

Miles, R. (2010). Carthage Must Be Destroyed: The Rise and Fall of an Ancient Civilization. Viking.

Polibio. (1981). Historias (Libros XXXVI-XXXIX) (M. Balasch, Trad.). Gredos.

Scullard, H. H. (1989). A History of the Roman World, 753 to 146 BC (4ª ed.). Routledge.


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