Entre las páginas menos contadas de la historia de América del Norte existe un proyecto político radical, nacido de la persecución religiosa y la ambición utópica: el Estado de Deseret, una nación mormona que reclamó en 1849 un territorio más grande que muchos países europeos. Su historia revela hasta dónde puede llegar una comunidad cuando el Estado la expulsa en lugar de protegerla. ¿Qué habría sido de los Estados Unidos si Washington hubiera reconocido aquella república teocrática? ¿Cuántas naciones invisibles siguen escondidas en la historia oficial?


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El Estado de Deseret: el proyecto político mormón que quiso rediseñar el mapa de América del Norte


En el verano de 1847, una caravana de pioneros pertenecientes a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días descendió por las laderas de las montañas Wasatch y se adentró en el árido valle del Gran Lago Salado. Lo que encontraron no era tierra prometida en sentido convencional: era un desierto semiárido, alejado de la jurisdicción efectiva de cualquier gobierno. Para Brigham Young y los miles de colonos que lo seguían, esa lejanía no era un obstáculo sino una condición. Querían construir una nación propia.

Dos años después de esa llegada fundacional, en marzo de 1849, los líderes mormones convocaron una convención constituyente y proclamaron formalmente el Estado de Deseret. El nombre proviene del Libro de Mormón, donde la palabra designa a la abeja obrera, símbolo de industriosidad colectiva y orden comunitario. El territorio que la nueva entidad reclamaba era de una ambición cartográfica asombrosa: abarcaba lo que hoy son Utah, Nevada, Arizona, partes de California, Nuevo México, Colorado, Oregon, Idaho y Wyoming. Era, en superficie, comparable a varios países europeos juntos.

El proyecto no surgió en el vacío. Los mormones habían sido expulsados de Missouri y luego de Illinois, donde su fundador Joseph Smith fue asesinado por una turba en 1844. La violencia y la persecución religiosa habían moldeado una identidad colectiva marcada por la desconfianza hacia el Estado norteamericano. El éxodo hacia el oeste no fue simplemente una migración: fue un acto político deliberado de separación geográfica y espiritual de una sociedad que los rechazaba sistemáticamente.

La proclamación del Estado de Deseret llegó en un momento de enorme inestabilidad geopolítica. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en febrero de 1848, acababa de transferir vastos territorios mexicanos a los Estados Unidos tras la guerra entre ambos países. Washington aún no había definido cómo organizar administrativamente esas nuevas adquisiciones. Los mormones actuaron con rapidez, intentando establecer un hecho consumado antes de que el Congreso trazara sus propias líneas. Era, en términos modernos, una estrategia de soberanía por ocupación anticipada.

Brigham Young fue designado gobernador del nuevo estado y estableció un gobierno funcional con legislatura, sistema judicial y estructura administrativa. La capital sería Salt Lake City. La constitución provisional garantizaba la libertad religiosa y establecía un sufragio relativamente amplio para los estándares de la época. La economía se organizaría en torno a la agricultura cooperativa, la artesanía y el comercio con las caravanas que cruzaban la región hacia California, especialmente tras el inicio de la fiebre del oro en 1848.

Sin embargo, el Congreso de los Estados Unidos nunca reconoció el Estado de Deseret como entidad soberana. En septiembre de 1850, como parte del Compromiso de 1850, se creó en cambio el Territorio de Utah, una unidad administrativa federal que reducía drásticamente las fronteras reclamadas por los mormones y colocaba la región bajo supervisión directa del gobierno federal. Brigham Young fue nombrado gobernador territorial, lo que representaba una concesión política significativa pero al mismo tiempo una subordinación clara a Washington.

La tensión entre la teocracia mormona y el gobierno federal no se resolvió con esa decisión. Durante la década de 1850, las autoridades federales intentaron en repetidas ocasiones imponer funcionarios no mormones en el territorio, lo que generó fricciones constantes. En 1857, el presidente James Buchanan envió un ejército de 2.500 soldados para restablecer la autoridad federal, en lo que se conoce como la Guerra de Utah. El conflicto terminó sin batalla decisiva, pero dejó en claro que Washington no toleraría ninguna forma de autonomía política basada en la soberanía religiosa.

Lo que hace al Estado de Deseret un caso fascinante en la historia política de América del Norte es precisamente la coherencia de su proyecto utópico. No era solo un reclamo territorial: era una visión integral de sociedad. Los Santos de los Últimos Días concebían Deseret como Sion, la ciudad sagrada edificada antes de la Segunda Venida de Cristo. La teología impulsaba la política, la economía y el urbanismo. Las ciudades se trazaban según principios revelados, con manzanas amplias, calles anchas orientadas según los puntos cardinales y tierras comunales para la agricultura.

Este modelo de organización social chocaba frontalmente con el individualismo liberal que dominaba la expansión hacia el oeste norteamericano. Mientras los colonizadores anglosajones no mormones competían por tierras bajo la lógica del mercado, los mormones operaban bajo una economía con fuertes rasgos cooperativos y comunitarios. El diezmo eclesiástico funcionaba como redistribución interna. Los proyectos de irrigación eran colectivos. La frontera mormona no era la frontera del cowboy solitario, sino la de la congregación organizada.

La cuestión de la poligamia añadía una dimensión aún más conflictiva al proyecto político de Deseret. La práctica del matrimonio plural, anunciada oficialmente por Brigham Young en 1852, fue el principal argumento utilizado por los opositores para negar cualquier reconocimiento a las instituciones mormones. El Congreso aprobó leyes antipoligamia en 1862 y 1882 que criminalizaban directamente la práctica religiosa. Para los mormones, era una nueva persecución; para Washington, una cuestión de normas civiles mínimas. El debate reveló cuánto el Estado de Deseret amenazaba el modelo de nación que los Estados Unidos estaban construyendo.

Utah no alcanzaría la condición de estado pleno hasta 1896, y solo tras una declaración formal de la Iglesia que suspendía la práctica de la poligamia. El proceso tardó casi medio siglo desde la proclamación de Deseret. Esa demora es, en sí misma, un indicador de cuán profundamente el proyecto mormón había desafiado el orden político y cultural de los Estados Unidos. La admisión de Utah fue el resultado de una negociación en la que la identidad religiosa tuvo que ceder ante las exigencias del estado secular.

La historia del Estado de Deseret no es una historia de fracaso. Es la historia de una comunidad que, desde la persecución y el exilio, construyó instituciones duraderas, colonizó un territorio difícil y negoció su lugar en una república que la rechazaba. Utah existe hoy como consecuencia directa de ese proyecto. Salt Lake City es la capital de un estado que conserva, en su cultura, su urbanismo y su demografía, huellas profundas de aquella utopía teocrática del siglo XIX. El Estado de Deseret no aparece en ningún mapa oficial, pero su influencia sigue siendo legible en el territorio.

Estudiar el Estado de Deseret permite además reflexionar sobre preguntas vigentes en la política contemporánea: los límites de la autonomía religiosa frente al estado secular, las tensiones entre identidad colectiva y soberanía nacional, el papel de la utopía como motor de organización política. En un mundo donde comunidades con identidades fuertes siguen negociando sus márgenes de autodeterminación, el caso mormón del siglo XIX ofrece una lección histórica de extraordinaria densidad. Fue un experimento audaz, inconcluso y profundamente humano.


Referencias

Arrington, L. J. (1958). Great Basin Kingdom: An Economic History of the Latter-day Saints, 1830–1900. Harvard University Press.

Furniss, N. F. (1960). The Mormon Conflict, 1850–1859. Yale University Press.

Poll, R. D. (1978). The Mormon Question Enters National Politics, 1850–1856. Utah Historical Quarterly, 25(2), 117–131.

Reeve, W. P. (2015). Religion of a Different Color: Race and the Mormon Struggle for Whiteness. Oxford University Press.

Stegner, W. (1964). The Gathering of Zion: The Story of the Mormon Trail. McGraw-Hill.


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