Entre los escritores que dieron forma a la Ilustración española del siglo XVIII, pocos combinaron con tanta destreza la fábula, el teatro y la crítica literaria como Tomás de Iriarte. Nacido en Tenerife y formado bajo la tutela de su erudito tío en Madrid, supo convertir la razón neoclásica en arte accesible y mordaz. ¿Qué llevó a este escritor canario a enfrentarse abiertamente con los principales literatos de su tiempo? ¿Cómo logró que sus fábulas siguieran enseñándose dos siglos después?
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Tomás de Iriarte: Un genio literario del siglo XVIII
Tomás de Iriarte y Oropesa nació el 18 de abril de 1750 en Puerto de la Cruz, en la isla de Tenerife, dentro de una familia canaria de sólida tradición intelectual. Su infancia transcurrió en un entorno marcado por el contacto temprano con las letras, gracias a los vínculos familiares que pronto lo conectarían con los círculos cultos de la corte española. Esta procedencia insular resultaría determinante en su posterior trayectoria literaria.
A los trece años, Iriarte se trasladó a Madrid bajo la tutela de su tío Juan de Iriarte, reconocido humanista, bibliotecario real y latinista de prestigio en la España ilustrada. Esta mudanza cambió radicalmente el destino del joven canario, quien pasó de la vida provinciana a formar parte del epicentro cultural de la monarquía borbónica, donde recibiría una educación clásica excepcional.
Bajo la dirección de su tío, Tomás de Iriarte aprendió latín, francés e italiano con una solvencia poco común entre los jóvenes de su generación. Esta formación políglota y humanística le permitió acceder directamente a las fuentes clásicas y a la literatura europea contemporánea, nutrientes esenciales del neoclasicismo que más adelante definiría su obra.
Tras la muerte de su tío en 1771, Iriarte heredó parte de su biblioteca y continuó vinculado a las instituciones culturales madrileñas. Trabajó como traductor y archivista en la Secretaría de Estado, un empleo que le proporcionó estabilidad económica y acceso privilegiado a documentación diplomática, literaria e histórica de gran valor para su formación intelectual.
Su prestigio académico le valió el ingreso en la Real Academia de la Historia, institución que reflejaba el ideal ilustrado de combinar erudición, método racional y servicio público. Este reconocimiento institucional consolidó su posición dentro de la élite cultural española, aunque no lo eximió de las tensiones que pronto marcarían su carrera literaria.
En 1779 publicó “La música”, un extenso poema didáctico en cinco cantos dedicado a su hermano Bernardo de Iriarte. La obra sigue la tradición de la poesía doctrinal europea, en la línea de Nicolas Boileau, y aborda tanto la teoría como la historia del arte musical con un rigor expositivo poco frecuente en la poesía española de la época.
Este poema evidencia ya los rasgos esenciales de la estética de Iriarte: claridad expositiva, voluntad pedagógica y subordinación de la belleza formal a la utilidad racional. Estos principios, propios del neoclasicismo dieciochesco, lo situaron en sintonía con la Ilustración española y sus aspiraciones de reforma cultural y educativa.
Sin embargo, la obra que le otorgó fama duradera fue “Fábulas literarias”, publicada en 1782. Esta colección de fábulas, escrita en variados metros y con notable destreza técnica, abandona el repertorio moral tradicional para concentrarse en un objetivo más específico: la crítica de los vicios y errores del oficio literario contemporáneo.
A través de animales convertidos en alegorías de escritores, críticos y lectores, Iriarte censuró el plagio, la afectación estilística, la pedantería erudita y la imitación servil de modelos extranjeros. Cada fábula funciona como una lección de poética práctica, dirigida tanto a los autores noveles como a los consagrados de su tiempo.
La variedad métrica de “Fábulas literarias” constituye uno de sus mayores logros formales, pues Iriarte empleó conscientemente diferentes esquemas estróficos para cada composición, demostrando virtuosismo técnico sin sacrificar la claridad del mensaje didáctico. Esta combinación de ingenio y disciplina formal explica su éxito inmediato entre los lectores cultos.
La obra alcanzó tal repercusión que se convirtió rápidamente en material de referencia en la enseñanza literaria española, condición que ha mantenido durante generaciones. Aún hoy, fábulas como “El burro flautista” o “Los dos loros y la cotorra” figuran entre los textos más antologados de la literatura dieciochesca hispana.
Paralelamente a su producción poética, Tomás de Iriarte cultivó el teatro con notable éxito comercial. Sus comedias “El señorito mimado” y “La señorita malcriada”, ambas estrenadas en 1788, retratan con intención moralizante los defectos derivados de una educación familiar permisiva y descuidada.
Estas piezas teatrales, influidas por la comedia de costumbres molieresca, buscaban corregir mediante la risa los vicios sociales de la burguesía y la nobleza española. Su éxito en los corrales madrileños confirmó la capacidad de Iriarte para conjugar entretenimiento popular y propósito didáctico, sello distintivo de toda su producción literaria.
No obstante, la notoriedad de Iriarte estuvo indisolublemente ligada a una intensa polémica literaria conocida como la “guerra literaria” del siglo XVIII. Sus disputas con Juan Pablo Forner y Vicente García de la Huerta, motivadas por diferencias estéticas e ideológicas, generaron un intercambio de panfletos satíricos de extraordinaria virulencia personal.
Estas controversias, lejos de limitarse a discusiones académicas, derivaron en ataques personales que dañaron seriamente la reputación pública de Iriarte. Sus adversarios lo acusaron de afrancesamiento excesivo y de menospreciar la tradición literaria española en favor de modelos importados de Francia.
La tensión generada por estas disputas trascendió el ámbito puramente literario. En 1786, Tomás de Iriarte fue sometido a un proceso inquisitorial motivado por sospechas de heterodoxia religiosa, vinculadas a sus simpatías con corrientes de pensamiento ilustrado de origen francés que las autoridades eclesiásticas consideraban peligrosas.
Aunque el proceso no tuvo consecuencias judiciales graves, el episodio reflejó las tensiones propias de la Ilustración española, atrapada entre la apertura a las corrientes europeas y la vigilancia de las instituciones tradicionales. Iriarte logró superar el trance, aunque su salud y su ánimo se vieron afectados de manera notable.
Su hermano Bernardo de Iriarte, diplomático y hombre de letras, fue una figura constante de apoyo durante toda su vida. Esta relación familiar, documentada en numerosas dedicatorias y correspondencias, ilustra la importancia de las redes de parentesco intelectual en la consolidación de las carreras literarias del siglo XVIII español.
Además de su obra original, Iriarte desarrolló una notable labor como traductor, trasladando al castellano textos franceses e italianos que contribuyeron a la circulación de ideas estéticas y científicas europeas en España. Esta faceta, menos conocida que su producción poética, refuerza su perfil de intelectual plenamente integrado en la cultura ilustrada continental.
Los últimos años de Tomás de Iriarte estuvieron marcados por el deterioro físico, agravado por las tensiones derivadas de sus enemistades literarias y del proceso inquisitorial sufrido años antes. Falleció en Madrid el 17 de septiembre de 1791, a los cuarenta y un años, en plena madurez creativa.
El legado de Tomás de Iriarte trasciende las polémicas que ensombrecieron su vida pública. Su obra constituye un testimonio privilegiado del neoclasicismo español, de la voluntad reformista de la Ilustración y de la tensión permanente entre innovación intelectual y resistencia tradicionalista que caracterizó la España del siglo XVIII.
Referencias
Cotarelo y Mori, E. (1897). Iriarte y su época. Madrid: Imprenta de los Sucesores de Hernando.
Glendinning, N. (1972). A Literary History of Spain: The Eighteenth Century. London: Ernest Benn.
Palacios Fernández, E. (2007). “Tomás de Iriarte y la Ilustración española”, en Anales de Literatura Española. Alicante: Universidad de Alicante.
Real Academia de la Historia. Diccionario Biográfico Electrónico, entrada “Tomás de Iriarte y Oropesa”.
Sebold, R. P. (1978). El rapto de la mente: poética y poesía dieciochescas. Madrid: Editorial Prensa Española.
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