Entre cuerpos que se desgarran, vuelos nocturnos y antiguas creencias transmitidas durante siglos, el aswang y el manananggal representan algunos de los símbolos más inquietantes del folklore filipino. Estas criaturas condensan miedos relacionados con la muerte, la maternidad, la identidad y el poder, convirtiéndose en un reflejo de profundas tensiones culturales e históricas. ¿Por qué siguen fascinando al mundo? ¿Qué revelan sobre la sociedad que las creó?
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📷 Imagen generada por Dola Al para El Candelabro. © DR
Aswang y manananggal: el terror corporal del folklore filipino
El archipiélago filipino alberga una de las mitologías más ricas y perturbadoras del Sudeste Asiático. Entre sus criaturas sobrenaturales, el aswang y el manananggal ocupan un lugar privilegiado en el imaginario colectivo, funcionando como figuras de horror corporal que trascienden la mera superstición para convertirse en instrumentos simbólicos de control social, identidad cultural y resistencia ante la colonización. Estas entidades del folklore filipino condensan miedos ancestrales relacionados con el cuerpo, la feminidad, la muerte y lo liminal, y su estudio permite comprender dinámicas culturales que persisten con notable vitalidad en el siglo XXI.
El aswang es, en esencia, un término paraguas que engloba diversas criaturas del folklore filipino capaces de cambiar de forma. A diferencia de muchos monstruos occidentales definidos con rigidez taxonómica, el aswang varía considerablemente según la región, la isla y la comunidad que lo narra. En las Visayas puede adoptar la apariencia de un perro o un cerdo; en otras regiones se manifiesta como una bella mujer que devora fetos o cadáveres. Esta plasticidad narrativa revela una característica fundamental del folclore oral: su capacidad de adaptarse al contexto local sin perder su núcleo semántico de amenaza y transgresión.
El manananggal constituye quizás la figura más icónica y perturbadora dentro del espectro del folklore de criaturas sobrenaturales filipinas. Su nombre proviene del término tagalo manananggal, derivado de tanggal, que significa separar o desprender. Esta etimología apunta directamente a su rasgo definitorio: la capacidad de separar la parte superior de su cuerpo de la inferior durante la noche, volando con sus entrañas expuestas en busca de víctimas. La imagen es deliberadamente grotesca y desafiante de la integridad corporal, elemento central en muchas culturas para la definición de lo humano frente a lo monstruoso.
La figura del manananggal comparte rasgos con criaturas similares de otras culturas del Sudeste Asiático, lo que sugiere redes de intercambio cultural previas a los registros coloniales. El penanggal malayo y el krasue tailandés presentan estructuras narrativas y morfológicas análogas: mujeres cuya cabeza o torso se separan del cuerpo y vuelan de noche para alimentarse de sangre o fetos. Este paralelo transnacional ha llevado a investigadores como Fernando Nakpil Zialcita a proponer que estas figuras responden a ansiedades compartidas respecto a la vulnerabilidad femenina, la maternidad y el poder reproductivo en sociedades patriarcales de la región.
La colonización española, que se extendió por más de tres siglos en el archipiélago filipino, dejó una huella indeleble en la configuración del aswang tal como se conoce hoy. Los misioneros agustinos y franciscanos documentaron estas criaturas con el propósito de demonizarlas y utilizarlas como argumento evangélico: el aswang fue reinterpretado a la luz del diablo cristiano, y la creencia en él pasó a ser señal de paganismo y barbarie que debía extirparse. Paradójicamente, esta estrategia colonial codificó y difundió las narrativas del aswang con mayor sistematicidad de la que habrían alcanzado en la tradición exclusivamente oral, contribuyendo a su persistencia histórica.
El terror corporal que encarna el manananggal no es arbitrario. El cuerpo fragmentado, visceral y volátil de esta criatura concentra angustias colectivas específicas: el miedo al parto y a la muerte perinatal, la desconfianza hacia las mujeres que se desplazan de noche fuera del espacio doméstico, y la ambivalencia ante la sexualidad femenina autónoma. Académicas como Katrina Stuart Santiago han argumentado que el manananggal funciona como una figura de horror que castiga simbólicamente a la mujer que escapa del control masculino y comunitario, proyectando sobre su cuerpo roto las fracturas sociales que generaba esa transgresión.
Las creencias sobre el aswang se distribuyeron de forma desigual en el archipiélago filipino, con mayor arraigo en las regiones rurales de las Visayas, particularmente en Capiz, provincia que ha llegado a ser conocida popularmente como la capital de los aswang. Este estigma regional tiene consecuencias sociales tangibles: durante décadas, los habitantes de Capiz reportaron discriminación y desconfianza por parte de pobladores de otras regiones, ilustrando cómo el folklore del terror puede convertirse en dispositivo de jerarquización geográfica y social dentro de una misma nación.
El manejo político del mito del aswang en Filipinas revela su potencia ideológica más allá del ámbito puramente cultural. Durante la dictadura de Ferdinand Marcos, según han documentado investigadores como Roland Tolentino, el gobierno utilizó el miedo al aswang de forma deliberada en zonas rurales para desmovilizar a comunidades que brindaban apoyo a la guerrilla comunista del Partido Comunista de Filipinas. Operaciones psicológicas militares explotaron la creencia popular en estas criaturas sobrenaturales para generar terror y desconfianza entre la población civil, transformando el folklore en instrumento de represión estatal.
La relación entre el aswang y el cuerpo femenino merece un análisis particular desde la perspectiva de los estudios de género. En la mayoría de las narrativas, el aswang y el manananggal son figuras femeninas o con capacidad de adoptar apariencia femenina. Su monstruosidad está ligada a prácticas que pervierten las funciones reproductivas normativas: en lugar de gestar y nutrir vida, devoran fetos y recién nacidos. Esta inversión sistemática del rol maternal convierte a estas criaturas en figuras de horror específicamente codificadas en términos de género, reflejando y amplificando las normas culturales que definen a la mujer a través de su función reproductora.
En el contexto contemporáneo, el folklore del aswang y el manananggal ha experimentado una notable revitalización a través de los medios de comunicación y la cultura popular filipina. El cine de horror filipino, que tiene una larga y prolífica historia desde la década de 1950, ha producido decenas de películas protagonizadas por estas criaturas. Series de televisión, novelas gráficas, videojuegos y contenido digital han reinterpretado el mito con registros que van desde el terror clásico hasta la comedia, el romance sobrenatural y la crítica social. Esta apropiación mediática no diluye necesariamente el poder simbólico de las figuras, sino que lo renegocia en función de nuevas sensibilidades y contextos sociales.
La globalización digital ha permitido que el aswang trascienda las fronteras del archipiélago y se incorpore al repertorio del horror internacional. Comunidades de la diáspora filipina en Estados Unidos, Europa y Australia han encontrado en estas narrativas un vehículo de preservación identitaria y orgullo cultural. Al mismo tiempo, su circulación en plataformas como YouTube, Reddit y TikTok ha generado nuevas formas de encuentro intercultural con el folklore de criaturas del Sudeste Asiático, contribuyendo a la diversificación del imaginario global del horror y cuestionando la hegemonía de las tradiciones vampíricas y demonológicas de origen europeo.
Desde una perspectiva antropológica, el estudio de las creencias sobre el aswang ofrece una ventana privilegiada hacia los mecanismos de construcción comunitaria del miedo. Mary Douglas, en su análisis seminal de los sistemas de contaminación y tabú, provee herramientas conceptuales útiles para comprender por qué el cuerpo roto y fluido del manananggal genera horror: las criaturas que violan los límites del cuerpo humano desafían las categorías que organizan el orden social y simbólico. El aswang no es simplemente un monstruo que mata; es una figura que contamina las fronteras entre lo vivo y lo muerto, lo humano y lo animal, lo interior y lo exterior.
La vitalidad contemporánea del folklore filipino sobre el aswang y el manananggal demuestra que estas figuras siguen cumpliendo funciones culturales ineludibles. Más allá del entretenimiento, articulan preguntas fundamentales sobre la integridad del cuerpo, los límites de la comunidad y los miedos que cada generación hereda y transforma. Su permanencia en el siglo XXI no es residuo de una superstición moribunda, sino evidencia de que el horror corporal que encarnan sigue siendo un lenguaje eficaz para nombrar lo que otras formas discursivas no alcanzan a expresar.
Estudiarlos con rigor académico implica reconocer que el folklore no es la antítesis de la racionalidad, sino una de sus expresiones más complejas y reveladoras.
Referencias bibliográficas
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Tolentino, R. B. (2001). Geopolitics of the Visible: Essays on Philippine Film Cultures. Ateneo de Manila University Press.
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