Entre los mayores descubrimientos de la lingüística moderna existe uno que no ocurrió en un laboratorio, sino en los patios de una escuela de Nicaragua, donde cientos de niños sordos crearon una lengua completamente nueva ante la mirada de los investigadores. ¿Cómo puede surgir una gramática desde cero? ¿Qué revela este fenómeno sobre la naturaleza del lenguaje humano?
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Lenguas de señas emergentes: el caso nicaragüense y el nacimiento visible de una gramática
La lingüística del siglo XX consolidó una certeza que parecía difícil de demostrar empíricamente: las lenguas no se diseñan, sino que emergen. Sin embargo, la historia ofrece pocas oportunidades para observar ese proceso en tiempo real, con testigos y registros documentales. El caso de la Lengua de Señas Nicaragüense (LSN) constituye, en este sentido, uno de los experimentos naturales más extraordinarios de la historia de las ciencias del lenguaje. Su surgimiento en las últimas décadas del siglo XX abrió una ventana sin precedentes hacia los mecanismos cognitivos y sociales que subyacen a la creación lingüística.
Antes de 1977, Nicaragua no contaba con ninguna comunidad organizada de personas sordas. Quienes padecían sordera congénita o adquirida vivían dispersos en sus familias, comunicándose mediante sistemas gestuales rudimentarios y altamente idiosincrásicos, conocidos por los investigadores como “homesigns” o señas caseras. Estos sistemas, aunque funcionales para la interacción cotidiana inmediata, carecían de la estructura gramatical que define a una lengua. No existía convención compartida, ni morfología sistemática, ni sintaxis recursiva. Eran, en términos técnicos, presistemas comunicativos.
Todo cambió cuando el gobierno sandinista, en el marco de una amplia reforma educativa, fundó un centro especial para niños sordos en Managua. Por primera vez, cientos de jóvenes sordos compartían un mismo espacio físico durante horas prolongadas. Los educadores intentaron enseñarles el español mediante lectura labial y escritura, con resultados limitados. Pero algo imprevisto estaba ocurriendo en los patios y pasillos: los estudiantes comenzaban a desarrollar un sistema de comunicación gestual propio, distinto de cualquier lengua de señas preexistente y ajeno a las herramientas pedagógicas de los maestros.
Los primeros investigadores en documentar este fenómeno fueron la lingüista Ann Senghas y sus colaboradores, quienes llegaron a Nicaragua a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Lo que encontraron desafió muchas suposiciones previas sobre la adquisición del lenguaje. Los niños más pequeños, al incorporarse a la comunidad, no simplemente aprendían el sistema que los adolescentes habían construido: lo transformaban, añadían regularidad gramatical, segmentaban los gestos en unidades más pequeñas y combinables, introducían lo que los lingüistas denominan morfología espacial. Estaban, en sentido estricto, creando gramática.
Este proceso puso en evidencia la hipótesis biolingüística que Noam Chomsky había formulado décadas antes y que Derek Bickerton aplicaría al estudio de los criollos: los seres humanos poseen una capacidad innata para estructurar el lenguaje. Cuando se les da el input suficiente —en este caso, gestos de sus pares—, los niños no reproducen simplemente lo que reciben, sino que lo procesan, lo organizan y lo enriquecen gramaticalmente. La lengua de señas nicaragüense se convirtió así en evidencia empírica directa de lo que en psicolingüística se conoce como el Dispositivo de Adquisición del Lenguaje.
Uno de los aspectos más estudiados de la LSN es el desarrollo de su sistema de clasificadores y el uso del espacio como herramienta gramatical. En las lenguas de señas maduras, el espacio tridimensional frente al signante no es aleatorio: funciona como un sistema de referencia anafórica en el que distintas ubicaciones representan distintos referentes del discurso. Los hablantes de la primera generación de la LSN empleaban el espacio de forma global e indiferenciada. Las generaciones posteriores, particularmente los niños que ingresaron al sistema antes de los diez años, comenzaron a utilizar el espacio con una precisión sistemática y gramaticalmente predecible. La diferencia entre ambas generaciones no era trivial: era la diferencia entre un gesto y una gramática.
El nacimiento de la LSN también ilumina el debate entre universalismo y relativismo lingüístico. Dado que ninguno de los estudiantes tenía acceso previo a una lengua de señas establecida como el ASL americano o la LSE española, la estructura que emergió no podía atribuirse a influencia de sistemas preexistentes. Y sin embargo, la LSN comparte rasgos tipológicos profundos con otras lenguas de señas del mundo: el uso del espacio, la iconicidad motivada, la simultaneidad de morfemas. Esto sugiere que ciertas propiedades del lenguaje de señas no son culturales sino cognitivas, ancladas en la arquitectura perceptiva y motora del ser humano.
El caso nicaragüense también tiene implicaciones para la sociolingüística de las comunidades sordas. La LSN no surgió en el vacío, sino en el contexto de una política educativa concreta, de decisiones institucionales y de dinámicas comunitarias específicas. La escuela fue el catalizador, pero fueron los propios niños —en su agencia comunicativa— los arquitectos de la lengua. Esto obliga a repensar el papel de las instituciones en la creación lingüística: no como productoras de lengua, sino como creadoras de las condiciones sociales en que la lengua puede emerger. Una lección relevante para las políticas de inclusión educativa para personas sordas en toda América Latina.
La documentación de la LSN ha progresado de forma notable desde los primeros estudios de Senghas. Hoy existe un corpus audiovisual extenso, diccionarios en desarrollo y programas de enseñanza bilingüe en Nicaragua. Sin embargo, la lengua enfrenta desafíos. La introducción tardía del ASL y otras lenguas de señas internacionales ha generado fenómenos de contacto lingüístico y préstamo que algunos investigadores observan con cautela. Existe el riesgo de que las presiones globalizadoras erosionen la especificidad gramatical de una lengua que, paradójicamente, es de enorme valor científico precisamente porque surgió de forma autónoma.
Desde la filosofía del lenguaje, el caso nicaragüense plantea preguntas de fondo sobre la naturaleza del signo lingüístico. Ferdinand de Saussure postuló la arbitrariedad del signo como principio rector de la lingüística estructural. Las lenguas de señas, y la LSN en particular, desafían esa arbitrariedad al mostrar que la iconicidad —la relación motivada entre forma y significado— puede coexistir con la sistematicidad gramatical. La LSN muestra que un sistema puede ser a la vez motivado icónicamente y arbitrario en su gramática, lo cual enriquece considerablemente los modelos semióticos de la comunicación humana.
En términos de psicolingüística del desarrollo, el estudio intergeneracional de la LSN ha confirmado que existe un período crítico para la adquisición lingüística plena. Los niños que aprendieron la lengua de señas nicaragüense antes de los diez años mostraron una competencia gramatical significativamente superior a la de quienes la adquirieron en la adolescencia o la adultez. Esta evidencia respalda los estudios clásicos de Eric Lenneberg sobre la hipótesis del período crítico y tiene consecuencias directas para las políticas de atención temprana a niños sordos: el acceso temprano a una lengua —sea oral o de señas— no es un privilegio, sino una necesidad neurológica.
La Lengua de Señas Nicaragüense es, en suma, un acontecimiento lingüístico sin parangón en la historia documentada del lenguaje humano. Es la primera lengua de señas cuyo nacimiento ha sido observado, registrado y analizado por investigadores en tiempo real, desde sus etapas presistémicas hasta la complejidad gramatical de sus generaciones más recientes. Constituye prueba viviente de que la capacidad humana para el lenguaje es robusta, creativa y profundamente social.
Y recuerda que, incluso en los márgenes de las instituciones y de la historia oficial, los seres humanos encuentran la forma de nombrarse, de entenderse y de construir juntos los mundos que habitan.
Referencias
Senghas, A., y Coppola, M. (2001). Children creating language: How Nicaraguan Sign Language acquired a spatial grammar. Psychological Science, 12(4), 323–328.
Kegl, J., Senghas, A., y Coppola, M. (1999). Creation through contact: Sign language emergence and sign language change in Nicaragua. En M. DeGraff (Ed.), Language Creation and Language Change: Creolization, Diachrony, and Development (pp. 179–237). MIT Press.
Bickerton, D. (1990). Language and Species. University of Chicago Press.
Senghas, R. J. (2003). New ways to be Deaf in Nicaragua: Changes in language, personhood, and community. En L. Monaghan, C. Schmaling, K. Nakamura y G. Turner (Eds.), Many Ways to Be Deaf (pp. 260–282). Gallaudet University Press.
Sandler, W., Meir, I., Padden, C., y Aronoff, M. (2005). The emergence of grammar: Systematic structure in a new language. Proceedings of the National Academy of Sciences, 102(7), 2661–2665.
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